domingo, 25 de septiembre de 2016

Tuyo

Siento que se filtra el sol a través de una neblina blanca,
como si saliera de una ceguera temporal,
como si el mundo quisiera volver a girar después de siglos y siglos de estar quieto,
como si, a través de una puerta que es neblina, que deja entrever una figura y suelta de a poco el olor de tu piel,
tu perfume,
como si después de toda una vida de lejanía, volvieras a estar cerca.

Durante un segundo me paré a mirar a ese sol débil y frío para preguntarle si eras vos, si era cierto o si era para siempre.
Me arrepentí enseguida, creo que prefiero el calor y la esperanza.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Heridas - por Miss Limón

Siempre hay cosas de las que no queremos hablar, preferimos no nombrar algunos sentimientos o pensamientos, no tocar ciertos temas. A todos nos pasa, porque es sacarle la cascarita a una herida que todavía no cicatrizó, es ponernos cara a cara con nuestro lado más vulnerable, más sensible, más ingenuo.

Alguien dijo que si dejás de nombrar a alguien, lo matás.

Con algunas personas no funciona. Dejás de nombrar, censurás pensamientos, ya no mirás fotos. Cuando se instala algún recuerdo lo echás.

Todas las versiones de quien sos están peleadas a muerte. Se culpan, se reprochan, se miran mal, se insultan. De tanto en tanto le permiten la entrada a algún recuerdo, piensan que no puede doler más. Se equivocan, siempre puede dolernos un poco más.

No sé cómo, pero para el amor y para el dolor siempre hay un poco más de lugar.
Nadie puede matar lo que siente. Solo se puede dejar de esperar, y tampoco tengo certezas de eso.
No importa qué tanto esfuerzo hagamos, cuántos libros leamos, cuántas series miremos. No importa cuántas canciones dejemos de escuchar.

Hay gente que vino a nuestra vida para quedarse, aunque se vaya.


lunes, 1 de agosto de 2016

Víctima de mis prejuicios

No soy de esa gente que compra todo lo que se vende en la vía pública, en el tren, en el bondi o incluso en la tele. Eso de "culo veo, culo quiero" me vino fallado, por suerte. No me gusta consumir y acepto que lo hago a regañadientes.

Pero esta mañana me sucedió algo extraordinario, en cuanto de vendedores ambulantes se trata.
Iba yo en el subte, como casi todas las mañanas de mi vida, igual a muchas de las mañanas de las vidas de las muchísimas personas que trabajamos en esta tanto como en cualquier otra gran urbe, decía, que iba viajando en el subte y pensando en lo que una persona como yo piensa durante el viaje matutino hacia la oficina, esto es, ¿qué fue lo que hice tan mal que no puedo estar durmiendo a esta hora, carajo?, cuando de repente y cómo quien no quiere la cosa, fui víctima de mis propios prejuicios.

Voy a aclarar esto antes de seguir con la historia: todos tenemos prejuicios, pero algunos de nosotros (no quiero apuntar el dedo a ninguno acá, no se sientan tocados, o sí, hagan lo que puedan) intentamos concientizarlos, sigo hablando de los prejuicios, para que no afecten nuestras decisiones diarias de manera negativa.

Aclarado aquello, sigamos con esto otro, la historia.

Decíamos que iba sentado, aclaro ahora, en el subte, cuando subió el primer vendedor ambulante, o al menos el primero del que fui consciente en este viaje particular, vendiendo a voz en cuello una lupa de algún material no del todo confiable para, oigan esto, “poder leer contratos, la letra chica esa que se nos escapa”, de verdad que el mundo no puede terminar bien si seguimos utilizando estas estratagemas poco alegres para embaucar a nuestros clientes, el contrato con texto ambiguo, inentendible o letra pequeñísima, en fin. Volvamos al griterío de este humilde señor con sus lupas que era tremendo, también quiero aclarar que esa voz no va a durar mucho más, lo digo sin ser un especialista de la otorrinolaringología, que gritar en el subte no puede ser bueno para nadie, pero para colmo entre medio de estos sus gritos desesperados de venta, pasó otro vendedor, este sin ganas de desgañitarse la garganta, repartiendo pañuelitos para la nariz, no iban a ser para los códigos que este último no los tiene, en mi época, señores, los vendedores ambulantes esperaban pacientemente en el final del vagón a que su compañero termine la ronda, para bien o para mal, con el producto que tenga, que entre fantasmas no se andaban pisando las sábanas, dirían también en aquellas épocas en donde hasta los chistes parecían inocentes, la internet rompió todo, lo digo sin creerlo, por el bien de la analogía. Mi primera sorpresa había sido esa, la del vendedor que pisaba con sus ventas al anterior. Se ve que no suelo prestar mucha atención en los viajes, pero me quedé atento esperando el insulto del uno para con el otro por el mal tino de entrometerse en los negocios ajenos, cosa que no sucedió, el mundo cambia y no siempre es para donde uno esperaría. La cuestión es que para mi segunda sorpresa, no por eso menos sorprendente, el destino me tenía preparado lo siguiente, y es que estando todavía los dos primeros vendedores, apareció un tercero también gritando, este, por caso, vendía cartas. "Cincuentas cartas españolas" [sic] eran las que vendía, para todo tipo de juegos. ¿Quién no necesita un mazo de cartas? A mí, que tampoco soy un experto en gramática, me hizo ruido el "cincuentas cartas" y me dije a mí mismo que eso no iba a determinar el curso de mi decisión de comprar las mismas, no me iba a dejar llevar por ese rechazo que me generaba el mal sonido de aquel plural inventado, así que me acerqué al muchacho y en poco tiempo logré el intercambio esperado en estos casos, dinero por producto.

Bajé del subte, que justamente era aquella próxima siguiente mi estación, digo “mi estación” con una suerte de reconocimiento mutuo, el de la estación y mi persona, que ya nos conocemos, chamiga, casi todos los días nos andamos. Salí del túnel subterráneo orgulloso con mis cartas y con mi resolución de que esa palabra que tanto me afectaba "cincuentas" no haya alterado un ápice mi vida, cuando me puse a pensar, seriamente, ¿por qué habré comprado estas cartas?

Empecé mi relato diciendo que casi nunca (y eso es todo un dato) compro cosas que se venden en la calle o en el transporte o en la televisión, porque no está en mi naturaleza, pero acababa de pisar la calle con un mazo nuevo de cartas que no necesitaba. La cuestión es que en mi cabeza se cruzó un leve prejuicio que tenía que ver con el vendedor diciendo "cincuentas cartas" una y otra vez y yo, sin quererlo, decidí que eso no me iba a impedir comprar su producto. Faltaría aclarar si el señor este tenía esa rebuscadísima estrategia, pero lo dudo bastante. Tan solo fui víctima de mi propio prejuicio y compré las cartas porque no haberlas comprado hubiera parecido ser víctima de mi propio prejuicio.

Válgame.

A veces uno siente que solo es la cara, pero no.

Pensar que mi vieja se preguntaba si podría ser más idiota de haber tenido tiempo para practicar, ¿ves, mamá? no hacía falta tanta práctica para mejorar.

miércoles, 29 de junio de 2016

De este mundo

El cuerpo de espaldas al objetivo. Vacía la mirada, como perdida. Poseída el alma por alguien o algo de inconmensurable poder, vertiendo cada gota de voluntad sobre esa persona, pequeña, un grano de arena en la historia del universo.
Entonces se genera el movimiento, voluntad de esa energía que todo lo abarca y todo lo hace moverse. Mira para un lado, luego gira para el otro. Vuelve a girar, pasa entre dos y sigue.

Amaga, la gambeta es divina, de otro mundo. Sigue, no saca la mirada de la pelota, como si no la viera, como si no tuviese que verla. Vuelve a amagar, ya está cerca, se mueve para un costado, después para el otro y, cayéndose, con la pierna hábil, simplemente la empuja al arco, casi descreído de lo que sucede, casi como si fuera irreal o tal vez inevitable.

Es gol, por supuesto, como debía de ser. Como lo fue siempre desde el día en que lo imaginó en su potrero de barrio. Pero esa persona vuelve inmediatamente a ser eso, pequeña, un grano de arena en la historia del universo. Aunque a nosotros nos siga pareciendo un Dios supremo, de otra galaxia.

sábado, 30 de abril de 2016

Elvira

Se dice que aquella noche no había luna y en la oscuridad se escondía un frío glacial que a Elvira Carriego poco le importó.

Salió de la casa de sus padres a escondidas, vestida con sus mejores prendas, envuelta en un halo de tristeza justificado por un corazón roto, producto del amor a destiempo que guardó por demasiado tiempo un grito silencioso atravesado en el fondo de su garganta.

Con poco más de 28 años, y con las miradas de juicios de espanto por no haber logrado el necesario casamiento, caminó en dirección al río sin más equipaje que lo puesto, por el medio de la calle húmeda. Jamás volvió la vista atrás, pero siempre recordó de ese día cada uno de los adoquines, tan ajenos a ella, pero que retumbaban debajo de sus tacones en el silencio de la Buenos Aires en la que nació.

Las calles de piedra se taparon de asfalto y los carruajes se transformaron en modernos y veloces automóviles, mientras la memoria de Elvira se esfumaba con los últimos vestigios atesorados por algunos de sus familiares. La búsqueda había perdido fuerza hacía rato y la paz del olvido finalmente cicatrizó los desgarros de su pobre alma.


Humilde colaboración para la muestra "1000 putas - Regístrese. Archívese."