Fueron casi cincuenta años de lo que parecía una felicidad sin final. Él había llegado a la gran ciudad desde el interior del interior, para hacer el servicio militar, y se enamoró perdidamente de la metrópoli y sus infinitas posibilidades. Ella, había nacido allí y estudiaba para maestra, la única profesión posible para una chica de su hogar.
Se encontraron, como se encuentran todos, un poco de casualidad y otro poco a causa del destino, implacable compañero de la vida. Se gustaron de inmediato, pero en esa época las cosas se sucedían lento, como si los días duraran para siempre. Y así se sentía, sin tanto trajín ni tanta bulla que trajo consigo la modernidad que viniera mucho después.
Él, seguramente, le fue a pedir la mano a su padre, quien recorría los barrios del sur de la ciudad de buenos aires con su carro de lechero abnegado, querido y admirado por los tantos vecinos dada su devoción al oficio y su historia de dolores indecibles, de guerras pasadas y huidas para buscar un lugar en el mundo, olvidando su infancia en el camino, como tantos otros inmigrantes. El viejo, convencido de sus intenciones y contento con sus ideales, dijo que sí al instante, con un poco de dolor por la pérdida de una hija, pero con la felicidad por haber ganado un hijo.
Se pudieron casar, sin demasiada pompa, pero teniendo de testigos a una familia que cada día se hacía más y más numerosa, en la que muchos recorrieron los kilómetros que los separaban de sus casas para asistir al evento. Y como el casado, casa quiere, se fueron a vivir juntos, a una linda casita desde la que solo debían caminar unos pocos metros para llegar a la de los padres de ella, donde la madre solía cocinar para todos, sudando pero sin quejas, unos ravioles caseros que quedaban en la memoria de cada uno que los probara, quizás mucho más por el sabor de la unión familiar y el amor con que estaban realizados, que por cualquier otra cosa. Tuvieron hijos a quienes educaron como ellos consideraron mejor, bajo unos estrictos ideales que hoy conmoverían a cualquiera. Se acompañaron en grandes momentos así como en los peores, aquellos años terribles de política con dolor y ausencias imposibles de entender, para unos tipos comprometidos con el presente y el futuro de un país siempre en conflicto.
Viajaron por todos los rincones a donde pudieron llegar. En un momento le llegaron a preguntar con sorna por qué era que podían viajar tanto, sabiendo que solo él trabajaba como lo hace cualquiera y su respuesta fue tan sencilla como sincera: "mientras ustedes nunca se cansan de gastar el dinero en autos caros, lujos excesivos y amantes, yo vivo de manera simple y viajo con mi mujer, que es todo lo que me hace falta".
Ella, siempre dedicada, le arreglaba la ropa para que llegara a la oficina de la mejor manera posible y luego lo esperaba mientras intentaba contener a esos hijos que tanto orgullo le produjeron a través de los años.
La jubilación los encontró unidos, repletos de amigos con quienes pasar el rato y un montón de nietos a quienes llevaban de paseo con dulzura y cariño, dejándoles en el camino enseñanzas de esas que nunca se olvidan.
Los domingos recibían a sus hijos con sus familias, como habían hecho con ellos, y cuando los ruidos de la casa se iban apagando con las ausencias, jugaban al chinchón de a dos, y cada uno sonreía cuando el otro ganaba alguna mano. Verlos, cuando no se daban cuenta de que los veían, era una delicia.
Hasta que un día, el menos esperado de todos, que estas cosas pocas veces se anticipan, él se agotó, su cuerpo colgó los guantes y se fue muy lejos de todo. Lo despidieron muchos, con honores y discursos, incluso ella, que no podía frenar las lágrimas con ningún abrazo, que no podía entender eso que estaba sucediendo en ninguna condolencia, que no podía descifrar el futuro en ninguna cara. Sus restos descansan debajo de una placa que lo recuerda, en la plaza principal de su pueblo natal, donde muchos de sus queridos de la infancia de vez en cuando lo visitan y le cuentan alguna anécdota a los menores, que no entienden ni se interesan.
Ella, diez años después, todavía lo llora algunos días, buscando en los gritos de impotencia la respuesta para la tragedia, sin encontrar nada más que un desahogo que suena a miseria espantosa. Casi todos los demás días sonríe, pensando en los tantos momentos de felicidad que se regalaron mutuamente, esperando, a veces con paciencia y otras sin tanta, el día en que el piadoso destino los vuelva a unir, aunque más no sea en los recuerdos cargados de emoción de quienes van dejando atrás.
martes, 11 de noviembre de 2014
Toda una vida.
viernes, 7 de noviembre de 2014
After office.
Y es que uno se va haciendo grande y se desacostumbra a ciertos lugares, momentos y situaciones.
Pero fin de año es un lugar repleto de eventos que durante el resto del año no se dan, y que si se dieran esquivarías con toda la voluntad, así es que un día, saliendo de la oficina para el "after" de fin de ciclo, con la mochila puesta al hombro como todos los días, te encontrás con uno que, experimentado en estas cosas seguramente porque las haga (al menos) una vez por semana te tira sin anestesia un "¿Vas a ir con la mochila? ¿hace cuánto que no salís?", hace mucho que no salgo, hijo de puta, gracias por recordármelo. Así es que, como tenés las convicciones fuertes, tomás algunas cosas indispensables de la mochila y las clavás en el bolsillo del jean, a saber: un celular, dos chicles, un atado de cigarrillos y el encendedor. Fin de la lista de indispensables. Total, vas a un after, tampoco es que necesitás tanto para llevar.
Llegás al lugar del evento, demasiado temprano, porque la gente "buena onda" parece que se toma su tiempo para caer, se hacen las estrellas o en realidad ya saben que las primeras dos horas nos vamos a pegar un embole padre, pero claro, sos el que no sale nunca y no se percata de estas cosas. Como decía, llegás demasiado temprano. Tanto, que el lugar está todavía cerrado.
Cerrado, eh.
No importa, porque siempre podés charlar con el resto de la gente que no tiene idea de lo que está haciendo y también llegó temprano. Todos +50, obvio. Menos mal que no se te dio por llegar tarde, pensás cada cinco minutos. No.
Al rato, no pasaron más de veinte minutos, pero que parecieron una eternidad, sabés vida y obra de los ancianos de la empresa y ves con ojos que ya son de súplica como se abren las puertas del lugar. Y sigue el embole, pero ahora por lo menos podés tomar y comer algo. Sabemos que todo es mejor si hay comida y bebida. Y sabemos que es mucho mejor cuando estas fueron abonadas previamente por un tercero. Hermoso.
Ya nos empezamos a conformar. Y después del primer trago la anécdota de cómo fue que el hijo mayor de un compañero de trabajo del que no sabés ni el nombre, se cagó en la cama hasta los seis años, ya no es tan grave. Hasta quizás te rías justo un segundo antes de darte cuenta de que el tipo lo sigue viviendo con angustia, y pensás con algo de sorna que ya se va a acostumbrar cuando él mismo se cague en la cama, a juzgar por tu cara no falta demasiado. Y agradecés que, por suerte, todavía no tomaste lo suficiente como para decirlo.
Así van pasando unos minutos, va llegando alguna que otra persona más, se sigue tomando y se sigue comiendo, la fiesta se va "poniendo", como dicen ahora.
La cuestión es que, como no salís mucho, terminás intentando hacer todo lo que no hiciste en las salidas que no tuviste. Y eso incluye fumar (de más), comer (de más) y tomar (sí, de más, pero mucho más porque es gratis) y entre las consecuencias de tomar de más está la de hacer papelones, de más, como bailar cuál condenado, transpirando de manera desagradable, demasiado cerca de otras personas que deberían tener más respeto por su espacio personal.
Un punto interesante de esto es la percepción, claramente afectada por el consumo excesivo de alcohol, que te hace sentir que estás bailando como el mejor Fred Astaire y el resto, que no tomó tanto o quizás tenga más resistencia o simplemente algún que otro sentido de la estética, te percibe como a un personaje digno solamente de Peter Capusotto.
La cuestión es que en algún momento dejás de tomar y la dignidad te vuelve a crecer de a poquito, salís a tomar un poco de aire y con un arranque de total aceptación hacia uno mismo y la posición que ocupa en la sociedad, cosa que muchos de los demás no tienen, porque podés apreciar a señores de más de 50 años gateando pendejas como desaforados, tomás la inapelable determinación de volver a casa. Como corresponde, viejo.
Así que salís, demasiado temprano para enganchar a alguien que te tire cerca, y caminás mientras le rezás al Dios del 3g que te permita visitar alguna página de esas que te indican dónde carajo es que para el bondi que te lleva, pensando por adentro cómo es posible que no hayas buscado esta información vital durante tu estadía en la oficina. Al final, como aprieta pero no ahorca, la compañía de telefonía móvil te cede gentilmente, como si no la pagaras, algo de ancho de banda y encontrás el camino a casa. Largo camino a casa. Y con demasiado movimiento, qué es esto, el colectivo siempre se mueve así, me tomé uno que se mueve demasiado, agarra todos los baches, cómo pasan estas cosas, ah, es el alcohol y otro de sus efectos. Qué mareo, la puta madre.
Luego de lo que parece una eternidad, llegás a la parada en la que te tenés que bajar y tocás el timbre. Todo va bien, el colectivero frena, abre la puerta y vos llegás a reaccionar antes de que el tipo sienta la necesidad imperiosa de seguir viaje. Bajás y caminás las 2 o 3 cuadras que te separan de tu casa. En la esquina, como buen hombre precavido, comenzás a buscar las llaves de tu casa en los bolsillos del pantalón que, si mal no recuerdan, contienen cosas indispensables y específicas: un atado de cigarrillos ahora a medio terminar, un papelito del chicle que tu conciencia ecológica metió hecho un bollito en tu bolsillo, el celular y el encendedor. No, las llaves no estaban incluídas entre los escenciales a las 6 de la tarde y ahora, un tiempo después, parece ser que sí deberían haber estado acá en lugar de seguir descansando en el bolsillo de la mochila que no llevaste. Así que agarrás el teléfono y marcás el número de tu propia casa, rezando porque tu mujer no haya decidido desenchufarlo para tener un plácido sueño nocturno sin sobresaltos. No es el caso, así que lográs sobresaltarla y entre unos gruñidos y algunos "no podés ser tan boludo" baja a abrirte mientras vos liquidás los últimos metros de la noche hasta la puerta de entrada.
Cuando volvés de vomitar ella ya duerme nuevamente, condición que envidiás sobremanera, y vos te preparás para bañarte bien agarrado de las paredes para que esta noche única, que prometés no volver a repetir en tu vida, no termine en el hospital, con suturas de por medio.
Al otro día te levantás con la convicción de no volver a tomar ni salir nunca más en la vida, pero cuando llegás a la oficina te informan que en 15 días es el último de los afters del trabajo y ya estás comprometiéndote a ir, obvio, que vos querés ser buena onda. Dejame que me anoto la fecha en el calendario y le agrego una notita que diga "no seas boludo, si dejás la mochila, hacete el favor de agarrar las llaves".
Pero fin de año es un lugar repleto de eventos que durante el resto del año no se dan, y que si se dieran esquivarías con toda la voluntad, así es que un día, saliendo de la oficina para el "after" de fin de ciclo, con la mochila puesta al hombro como todos los días, te encontrás con uno que, experimentado en estas cosas seguramente porque las haga (al menos) una vez por semana te tira sin anestesia un "¿Vas a ir con la mochila? ¿hace cuánto que no salís?", hace mucho que no salgo, hijo de puta, gracias por recordármelo. Así es que, como tenés las convicciones fuertes, tomás algunas cosas indispensables de la mochila y las clavás en el bolsillo del jean, a saber: un celular, dos chicles, un atado de cigarrillos y el encendedor. Fin de la lista de indispensables. Total, vas a un after, tampoco es que necesitás tanto para llevar.
Llegás al lugar del evento, demasiado temprano, porque la gente "buena onda" parece que se toma su tiempo para caer, se hacen las estrellas o en realidad ya saben que las primeras dos horas nos vamos a pegar un embole padre, pero claro, sos el que no sale nunca y no se percata de estas cosas. Como decía, llegás demasiado temprano. Tanto, que el lugar está todavía cerrado.
Cerrado, eh.
No importa, porque siempre podés charlar con el resto de la gente que no tiene idea de lo que está haciendo y también llegó temprano. Todos +50, obvio. Menos mal que no se te dio por llegar tarde, pensás cada cinco minutos. No.
Al rato, no pasaron más de veinte minutos, pero que parecieron una eternidad, sabés vida y obra de los ancianos de la empresa y ves con ojos que ya son de súplica como se abren las puertas del lugar. Y sigue el embole, pero ahora por lo menos podés tomar y comer algo. Sabemos que todo es mejor si hay comida y bebida. Y sabemos que es mucho mejor cuando estas fueron abonadas previamente por un tercero. Hermoso.
Ya nos empezamos a conformar. Y después del primer trago la anécdota de cómo fue que el hijo mayor de un compañero de trabajo del que no sabés ni el nombre, se cagó en la cama hasta los seis años, ya no es tan grave. Hasta quizás te rías justo un segundo antes de darte cuenta de que el tipo lo sigue viviendo con angustia, y pensás con algo de sorna que ya se va a acostumbrar cuando él mismo se cague en la cama, a juzgar por tu cara no falta demasiado. Y agradecés que, por suerte, todavía no tomaste lo suficiente como para decirlo.
Así van pasando unos minutos, va llegando alguna que otra persona más, se sigue tomando y se sigue comiendo, la fiesta se va "poniendo", como dicen ahora.
La cuestión es que, como no salís mucho, terminás intentando hacer todo lo que no hiciste en las salidas que no tuviste. Y eso incluye fumar (de más), comer (de más) y tomar (sí, de más, pero mucho más porque es gratis) y entre las consecuencias de tomar de más está la de hacer papelones, de más, como bailar cuál condenado, transpirando de manera desagradable, demasiado cerca de otras personas que deberían tener más respeto por su espacio personal.
Un punto interesante de esto es la percepción, claramente afectada por el consumo excesivo de alcohol, que te hace sentir que estás bailando como el mejor Fred Astaire y el resto, que no tomó tanto o quizás tenga más resistencia o simplemente algún que otro sentido de la estética, te percibe como a un personaje digno solamente de Peter Capusotto.
La cuestión es que en algún momento dejás de tomar y la dignidad te vuelve a crecer de a poquito, salís a tomar un poco de aire y con un arranque de total aceptación hacia uno mismo y la posición que ocupa en la sociedad, cosa que muchos de los demás no tienen, porque podés apreciar a señores de más de 50 años gateando pendejas como desaforados, tomás la inapelable determinación de volver a casa. Como corresponde, viejo.
Así que salís, demasiado temprano para enganchar a alguien que te tire cerca, y caminás mientras le rezás al Dios del 3g que te permita visitar alguna página de esas que te indican dónde carajo es que para el bondi que te lleva, pensando por adentro cómo es posible que no hayas buscado esta información vital durante tu estadía en la oficina. Al final, como aprieta pero no ahorca, la compañía de telefonía móvil te cede gentilmente, como si no la pagaras, algo de ancho de banda y encontrás el camino a casa. Largo camino a casa. Y con demasiado movimiento, qué es esto, el colectivo siempre se mueve así, me tomé uno que se mueve demasiado, agarra todos los baches, cómo pasan estas cosas, ah, es el alcohol y otro de sus efectos. Qué mareo, la puta madre.
Luego de lo que parece una eternidad, llegás a la parada en la que te tenés que bajar y tocás el timbre. Todo va bien, el colectivero frena, abre la puerta y vos llegás a reaccionar antes de que el tipo sienta la necesidad imperiosa de seguir viaje. Bajás y caminás las 2 o 3 cuadras que te separan de tu casa. En la esquina, como buen hombre precavido, comenzás a buscar las llaves de tu casa en los bolsillos del pantalón que, si mal no recuerdan, contienen cosas indispensables y específicas: un atado de cigarrillos ahora a medio terminar, un papelito del chicle que tu conciencia ecológica metió hecho un bollito en tu bolsillo, el celular y el encendedor. No, las llaves no estaban incluídas entre los escenciales a las 6 de la tarde y ahora, un tiempo después, parece ser que sí deberían haber estado acá en lugar de seguir descansando en el bolsillo de la mochila que no llevaste. Así que agarrás el teléfono y marcás el número de tu propia casa, rezando porque tu mujer no haya decidido desenchufarlo para tener un plácido sueño nocturno sin sobresaltos. No es el caso, así que lográs sobresaltarla y entre unos gruñidos y algunos "no podés ser tan boludo" baja a abrirte mientras vos liquidás los últimos metros de la noche hasta la puerta de entrada.
"Hola, mi amor, ¿cómo te fue?", se esfuerza ella conteniendo bostezos y disimulando la cara de orto por el sueño interrumpido.
"Muy bien, gracias por abrirme, dejame ir a vomitar y vuelvo", contestás vos, yendo hacia el baño para depositar los fideos que habían servido en ese lugar al que fuiste.
Cuando volvés de vomitar ella ya duerme nuevamente, condición que envidiás sobremanera, y vos te preparás para bañarte bien agarrado de las paredes para que esta noche única, que prometés no volver a repetir en tu vida, no termine en el hospital, con suturas de por medio.
Al otro día te levantás con la convicción de no volver a tomar ni salir nunca más en la vida, pero cuando llegás a la oficina te informan que en 15 días es el último de los afters del trabajo y ya estás comprometiéndote a ir, obvio, que vos querés ser buena onda. Dejame que me anoto la fecha en el calendario y le agrego una notita que diga "no seas boludo, si dejás la mochila, hacete el favor de agarrar las llaves".
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