No tenía tiempo para llorar y hacer el duelo de ese amor mal terminado. Sus días pasaban en una rutina insoportable de tareas que ocupaban cada segundo de su cabeza, mientras con toda la voluntad de su ser, iba enterrando la angustia cada vez más al fondo, reconociéndola, pero como si fuese de otro él, de una vida que nunca quiso y que había decidido dejar atrás.
La oscuridad, desde lo más profundo de su alma, se hizo coraza y fue tan dura e inevitable que nunca más pudo abrirse a otro corazón.
domingo, 12 de abril de 2015
sábado, 11 de abril de 2015
Llave en cruz.
Como todas las noches de sus 34 años, verificaba en un ritual consistente, la única puerta de su casa que daba a la calle, asegurándose al menos dos veces de haber pasado una vuelta y media a cada una de las tres llaves que la separaban de los indeseados habitantes del mundo exterior.
Escondía en su obsesión un miedo heredado de su madre y se parecía, tal vez sin conciencia, más a ella que a sí misma, y se justificaba diciendo que era una maña mal observada que la cuidaba de todos los males habidos y por haber en la gran ciudad a la que se había mudado después de una infancia traumatizada y una peor adolescencia en el interior del país.
Había llegado con unos tiernos dieciocho años y la idea de una carrera profesional impecable, sin sobresaltos. Nunca pensó que sería para ella todo lo que derivaba de la noche, a la cuál también le temía y le rehuía, siempre con la excusa de sus estudios de dama prolija y responsable. Así fue que se forjó un alto promedio en una universidad de renombre y rápidamente comenzó a escalar en la sociedad, sin proponérselo, que tampoco le interesaba demasiado la buena vida, ni sabía para qué usarla, aunque se encontró acostumbrada a una comodidad que le impedía volver a su pueblo natal para estar con los suyos.
Pero aquella noche, cansada por demás luego de un arduo día de trabajo en la oficina que cada día le pesaba más y más, olvidó validar su ritual y cayó rendida por el agotamiento luego de una cena frugal y sin demasiado gusto. Entre sueños, escuchó unos ruidos que su mente cansada discriminó de los que solían escucharse en aquella zona en la que residía y se sentó en la cama despejando la cabeza casi de inmediato. Se restregó los ojos para despabilarlos y se dijo a sí misma que levantarse era la única posibilidad, así que caminó con una fuerza que surgió más del miedo que la abarcaba que de otra cosa. Bajó las escaleras internas que llegaban hasta el living donde estaba su querido sillón en el paso hacia la puerta, desde donde provenían los sonidos. En el último escalón se quedó dura, congelada, en la observación de que las llaves se movían inquietas al unísono, con un tintinéo que le rebotaba en la cabeza ya libre de todo sueño y cansancio, atenta solamente a ese sonido y ese movimiento que le paralizaba los miembros cual si fuera una trampa mortal de la psiquis. No pudo hacer nada. No atinó a salvar los dos metros que la separaban del teléfono que tenía grabado en la memoria el número de emergencias, ni tan siquiera a subir hasta su cuarto y taparse con el acolchado, como haría cualquier niña en un susto como el que llevaba. Ella, solo logró quedarse ahí, fría, asustada y con los ojos muy abiertos observando el movimiento inequívoco de aquellas llaves.
Todo sucedió en escasos segundos, pero para ella fue toda la eternidad que necesitó para recordar los momentos que la habían marcado en su vida. Volvió a tener cuatro años, en su primer día de jardín de infantes cuando conoció a Juan, al que consideraba su único verdadero amor y a quien nunca había realmente olvidado. Luego a los ocho, cuando con una piedra que iba dirigida a uno de sus amigos del barrio reventó el vidrio de doña Soledad, la vecina que luego había ido a recriminarle la falta de criterio para el juego, en el comedor de su casa, bajo la mirada de reproche implacable de su madre. También pasó por sus trece años, cuando el terror de ingresar a un colegio secundario desconocido hizo que deba volverse a casa con la bombacha empapada, las mejillas moradas de la vergüenza y sin haber podido atravesar la puerta del que sería su lugar de estudio por los siguientes cinco años. O a los dieciséis, que soñando con haber encontrado a su antiguo Juan en el cuerpo de otro, se llevó una decepción que acarrearía por toda su vida adulta y asexuada. Y por fin a sus veintitrés años, donde a la salida con su diploma en mano y una sonrisa se le iba borrando en la falta de amigos o incluso familiares con quien compartir un logro que en definitiva y para ella, no valía nada. Recorrió todas sus frustraciones y su vida repleta de sabores amargos que no pudieron tranquilizarla ni un solo segundo, petrificada por la seguridad de que su vida no era lo que debería haber soñado, arrepentida por todo y decepcionada de todos, incluso de ella misma.
Ahí mismo, parada en el primer escalón de su casa vacía y en el último de su vida vacía, la encontró el final, de cuerpo muy quieto pero con un grito desgarrador que le brotaba desde la garganta y que fue el que empujó con miedo el dedo que descansaba en el gatillo del arma de aquel tipo que había creído que esa noche era entrar, sacar lo que encontrara y salir, sin pensar que iba a dejar el barrio corriendo con la espalda cargada de esa vida que desconocía por completo, pero cuyo final imprevisto lo perseguiría para siempre.
* En completo agradecimiento a los malos sueños de Julieta.
Escondía en su obsesión un miedo heredado de su madre y se parecía, tal vez sin conciencia, más a ella que a sí misma, y se justificaba diciendo que era una maña mal observada que la cuidaba de todos los males habidos y por haber en la gran ciudad a la que se había mudado después de una infancia traumatizada y una peor adolescencia en el interior del país.
Había llegado con unos tiernos dieciocho años y la idea de una carrera profesional impecable, sin sobresaltos. Nunca pensó que sería para ella todo lo que derivaba de la noche, a la cuál también le temía y le rehuía, siempre con la excusa de sus estudios de dama prolija y responsable. Así fue que se forjó un alto promedio en una universidad de renombre y rápidamente comenzó a escalar en la sociedad, sin proponérselo, que tampoco le interesaba demasiado la buena vida, ni sabía para qué usarla, aunque se encontró acostumbrada a una comodidad que le impedía volver a su pueblo natal para estar con los suyos.
Pero aquella noche, cansada por demás luego de un arduo día de trabajo en la oficina que cada día le pesaba más y más, olvidó validar su ritual y cayó rendida por el agotamiento luego de una cena frugal y sin demasiado gusto. Entre sueños, escuchó unos ruidos que su mente cansada discriminó de los que solían escucharse en aquella zona en la que residía y se sentó en la cama despejando la cabeza casi de inmediato. Se restregó los ojos para despabilarlos y se dijo a sí misma que levantarse era la única posibilidad, así que caminó con una fuerza que surgió más del miedo que la abarcaba que de otra cosa. Bajó las escaleras internas que llegaban hasta el living donde estaba su querido sillón en el paso hacia la puerta, desde donde provenían los sonidos. En el último escalón se quedó dura, congelada, en la observación de que las llaves se movían inquietas al unísono, con un tintinéo que le rebotaba en la cabeza ya libre de todo sueño y cansancio, atenta solamente a ese sonido y ese movimiento que le paralizaba los miembros cual si fuera una trampa mortal de la psiquis. No pudo hacer nada. No atinó a salvar los dos metros que la separaban del teléfono que tenía grabado en la memoria el número de emergencias, ni tan siquiera a subir hasta su cuarto y taparse con el acolchado, como haría cualquier niña en un susto como el que llevaba. Ella, solo logró quedarse ahí, fría, asustada y con los ojos muy abiertos observando el movimiento inequívoco de aquellas llaves.
Todo sucedió en escasos segundos, pero para ella fue toda la eternidad que necesitó para recordar los momentos que la habían marcado en su vida. Volvió a tener cuatro años, en su primer día de jardín de infantes cuando conoció a Juan, al que consideraba su único verdadero amor y a quien nunca había realmente olvidado. Luego a los ocho, cuando con una piedra que iba dirigida a uno de sus amigos del barrio reventó el vidrio de doña Soledad, la vecina que luego había ido a recriminarle la falta de criterio para el juego, en el comedor de su casa, bajo la mirada de reproche implacable de su madre. También pasó por sus trece años, cuando el terror de ingresar a un colegio secundario desconocido hizo que deba volverse a casa con la bombacha empapada, las mejillas moradas de la vergüenza y sin haber podido atravesar la puerta del que sería su lugar de estudio por los siguientes cinco años. O a los dieciséis, que soñando con haber encontrado a su antiguo Juan en el cuerpo de otro, se llevó una decepción que acarrearía por toda su vida adulta y asexuada. Y por fin a sus veintitrés años, donde a la salida con su diploma en mano y una sonrisa se le iba borrando en la falta de amigos o incluso familiares con quien compartir un logro que en definitiva y para ella, no valía nada. Recorrió todas sus frustraciones y su vida repleta de sabores amargos que no pudieron tranquilizarla ni un solo segundo, petrificada por la seguridad de que su vida no era lo que debería haber soñado, arrepentida por todo y decepcionada de todos, incluso de ella misma.
Ahí mismo, parada en el primer escalón de su casa vacía y en el último de su vida vacía, la encontró el final, de cuerpo muy quieto pero con un grito desgarrador que le brotaba desde la garganta y que fue el que empujó con miedo el dedo que descansaba en el gatillo del arma de aquel tipo que había creído que esa noche era entrar, sacar lo que encontrara y salir, sin pensar que iba a dejar el barrio corriendo con la espalda cargada de esa vida que desconocía por completo, pero cuyo final imprevisto lo perseguiría para siempre.
* En completo agradecimiento a los malos sueños de Julieta.
viernes, 3 de abril de 2015
Algo real.
La mañana siguiente
No fue un invento tuyo ni tampoco mío, para nada, esto que pasó fue demasiado especial como para pasar desapercibido, pensó para sí mismo.
Juan no era un tipo de los que se puede decir que tuvo demasiadas experiencias sexuales en la vida, pero tampoco era un neófito en el asunto y entendía muy bien la diferencia, aunque no hubiera podido explicarlo en ese momento, entre todas los encuentros que había vivido con anterioridad, incluyendo un pseudo noviazgo fallido que duró unos seis meses, y esto que había sucedido tan solo hacía unas horas, ni tan siquiera un día entero, pero que ya le sonaba remoto.
Una suerte de necesidad imperiosa lo tomó por sorpresa y un deseo de lo más primario, animal, lo paralizó. Nunca había sentido algo así, una urgencia tal que, de no utilizar toda su fuerza de voluntad, lo habría hecho salir disparado en busca de ese alguien tan deseado al que ni siquiera podría ubicar en un mapa.
Él siempre fue un tipo soñador, aunque nunca perdió de vista la practicidad de las cosas. Con sus objetivos claros, vivía la vida de manera correcta, tranquila y sin demasiados sobresaltos. Sólo se daba rienda suelta al escribir, era su lugar de vuelo, por decirlo de alguna manera. Así y todo había conocido el amor, o al menos lo que creyó reconocer como tal, en varias oportunidades, que el amor no es como lo pintan, para siempre y atado a una sola persona, sino que se va modificando, incluso cambia el portador, casi con sonido de enfermedad, aunque tal vez haya algo de una misma persona en varias distintas, esa con la que nos animamos a abrirnos de pleno y entregar sin condiciones nuestra soledad. Después de un tiempo, casi con tristeza, empiezan a aparecer las condiciones y los términos de esa entrega, y todo se hace cuesta arriba. Así le pasó a Juan cada una de las veces. Tanto, que se había convencido de que todos los amores tenían al menos eso en común: una fecha de caducidad. En las batallas internas de su mente se encontraban esas ganas irresistibles de estar acompañado, bien cerca de aquellas otras, que adoraban la independencia y el manejo completo de sus tiempos, de sus decisiones.
Por eso, y sin saberlo todavía, le llamaba la atención Lucila. Ella tenía su vida armada, no necesitaba de él, pero lo deseaba. Era perfecto, podría estar acompañado de alguien, con vacíos que podría utilizar para estar consigo mismo.
Lucila se sentía abrumada. Pensó mil veces antes de enviar aquel mail en dónde asumía su error y a la vez su debilidad. No le llevó mucho tiempo, que si se lo tomaba, no lo hubiera hecho, pero todo había sido tan perfecto, la piel de los dos rozándose se sintió como nunca antes, cada movimiento era perfecto, cada penetración había sido la justa. Como si encajaran de una manera que sólo podía imaginarse en sus sueños más descabellados.
Se había acostumbrado a una suerte de disfrute que intuía bueno, que adoraba sin saberlo y ese rato con él lo había borrado de un plumazo, todo quedaba relegado a un plano secundario que consideró desde una nueva óptica, mediocre, sinsabor. Y ella no era mediocre, no quería eso, no podía aceptarlo. Así que escribió y apretó el botón de "enviar" que, en lugar de la culpa que creyó propicia para ese momento, le generó un sentimiento de libertad. La pelota, de su lado, como mandan los manuales.
No fue un invento tuyo ni tampoco mío, para nada, esto que pasó fue demasiado especial como para pasar desapercibido, pensó para sí mismo.
Juan no era un tipo de los que se puede decir que tuvo demasiadas experiencias sexuales en la vida, pero tampoco era un neófito en el asunto y entendía muy bien la diferencia, aunque no hubiera podido explicarlo en ese momento, entre todas los encuentros que había vivido con anterioridad, incluyendo un pseudo noviazgo fallido que duró unos seis meses, y esto que había sucedido tan solo hacía unas horas, ni tan siquiera un día entero, pero que ya le sonaba remoto.
Una suerte de necesidad imperiosa lo tomó por sorpresa y un deseo de lo más primario, animal, lo paralizó. Nunca había sentido algo así, una urgencia tal que, de no utilizar toda su fuerza de voluntad, lo habría hecho salir disparado en busca de ese alguien tan deseado al que ni siquiera podría ubicar en un mapa.
Él siempre fue un tipo soñador, aunque nunca perdió de vista la practicidad de las cosas. Con sus objetivos claros, vivía la vida de manera correcta, tranquila y sin demasiados sobresaltos. Sólo se daba rienda suelta al escribir, era su lugar de vuelo, por decirlo de alguna manera. Así y todo había conocido el amor, o al menos lo que creyó reconocer como tal, en varias oportunidades, que el amor no es como lo pintan, para siempre y atado a una sola persona, sino que se va modificando, incluso cambia el portador, casi con sonido de enfermedad, aunque tal vez haya algo de una misma persona en varias distintas, esa con la que nos animamos a abrirnos de pleno y entregar sin condiciones nuestra soledad. Después de un tiempo, casi con tristeza, empiezan a aparecer las condiciones y los términos de esa entrega, y todo se hace cuesta arriba. Así le pasó a Juan cada una de las veces. Tanto, que se había convencido de que todos los amores tenían al menos eso en común: una fecha de caducidad. En las batallas internas de su mente se encontraban esas ganas irresistibles de estar acompañado, bien cerca de aquellas otras, que adoraban la independencia y el manejo completo de sus tiempos, de sus decisiones.
Por eso, y sin saberlo todavía, le llamaba la atención Lucila. Ella tenía su vida armada, no necesitaba de él, pero lo deseaba. Era perfecto, podría estar acompañado de alguien, con vacíos que podría utilizar para estar consigo mismo.
Lucila se sentía abrumada. Pensó mil veces antes de enviar aquel mail en dónde asumía su error y a la vez su debilidad. No le llevó mucho tiempo, que si se lo tomaba, no lo hubiera hecho, pero todo había sido tan perfecto, la piel de los dos rozándose se sintió como nunca antes, cada movimiento era perfecto, cada penetración había sido la justa. Como si encajaran de una manera que sólo podía imaginarse en sus sueños más descabellados.
Se había acostumbrado a una suerte de disfrute que intuía bueno, que adoraba sin saberlo y ese rato con él lo había borrado de un plumazo, todo quedaba relegado a un plano secundario que consideró desde una nueva óptica, mediocre, sinsabor. Y ella no era mediocre, no quería eso, no podía aceptarlo. Así que escribió y apretó el botón de "enviar" que, en lugar de la culpa que creyó propicia para ese momento, le generó un sentimiento de libertad. La pelota, de su lado, como mandan los manuales.
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