Qué boludez, ¿no? ¿Cómo va a ser suficiente de ese algo que nunca parece alcanzar para nadie?
Nunca son suficientes milanesas, sería una locura pensar lo contrario. Así, con el amor.
Pero a veces da la sensación de que sí, ya fue suficiente.
No hablo de que algo, un vaso, se colmó de amor y ya no le entra más, sería raro eso, sino de que es suficiente lo que se hizo por amor y es el momento de bajar los brazos, de pararse, mirarse al espejo y decirse fuerte, con convicción, como si uno lo estuviera practicando para decírselo al otro, una simples palabras: hasta acá llegué.
Es que el viaje es largo y si rema siempre el mismo, los brazos se agotan y la cabeza se empieza a llenar de cositas como que yo te amo más que vos a mí, aunque en frío entendamos que no hay medida para estas cosas (si la hubiera, podríamos llenar el vaso de antes, y habíamos dejado en claro que no era el caso). Entiendo, es una sensación, porque para llegar hasta donde llegaste, seguramente cada uno haya hecho su parte. Cada uno remó lo suyo. Así que no te amo más que vos a mí, sino que te amo distinto y, como en todos los ámbitos de la vida, mi distinto es bueno y el tuyo... el tuyo ya no tanto.
Creo que nos cansamos primero de las cosas que de algún modo antes nos hacían ruido o eran "simpáticas", esos qué gracioso que aprietes el dentífrico por el medio, dejá que yo lo acomodo, hermosa, pasa a ser un furioso me tengo que levantar a la mañana y luchar con este dentífrico de mierda ¿cuándo lo vas a aprender a usar como la gente? Donde "la gente" es claramente uno mismo.
Un toque más tarde se empieza con cosas que simplemente no sabías que estaban ahí o, peor aún, directamente no estaban.
¿De dónde salió eso, mi amor? Jodeme que estás cambiando.
Y más tarde, lo peor de todo, porque analizás cosas o, no sé, empezás terapia y te das cuenta, empíricamente, que vos también estás cambiando. Por suerte, que si no estarías un poco, como decirlo, muerto.
A esto le sigue un proceso de llanto, negación, aceptación, vuelta al llanto (tampoco vengan a hacerse los sorprendidos acá, los hombres también lloran), que puede terminar en cualquier lado pero que nos viene a explicar que muy lejos del cliché joligudense, en algún punto del viaje, ya fue suficiente, amor, aceptémoslo antes de que venga ese que está a un paso, se hace llamar odio, si querés le preguntamos a mi ex de qué se trata.
Es que hay que intentar evitar llegar al odio, si ya se llegó al desencanto. Sobretodo cuando hay hijos de por medio, que con eso no se jode, y cualquier pibe se banca tener padres separados, pero a todos les jode que sus viejos se odien entre sí. No quiero volver al tema de la ex, gracias.
Si no tenés hijos, también está bueno evitar el odio, aunque por cierto es menos grave. A lo sumo te mudás de ciudad o de país cuando la despechada empiece a contar cosas como que la tenés demasiado chica o que se separaron porque "no sabés, toda la zona púbica llagada por una enfermedad irreversible", que aunque poco creíble, seguramente te complique un toque a la hora de querer volver a ponerla. Ni hablar si tenés auto y ella un bate a mano. Lo vi en una película.
La cuestión es que hoy creo que en algún punto ya fue suficiente. Mañana, lo vamos viendo, no prometo no cambiar de pensamiento. Ni de nada.
Eran cinco, contando al chófer del colectivo. La noche sin luna se cerraba sobre la ruta y por las ventanillas laterales solo se podía apreciar una oscuridad que parecía absoluta. El camino se estiraba, vacío de otros vehículos que podrían haber amenizado el viaje. O al menos hacerlo más interesante.
Ninguno de los viajeros se conocía, pero a medida que pasaban los primeros kilómetros se fueron acercando, poco a poco, a la cabina del conductor, sentándose detrás de él, dos en cada par de asientos de los que están al frente.
Las luces del bus daban una sensación de realidad que desde más atrás se perdía. Comenzó uno a hablar, tímidamente, para ahuyentar el frío miedo que había comenzado a sentir unos minutos antes. Los demás se le unieron casi al instante, tal era la desolación que sentían. El único que no pronunciaba palabra alguna era el que dirigía, con seguridad y lo que aparentaba ser suma experiencia, el enorme vehículo semi vacío.
El recorrido era suave y sin interrupciones, lo que hacía que todo parezca más extraño, fuera de lugar. Muy pronto los viajeros se conocieron primero los gustos básicos, aquel tomaba café mientras el otro gustaba de las gaseosas, y más tarde comenzaron a salir algunas anécdotas con las exageraciones que exigía el caso, que en este tipo de situaciones consideramos permitidas.
Apenas entrados en el calor de la conversación que fluía ya de manera natural, los cuatro empezaron a preguntarse qué era lo que pasaba con el chofer, que parecía determinado a ignorarlos, con una profesionalidad que no dejaba de poner a todos incómodos. Así y todo, ninguno de ellos se atrevió a formularle una pregunta, por más trivial que sea, de manera directa.
El viaje continuaba incansable, aunque las horas parecían no pasar. El tiempo se perdía y los viajeros comenzaron a mirar sus relojes de manera asidua, con incredulidad. El primero en comentar al respecto fue en que estaba sentado a la derecha, junto a la puerta del micro, quien con voz trémula comentó que su celular no podría estar funcionando bien, solo había pasado un minuto desde la última consulta y eso no podía ser correcto, calculaba mentalmente que al menos debería haber recorrido una hora. Otro, el de la izquierda, mientras asentía con la cabeza y comenzaba a sentir una gota de sudor frío que bajaba por su sien, explicó lo raro que le resultaba el hecho de no haber recibido ni un solo mensaje, ni mail, ni whatsapp, ¿nada de nada?, no era normal. Todos comenzaron a controlar el tiempo y sus celulares para darse cuenta muy rápido de lo extraño de la situación. La preocupación crecía y la desolación se hacía palpable. Uno de ellos, después de juntar mucho coraje, se animó a preguntarle al conductor que cuánto falta para llegar, ¿llegar a dónde? preguntó este, como única respuesta, con una voz que parecía llegar desde un lugar remoto. Así, el viaje siguió, interminable, los viajeros desesperados en un sin fin de preguntas sin respuestas, en un infierno difícil de haber imaginado, el infierno de ellos, conducidos por un tipo que no había vuelto a abrir la boca para contestar siquiera con alguna evasiva las preguntas que más tarde se iban a agolpar en sus gargantas doloridas de gritar.
Alguno habrá pensado en algún momento que esto era lo que en realidad se merecía. Otro, más condescendiente consigo mismo, creía que no había hecho nada del todo malo en la vida como para merecer algo así.
Uno logró levantarse para sacudir al conductor, gritando ¡frená!, ¡hacé algo!, ¡esto no es normal!; pero nunca llegó a acercarse lo suficiente, no se podía, y solo logró ver reflejado en el parabrisas una media sonrisa en el rostro que de otra forma hubiera carecido de toda expresión.
Otro intentó abrir la ventanilla, la puerta, hasta que comenzó a golpearlo todo. Nada se rompía, nada siquiera se rayaba o lastimaba, ni se hundía, ni cedía ante los repetidos puñetazos o patadas, no quedaban marcas, como si los estuviera propinando un ser tan débil como un insecto. Y así se comenzaron a sentir, insectos encerrados en una caja que avanzaba hacia no sabían donde, rebotando contra las paredes y entre ellos, sin lograr lastimarse a ellos mismos o a los demás. Todo allí era inalterable, incluso ellos.
Nunca nadie volvió a saber de los cuatro viajantes. Las vidas de los demás continuaron, pero para ellos solo representaban minutos, tal vez segundos, en esa ruta que nunca tenía final y de la que nadie, jamás, vuelve.
La ciudad, cubierta de una neblina extraña, espesa, refleja la luz de la madrugada, a esa hora que parece demasiado tarde para acostarse a descansar de un día agitado, y demasiado temprano para darle verdadero comienzo a uno con alguna luz de esperanza, esa puta que hace que nunca escribamos convencidos ese punto final.
A esas horas y en esa ciudad, lo podemos encontrar a él, caminando con paso decidido y cubierto por el clima, que el servicio meteorológico falló en definir como la mañana ideal para la tarea planeada. El plan mismo era estricto, sin fisuras, y que funcionaría incluso si el mismo mundo no estuviese tan a su favor. La tranquila madrugada bastaba para cubrir sus pasos silenciosos, discretos.
Sigue su camino con parsimonia, hasta sabe cuántos pasos debe dar para llegar al destino, todo está perfectamente calculado de antemano. No trae consigo papeles, mapas ni anotaciones escritas, que puedan llegar a caer en manos equivocadas, y por ellas referimos a cualquier mano que no sea suya. Solo confiaba en su memoria, libre de posibles traiciones, encuentros por error o pérdidas.
Tocó la puerta, con el código que él mismo había precisado. Abrió el dueño de casa. Los otros tres están también allí, arrastrados con engaños urdidos por el recién llegado, todos con algunas copas encima como él había esperado, qué previsible resulta la gente, piensa con una sonrisa que no llega a exteriorizar.
Lo reconocieron al instante como aquel que había sido, a pesar de la delgadez de enfermedad que lo caracteriza ahora, que lo define y que lo empuja. Saluda a los presentes con una cordialidad tan impropia que asusta a los demás, quienes lo miran con asombro; el cambio es increíble y uno llega a pensar fugazmente que fueron ellos mismos los autores de este personaje que ahora entra y cierra la puerta tras de sí. No da explicaciones porque siente que no hacen falta, ni se merecen, simplemente es lo que hay que hacer, y los ocupantes de la casa también entienden, al instante, que lo que está por ocurrir es lo que corresponde. A diferencia de los primeros dos, el tercero piensa en arrepentirse e intenta una disculpa que se apaga cuando la bala con su nombre despedaza la frente y penetra desactivando casi al instante el habla, junto con los demás sentidos. El cuarto llega a ponerse en guardia, este es más rápido que los demás y él lo sabe, por eso lo deja para el final. Se divierte con su cara deformada por el odio, la sorpresa y el miedo. El tipo entiende todo, pero incluso así se aferra a la patética vida que le queda con uñas y dientes, no se quiere ir y en algún punto cree que todo esto es injusto, de alguna manera. Busca en su cabeza de dónde agarrarse para gritar su inocencia, pero no encuentra ningún asidero; es culpable, como todos los demás, y en lo profundo de su mente lo sabe, lo acepta. El recién llegado esta vez muestra una media sonrisa, justo antes de volver a disparar con idéntica determinación y exactitud.
Mira la escena maravillado ante su propia obra; los cuerpos desparramados casi con gracia, las manchas contenidas, apreciando su mejora en cada ronda, la perfección al alcance de la mano, a la vuelta de la próxima esquina.
Sale de la casa, nadie se despertó siquiera en las casas adyacentes y la niebla comienza a limpiarse, dejando pasar un poco más la luz de los faroles de la vía pública.
Faltan todavía doce, piensa, tachando a los de hoy de su lista mental. Los ardides para juntar a los siguientes cuatro ya están en movimiento. Sonríe, pero su cara solo refleja la oscuridad que pusieron allí estos tipos que van arrepintiéndose de a poco, en tandas estudiadas, a intervalos ajustados, con una precisión de miedo.
Es hora de volver a casa, piensa, el cansancio no le perdona nunca este tipo de situaciones.
Eran dos extraños, pero en el fondo se conocían mas de lo que hubiesen imaginado. Hubo un tiempo de simpática confusión, el creía en el amor de a dos y ella mentía bastante bien. En algún punto pudieron disfrutar de ellos mismos, y a medida que pasaban las semanas de coincidencias, él se iba convenciendo de que ella podría ocupar todos los lugares de su vida, así que se fue amoldando a sus tiempos, a sus realidades. Sin decir nada, empezó a vivir por ella, para ella. Dejó una novia que había sido importante en un pasado que parecía demasiado remoto, cambió de oficio y giró todo lo que pudo girar en torno a su nueva obsesión, esa que empezó a ocupar su cabeza. Y se puso a leer lo que ella leía, a escuchar lo que escuchaba y a vivir una vida en la que en todo estaba presente.
Ella, en cambio, era pragmática. Estaba casada desde hacía años con un tipo al que quería bastante, tenía una hija en primer grado y había vivido lo suficiente para entender que los momentos hay que disfrutarlos y las ilusiones hay que guardarlas bien lejos, en esas comedias malas que todos van a mirar al cine. Había aprendido a buscar satisfacción en donde se pudiera encontrar, en los momentos que hubiese a mano.
Era clara la disparidad de opinión al respecto de una relación que se fue modelando de una manera inequívoca en la cabeza de uno y de forma completamente distinta, en la del otro. Funcionaron un tiempo, crearon lindos recuerdos, pero ella finalmente comenzó a aburrirse de sus demandas constantes, de su pedidos desesperados de separate, por favor, empecemos una vida juntos, que al principio le daban un poco de risa y más tarde algo de pena para terminar en una indiferencia que se tornaba incómoda.
Ella siguió su vida de matrimonio sin demasiado valor y de encuentros vacíos con su enamorado, sin siquiera pensar en lo aburrida que estaba ya de eso, de lo poco que le importaba, de que lo hacía solo debido a su insistencia y a la costumbre. Él, obsesionado, la persiguió por todos los rincones, con cuidado de no molestarla, de que ella no se diera cuenta.
Bailaron así durante unos días, pero como no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, ella encontró alguien nuevo, que le renovó esa vitalidad que ya se había vuelto a perder. Y él no lo pudo soportar, porque el matrimonio estaba aceptado y su sueño irreal era que ella lo terminara, pero esto era nuevo, era un reemplazo para él mismo. A los pocos días fue claro que ella ya no lo recordaba, nunca se veían a la cara, aunque él la seguía por todos lados, la buscaba, provocaba encuentros casuales de los que ella se desembarazaba con la experiencia de la mina linda que sabe sacarse pesados de encima. Y así se empezó a sentir él, pesado, rechazado, olvidado.
Tuvo una idea, lo que necesitaba era un aliado. Llamó al marido y con voz impostada, anónima, le contó que su mujer estaba con alguien, pero recibió como toda respuesta un ya lo sé, no te metas en donde no te importa, es nuestra familia y la manejamos nosotros. Desencajado, pensando en que él no había sido ni el primero ni el último ni siquiera especial, decidió esperarla, de noche, a que volviera de los brazos de su nuevo amante, para poder decirle todo lo que tenía para decirle, me vas a escuchar, hija de puta, ya vas a ver. Pero ella no quería reclamos, no estaba para estas cosas de chicos, le dijo, y en cuanto él empezó a gritar, siguiendo sus pasos, ella aceleró y tomó el celular para llamar a alguien que la ayude, el odio y el miedo treparon por su cabeza, las manos no respondían y los botones no se marcaban, mientras él ya la tomaba violentamente del brazo para frenar su corrida. Trastabillaron juntos, él intentó seguir explicando incoherencias mientras ella gritaba e intentaba huir. Él no entendía demasiado lo que estaba pasando, ella entendía menos. Se trenzaron en una pelea que asemejaba demasiado a esos primeros encuentros casuales, en una confusión de cuerpos excitados, pero esta vez los motivos eran muy diferentes.
Cuando salió el primer vecino para ver quienes hacían ese escándalo, ella ya no se movía y él lloraba balanceando su cabeza inerte entre sus brazos. Se lo llevaron y no opuso resistencia; solo atinó a decir que la amaba y que ya no podría vivir sin ella.
La fascinación con la que observaba el vuelo del pájaro era absoluta. No tenía ojos para otra cosa, ni quería tenerlos tampoco, así estaba bien. De repente soñó con ser el pájaro, no cualquiera sino ese mismo, aquel que llenaba sus ojos y ocupaba toda su mente, que hasta hacía unos minutos había estado atorada con problemas rutinarios, como lo había estado toda su vida de adulto responsable, al punto que ya no recordaba lo que significaba la paz, la tranquilidad.
Como una epifanía, vió muy claro que había hecho todo mal, y pensó en sus sueños de niño, en sus charlas con sus hermanos sobre qué quería ser de grande, cómo quería vivir en esa época donde las cosas eran transparentes y sencillas. Así que no dejó pasar más tiempo y comenzó a caminar en dirección del pájaro, y cuando este desapareció en el horizonte, habiendo marcado solo el inicio del camino, él siguió con la claridad que solo puede venir del sentimiento de completo abandono. Dejó todo atrás y nunca más volvió a pensar en eso, tan solo siguió adelante buscando un incierto destino de libertad, a cada paso más liviano, más suelto, más convencido.