Creo que tenía unos tres años, no más que eso, ni siquiera había dominado lo suficiente el lenguaje como para hacerme entender por muchos, cuando me enganchó en el pasillo de mi casa, al fondo del de la dueña del PH, gritando yo "qué tiene que decir esa vieca de mielda".
Se me acercó a la cara con su figura inmensa, monumental, y muy despacio al oído me dijo "hablá despacio hijito, que no te escuche la 'vieca de mielda'" entre risas cómplices que me enseñaron de una sola vez y para siempre que podía confiar en ella.
Y así lo hice, durante mi infancia en la que me llenó de cariño entre mimos y retos, historias y consejos. Más cerca en el tiempo, compartiendo momentos aislados pero bravos, viajes con anécdotas de épocas remotas e historias de una vida cargada de dificultades que ella supo rodear, pasar y sobrevivir con un alma tan buena como endurecida, tan amable y cariñosa como directa casi hasta la violencia. También recuerdo el día en que le pedí no del todo amablemente que me deje de romper las pelotas, vieja, el asado lo hago yo como quiero, cuando ella lo único que quería era estar ahí, solo acompañando a su manera particular. Se ofendió, como solía hacerlo y se metió en una habitación, enojada. Fui a buscarla varias veces, también fueron otros pero ella no contestó hasta que el grito de "la comida está servida" le ablandó el corazón con un mensaje directo desde la generosidad del estómago y la hizo salir, con una cara de pocos amigos que duró lo que dura un suspiro, que si hay algo que tuvo que aprender a la fuerza fue a perdonar y a perdonarse errores, sabiendo que era la única manera de salir adelante.
Tengo mil anécdotas con ella, pero todavía no estoy como para contarlas.
Si bien su físico pasó a ser estándar a mis ojos adultos, para mí siempre siguió siendo esa gigante que me escondía en su sombra de protección ante los retos justos de mi vieja, engrandecida por el conocimiento de tus peleas contra un mundo que te la puso jodida aunque se rindió a tus pies de mujerona sin igual que nunca se dejó dominar por nada ni nadie.
La última batalla te la morfaste cruda, saliste con marcas que dejás atrás, como de todas las anteriores y cuentan que una vez ganada, ya con la paz de no haberte rendido ni siquiera al final, cerraste los ojos, estoy cansada, dijiste, y te fuiste en la tuya, cuando vos quisiste, que ni eso te dejaste imponer, vieja.
Y acá nosotros te vamos a extrañar como se hace con los que de verdad se lo merecen, un poco con las lágrimas inútiles que se nos caen y otro poco con la alegría de saber que viviste.