viernes, 20 de febrero de 2015

El pozo.

La oscuridad era completa y el miedo, lo abarcaba todo.

Se habían mudado a una casona en lo más profundo del conurbano con su madre y su hermano, que contaba con ocho recién cumplidos, dos años mayor que ella, escapando de un padre que en las noches de los fines de semana desaparecía solo para volver en estados calamitosos y cada vez peores. Los reproches de la madre lo único que lograban era generar un estado de violencia imposible que hacían de los domingos el peor de los días de la semana. Los lunes, ambos hermanos agradecidos por la ausencia a causa del trabajo que lo hacía madrugar, preparaban el desayuno y se lo llevaban a la madre junto con algunos hielos mal envueltos para que bajara la hinchazón de los moretones del día anterior y luego, iban unidos al colegio que los recibía con los brazos abiertos y que hacía las veces de refugio en donde podían descansar de las desdichas del hogar.

La mañana del domingo anterior había pasado casi sin pena ni gloria, los chicos jugaban en una tranquilidad desconocida y la madre ya estaba preparando el almuerzo con una enorme sonrisa que ellos desconocían. Cuando se sentaron a comer, la madre les informó que ese día su padre no volvería, y sin explicar la seguridad que sentía, había planeado la mudanza apurada. Los pasaría a buscar Marisa, una amiga, que los llevaría a un casa que tenía algunos años abandonada lejos, muy lejos de ahí. Y esa palabra, "lejos", le cambió el semblante a los niños, que sabían que eso era lo que había que hacer.

En el camino fueron reconociendo los lugares que siempre habían sido el paisaje diario, ese mismo que se ignora a fuerza de la monotonía de la rutina, aunque esta vez le prestaron una atención fuera de lo común. La verdulería de la esquina parecía nueva y las cajas de frutas alineadas tenían un brillo de melancolía alegre. Pasaron por la plaza, que hacía las veces de refugio en las tardes bochornosas de verano en que escapaban del calvario a la hora de la siesta, solos, sin compañía de los adultos que sufrían las consecuencias de las mañanas trastornadas. Saludaron con la mirada a los juegos donde tantas lágrimas habían vertido en horas de hamacas apagadas y toboganes sin gracia. Pasaron por el kiosco de Hernán, ese tipo dulce que, sospechando que esos niños de caras tristes y mirada perdida no estaban del todo bien, les regalaba un pedacito de amor en forma de golosinas que solían recibir con ansiedad y alguna sonrisa poco creíble. Así, fueron despidiéndose de a poco de ese barrio que los había visto crecer más de lo que les correspondía para la edad y que nunca, se decían, iban a poder extrañar de verdad.

Al llegar a la casa, la luz que entraba desde el jardín los colmó de alegría, la esperanza de una vida nueva, representada en esa luminosidad, hacía que las lágrimas de gozo rodaran por sus mejillas. Salieron juntos, Se abrazaron, y se quedaron ahí sintiendo los sonidos del nuevo hogar, que parecía exultante con su llegada, como si los hubiera estado esperando.

Pasaron dos días de una vida nueva, distinta, que los dejaba soñar. El lunes por la mañana fueron a un colegio nuevo, que recibieron con afecto, a pesar de saber perdidos a los amigos de otrora. El martes, ya conocedores del camino, marcharon a pie firme y alegre al estudio y las nuevas promesas de amistades.

Al volver del colegio, mientras la madre trabajaba lejos de allí, continuaron con lo que el día anterior habían llamado El Descubrimiento; una suerte de expedición en donde conocerían cada rincón de esa casa que los cobijó y que les quitaba el miedo. Ya habían pasado por un altillo que al principio les dio miedo, muy sucio al que la madre, ocupada con el resto de los rincones todavía no había podido llegar con su nueva forma de limpieza, que incluía canciones alegres y movimientos que asemejaban a unas danzas torpes de quien no estaba acostumbrada a ellas. Esta vez, fueron al patio. Él la desafió a ella a pasar detrás de unos árboles que se distinguían más allá de los yuyos todavía indómitos del lugar, donde juró, seguramente habría bestias salvajes que acechaban de noche. Ella, que se sentía exultante por la aventura, decidió que podría ser un buen momento para demostrarle a ese gigante que era su hermano mayor, que ella podía ser todo lo valiente que se puede e incursionó entre las plantas que veía demasiado grandes con la cabeza repleta de fantasmas pero a sabiendas que detrás venía aquél que la ayudaría en cualquier circunstancia posible. Así fue como encontraron el pozo, tapado por un pedazo de madera podrido que cedió casi sin ruido ante el peso de la pequeña que cayó de manera interminable según su propia percepción, mientras escuchaba su nombre repetido una y otra vez por la voz tan familiar que se alejaba, desesperante.
La angustia fue tan grande como la oscuridad que cubría todos los pensamientos y rincones. Intentó mirar para arriba, pero no logró ver nada, solo escuchaba el llanto del hermano que parecía venir desde otro planeta.

La desesperación fue total. El tiempo, interminable.