viernes, 26 de diciembre de 2014

Se conocieron en un ascensor

Se vieron por primera vez en un ascensor, rodeados de gente desconocida, como lo eran ellos mismos en ese momento. Poco a poco todos fueron bajando en los distintos pisos, hasta que, como si ese fuera el destino, quedaron solos. Intercambiaron una mirada furtiva al unísono que los hizo sonreír, como en una vergüenza compartida. Él era tímido, pero ella sabía desde ese primer instante lo que quería y, aunque fue la primera en bajarse, dejó caer dentro del habitáculo un cartoncito. Él lo recogió enseguida y reconoció en el pequeño rectángulo de papel de imprenta bien diseñado, una tarjeta con un nombre y un email. Lo guardó, diciéndose a sí mismo que no había sido una casualidad, sino un mensaje directo hacía su persona, un claro "escribíme, esa sonrisa no es para cualquiera".
Subió los dos pisos que le quedaban hasta su oficina, en donde hacía las veces de empleado administrativo y cadete, trabajo que le permitía pagar sus estudios universitarios que algún día lo llevarían a un escritorio en una casa frente a un lago, no importaba demasiado cuál, en el que podría por fin escribir a tiempo completo todas esas cosas que brotaban incansablemente de su cabeza. Y ¿por qué no? se animó a soñar, con ella cerca, alcanzándole de tanto en tanto un trago, un sandwich hecho en casa o una palabra de aliento. Es que él era todo un soñador y no había límite para eso.

Al llegar a su escritorio miró la tarjeta como si no la viera, ya pensando en el calor de un improbable hogar y en los hijos que tendrían esos ojos a los cuales había podido llegar a ver sólo durante un efímero momento, pero que ya sentía la necesidad de volver a mirar en profundidad. Sacudió su cabeza y se criticó su falta de concentración, debía terminar el trabajo del día antes de hacer nada más, le debía eso, al menos, a su carrera y sus sueños. Pudo despejarse lo suficiente para dejar el papel a un lado y comenzar a cargar las facturas que venía de pagar en el sistema que se colgaba casi tanto como él mismo. Cargó las compras realizadas para la empresa con una efectividad inusitada, línea a línea iba escribiendo los códigos correspondientes a los insumos varios, el toner para la impresora, los teclados que les habían solicitado los chicos de sistemas y otras cosas que le resultaban banales, innecesarias para la vida. Al terminar comenzó a cerrar la computadora de la oficina, tomó la tarjeta que había quedado a un lado en su escritorio y se dispuso a escribirle a esta desconocida que ya tenía un nombre.

Asunto: "El ascensor"
Hola, mi nombre es Juan, soy el desconocido que te sonrió con algo de vergüenza en el ascensor hace unos minutos. Podría suponer que se te cayó una tarjeta de presentación antes de bajarte, pero la realidad es que prefiero creer que fue con intención, así que te escribo. Me gustaría poder tomar algo juntos, si puede ser esta misma tarde, hay un bar en la esquina de Reconquista y Tres Sargentos, cerca de este edificio. Yo invito la cerveza y si esto fue una casualidad, te devuelvo la tarjeta y sigo mi camino.

Saludos,

Juan.

La respuesta no tardó en llegar.

Asunto: "RE: El ascensor"
Las casualidades no existen. Asumo que ya sabés mi nombre. A las 19:30 estaré en el bar que decís, lo conozco y estaré a gusto con que pagues por mi cerveza.

Un beso,

Lu.

El éxtasis que sintió al recibir tal respuesta rápidamente se extendió por todo su cuerpo. El tono del mail era imposible de pasar desapercibido, así que no había sido casualidad. Y no se despidió con un frío "saludos", sino con un beso, eso hacía toda la diferencia, pensaba, ni hablar de la confianza que le había regalado utilizando un apodo familiar en lugar de Lucila, su nombre completo. No había dudas en su cabeza, la chica misteriosa ahora no sólo tenía nombre sino que también tenía deseo. No contestó, seguro de que ya estaba todo arreglado.

A las 19hs se dispuso a salir de la oficina con una aparente tranquilidad que estaba muy lejos de su sentir, caminó por el centro de Buenos Aires, haciendo tiempo para que pasen esos minutos que en su organismo se sentían como horas y horas que nunca se acababan. Minutos antes de lo acordado, se acomodó en el bar de la dicha esquina y comenzó a dudar de si la reconocería, al fin y al cabo solo la había visto fugazmente, o peor, si ella lo reconocería a él fuera del ascensor, o si lo veía y decidía que en realidad no era lo que quería.

Así se agolparon los pensamientos negativos, perdido de la situación real, cuando ella se aproximó a la mesa de dos en donde estaba él sentado, y con una sonrisa se sentó mientras practicaba un, hola, Juan, ¿esperaste mucho?.
Charlaron durante unos minutos, midiéndose, gustándose, riendo, hasta que ella, decidida, lo invitó casi con brutalidad a dejar ese lugar e ir a un telo, que queda acá a unos metros, dijo con conocimiento de causa. Accedió un poco desorientado pero con gusto, pidió la cuenta que había prometido pagar y salieron caminando con dirección más que definida.
Se mataron, tuvieron una suerte de química que él no había sentido nunca y para la que ella no parecía estar preparada. Luego de un breve descanso volvieron al ataque y estuvieron así durante las 3 horas que duraba el turno que habían pedido. El timbre que anunciaba los últimos minutos con los que contaban los encontró a ambos agotados por el afortunado encuentro. Mientras se vestía ella le confesó que estaba casada y que, lamentablemente, esto no iba a poder repetirse. Él no podía entenderlo, intentó decirle que eso era un error, que no era parte de lo que él había creído mientras ella le acariciaba la cabeza y le explicaba que la vida era así, que no todo puede salir como se lo sueña, mi amor, esto es todo a lo que podíamos acceder.

Se fueron cada uno para su lado, sin mirar atrás.

El llegó a su casa dispuesto a escribir un cuento que terminara esta historia de otra manera y tomó una botella de whisky que tenía siempre a mano. Se terminó lo que quedaba antes de llegar a escribir la segunda página y decidió que ya era demasiado tarde, debía dormir para al otro día volver a la rutina que alguna vez, algún día, le permitiría cumplir con sus más anhelados deseos. Tomó tal vez demasiados somníferos y estaba conciliando el sueño necesario, cuando sonó la notificación del teléfono móvil que anunciaba la llegada de un nuevo correo electrónico. Estiró la mano casi al borde del abismo de la vigilia y sólo pudo lograr que el celular cayera de la mesita de luz. Una parte de su mente llegó a lamentarse al punto que se escurría de la realidad. Desde el piso, la luz de notificación del aparato parpadeaba impávida.

La mañana siguiente.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Noches como esta.

Una noche así, donde la tortuosa realidad se mete en tu cabeza, destapa tu alma y te alcanza el insomnio de a litros, en forma de un sinfín de preguntas que se repiten una y otra vez, hasta convertirse en un salmo ininteligible pero no por eso en respuestas.

Una noche así, como tantas otras.


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domingo, 7 de diciembre de 2014

Un vagón de recuerdos.

La vi en el tren y todos los sentimientos del pasado se agolparon en mi cabeza. Creía saber dónde se bajaba y todavía faltaban varias estaciones, así que me escondí como pude detrás del libro que venía leyendo y me dispuse a recordar nuestra relación, revivirla en mi mente, desandar el camino que otrora hubiéramos recorrido juntos, hasta el instante trágico en el que tuvimos que separarnos.
Nos habíamos conocido recién terminado el colegio secundario y nos enamoramos rápido y muy fuerte. Pronto, pasábamos nuestros largos días libres de verano juntos, de acá para allá, perdidos de todo y de todos. Incluso hacíamos escapadas que nos tomaban cuatro o cinco días en donde nadie sabía de nuestro paradero o de cuando volveríamos a la civilización. Discutíamos, a veces con furia, sobre cualquier cosita menor, pero pronto nos abrazábamos y besábamos perdiéndonos en nuestros deseos más bajos pero siempre compartidos. Me disponía a darle la vida, la regalaba con todo lo que tenía a la mano y con algunas cosas que me costaban horrores conseguir, dedicaba horas a pensar, planear y ejecutar cuestiones que, pensaba, la llenarían de alegría. Ella recibía mi amor con alguna sonrisa, pero nunca hacía algo de más, nunca salía de su estar, simplemente, conmigo, cosa que me generaba la sensación irreal de que cuando estábamos separados, simplemente yo dejaba de existir en su cabeza. En cambio, ella ocupaba en la mía cada segundo de insomnio. Alguna vez, un fin de semana en el que no teníamos nada planificado, de hecho nunca podíamos planificar nada, solo vivíamos el día a día, era su estilo y a mi me gustaba, partimos de un café directo a Retiro y de ahí, habíamos pensando, el colectivo que primero saliera con lugar para dos, nos llevaría hasta el último destino al que llegara. Así llegamos a La Paz, un pueblo en el norte de Entre Ríos, donde unas termas hacían las delicias de los turistas, muchas veces en familia o en grupos de gente mayor, aunque con una noche sorprendentemente despierta, luego de un viaje donde habíamos logrado escandalizar a más de uno de nuestros compañeros casuales de viaje. Ya en La Paz, conseguimos alquilar una cabaña de mala muerte con el poco dinero con el que contábamos, donde pasamos la primera noche encerrados, intentando saciar nuestras naturalezas. Al siguiente día, luego de hacer un desayuno tardío, fuimos al río, donde pasamos un rato tomando sol. Ella decidió que iría a caminar y yo me quedé sentado allí, luego de haberme provisto con sendas cervezas y papas fritas para picar lo que creía que iría a durar solo un rato, pero su naturaleza era escapista y ese momento se alargó hasta lo que parecía el infinito. Cené solo en el pueblo y volvía nuestra cabaña a dormir para despertar con sus golpes a la puerta en una madrugada oscura. Le abrí y cuando no me quiso responder dónde había estado, peleamos y decidí volver solo, preparando al instante mis petates. Mientras esperaba para salir, en la terminal de ómnibus, apareció con algo que pensé, era un aire de arrepentimiento. Volvimos juntos, otra vez escandalizando al resto del pasaje. Al volver, la normalidad de lo que era nuestra relación volvió, aunque en mi cabeza nunca dejó de retumbar la ausencia inexplicable de ese día, incluso cuando ella juraba un amor eterno y del más puro. Corrieron así un par de meses, yo no entendía la vida sin ella, cuando repitió su escapismo, esta vez todo un fin de semana, sin llamados ni explicaciones, y con un regreso cargado de acá no ha pasado nada, todo sigue igual, que no pude aceptar. Peleamos de nuevo, conmigo exigiendo explicaciones y con ella que no tenía ganas de darlas, su libertad era suya, decía a los gritos. Estas desapariciones se hicieron cada vez más comunes, se incorporaron a la vida, en una danza donde los reencuentros se tornaban cada vez más violentos y mi corazón se sentía estallar en sus ausencias, hasta que ya no pudimos aguantar más y decidimos no volver a vernos. El dolor me obligó a buscarla en todos los rincones por donde solía concurrir, siempre sin suerte, intentando tolerar su falta, el desprecio que había sentido hacia mi persona, hacia todo el amor que tenía y que estaba dispuesto a darle, hacía la vida que estaba dispuesto a dedicarle.
En algunos momentos lograba olvidarla, pero con cada nueva pareja casual revivía sus sonrisas, intentaba encontrar su cara en las caras de los demás, suplir su ausencia en las presencias irrelevantes de otras mujeres que fueron pasando por mi vida y que nunca pudieron cubrir su lugar de dolor eterno que había quedado clavado en mí.
Creo que llegué a enterrar su recuerdo, aunque nunca volví a amar con esa intensidad. Creo, también, que nunca volví a amar y algún lugar de mí estaba convencido que ella tenía la culpa de eso, pero nunca la recordé con odio, sino más bien con melancolía.
Hasta que la vi en el mismo vagón del tren en el que viajaba con tranquilidad a mi casa desde el trabajo, como casi todos los días y todo ese dolor profundo que no sabía que todavía sentía por su persona y por todo lo que me había causado, afloró como una aplanadora que destrozaba mi razón. De pronto me sentí recordando con un rencor que no podía sostener. La esperé mientras el odio me inundaba el alma. Casi podía oler el sentimiento abrumándome, apoderándose de todo mi ser, quitándome todo dejo de voluntad propia y dejé manejarme por él, apreciando su sinceridad, sintiendo que era eso lo que necesitaba y que había ocultado tanto tiempo debajo de la alfombra. Eso era lo que se sentía por ella, un odio fuerte, claro y sin fisuras, igual de profundo y real que el amor que había sentido en otro tiempo, en otra vida, cuando la felicidad era una opción.
En cuanto se levantó y se acomodó en la puerta del tren para bajarse, mucho antes de llegar a la estación, haciendo caso de esa ansiedad que yo reconocía en su persona, me paré para acercarme, me puse justo detrás de ella y le susurré su propio nombre al oído, seguido de un soy yo, con el apodo de amor que ella había sabido usar para conmigo. Ella giró su cabeza y pude ver una media sonrisa de reconocimiento tardío dibujándose en su cara mientras caía para atrás, con dirección a las vías del tren. Sentí el placer de sus gritos desesperados y los golpes amortiguados por el ruido de los vagones y los gritos de los pasajeros que veían impávidos lo que sucedía.
Me dejé arrastrar hasta la cárcel, el juicio y toda una sarta de pavadas burocráticas que me dejaron aquí, escribiendo esto, para aclarar que la vida había dejado de tener sentido para mí hace ya muchos años y que me voy en paz, sabiendo que hice lo que sentí, siempre.

martes, 11 de noviembre de 2014

Toda una vida.

Fueron casi cincuenta años de lo que parecía una felicidad sin final. Él había llegado a la gran ciudad desde el interior del interior, para hacer el servicio militar, y se enamoró perdidamente de la metrópoli y sus infinitas posibilidades. Ella, había nacido allí y estudiaba para maestra, la única profesión posible para una chica de su hogar.
Se encontraron, como se encuentran todos, un poco de casualidad y otro poco a causa del destino, implacable compañero de la vida. Se gustaron de inmediato, pero en esa época las cosas se sucedían lento, como si los días duraran para siempre. Y así se sentía, sin tanto trajín ni tanta bulla que trajo consigo la modernidad que viniera mucho después.
Él, seguramente, le fue a pedir la mano a su padre, quien recorría los barrios del sur de la ciudad de buenos aires con su carro de lechero abnegado, querido y admirado por los tantos vecinos dada su devoción al oficio y su historia de dolores indecibles, de guerras pasadas y huidas para buscar un lugar en el mundo, olvidando su infancia en el camino, como tantos otros inmigrantes. El viejo, convencido de sus intenciones y contento con sus ideales, dijo que sí al instante, con un poco de dolor por la pérdida de una hija, pero con la felicidad por haber ganado un hijo.
Se pudieron casar, sin demasiada pompa, pero teniendo de testigos a una familia que cada día se hacía más y más numerosa, en la que muchos recorrieron los kilómetros que los separaban de sus casas para asistir al evento. Y como el casado, casa quiere, se fueron a vivir juntos, a una linda casita desde la que solo debían caminar unos pocos metros para llegar a la de los padres de ella, donde la madre solía cocinar para todos, sudando pero sin quejas, unos ravioles caseros que quedaban en la memoria de cada uno que los probara, quizás mucho más por el sabor de la unión familiar y el amor con que estaban realizados, que por cualquier otra cosa. Tuvieron hijos a quienes educaron como ellos consideraron mejor, bajo unos estrictos ideales que hoy conmoverían a cualquiera. Se acompañaron en grandes momentos así como en los peores, aquellos años terribles de política con dolor y ausencias imposibles de entender, para unos tipos comprometidos con el presente y el futuro de un país siempre en conflicto.
Viajaron por todos los rincones a donde pudieron llegar. En un momento le llegaron a preguntar con sorna por qué era que podían viajar tanto, sabiendo que solo él trabajaba como lo hace cualquiera y su respuesta fue tan sencilla como sincera: "mientras ustedes nunca se cansan de gastar el dinero en autos caros, lujos excesivos y amantes, yo vivo de manera simple y viajo con mi mujer, que es todo lo que me hace falta".
Ella, siempre dedicada, le arreglaba la ropa para que llegara a la oficina de la mejor manera posible y luego lo esperaba mientras intentaba contener a esos hijos que tanto orgullo le produjeron a través de los años.

La jubilación los encontró unidos, repletos de amigos con quienes pasar el rato y un montón de nietos a quienes llevaban de paseo con dulzura y cariño, dejándoles en el camino enseñanzas de esas que nunca se olvidan.
Los domingos recibían a sus hijos con sus familias, como habían hecho con ellos, y cuando los ruidos de la casa se iban apagando con las ausencias, jugaban al chinchón de a dos, y cada uno sonreía cuando el otro ganaba alguna mano. Verlos, cuando no se daban cuenta de que los veían, era una delicia.

Hasta que un día, el menos esperado de todos, que estas cosas pocas veces se anticipan, él se agotó, su cuerpo colgó los guantes y se fue muy lejos de todo. Lo despidieron muchos, con honores y discursos, incluso ella, que no podía frenar las lágrimas con ningún abrazo, que no podía entender eso que estaba sucediendo en ninguna condolencia, que no podía descifrar el futuro en ninguna cara. Sus restos descansan debajo de una placa que lo recuerda, en la plaza principal de su pueblo natal, donde muchos de sus queridos de la infancia de vez en cuando lo visitan y le cuentan alguna anécdota a los menores, que no entienden ni se interesan.
Ella, diez años después, todavía lo llora algunos días, buscando en los gritos de impotencia la respuesta para la tragedia, sin encontrar nada más que un desahogo que suena a miseria espantosa. Casi todos los demás días sonríe, pensando en los tantos momentos de felicidad que se regalaron mutuamente, esperando, a veces con paciencia y otras sin tanta, el día en que el piadoso destino los vuelva a unir, aunque más no sea en los recuerdos cargados de emoción de quienes van dejando atrás.

viernes, 7 de noviembre de 2014

After office.

Y es que uno se va haciendo grande y se desacostumbra a ciertos lugares, momentos y situaciones.

Pero fin de año es un lugar repleto de eventos que durante el resto del año no se dan, y que si se dieran esquivarías con toda la voluntad, así es que un día, saliendo de la oficina para el "after" de fin de ciclo, con la mochila puesta al hombro como todos los días, te encontrás con uno que, experimentado en estas cosas seguramente porque las haga (al menos) una vez por semana te tira sin anestesia un "¿Vas a ir con la mochila? ¿hace cuánto que no salís?", hace mucho que no salgo, hijo de puta, gracias por recordármelo. Así es que, como tenés las convicciones fuertes, tomás algunas cosas indispensables de la mochila y las clavás en el bolsillo del jean, a saber: un celular, dos chicles, un atado de cigarrillos y el encendedor. Fin de la lista de indispensables. Total, vas a un after, tampoco es que necesitás tanto para llevar.
Llegás al lugar del evento, demasiado temprano, porque la gente "buena onda" parece que se toma su tiempo para caer, se hacen las estrellas o en realidad ya saben que las primeras dos horas nos vamos a pegar un embole padre, pero claro, sos el que no sale nunca y no se percata de estas cosas. Como decía, llegás demasiado temprano. Tanto, que el lugar está todavía cerrado.

Cerrado, eh.

No importa, porque siempre podés charlar con el resto de la gente que no tiene idea de lo que está haciendo y también llegó temprano. Todos +50, obvio. Menos mal que no se te dio por llegar tarde, pensás cada cinco minutos. No.

Al rato, no pasaron más de veinte minutos, pero que parecieron una eternidad, sabés vida y obra de los ancianos de la empresa y ves con ojos que ya son de súplica como se abren las puertas del lugar. Y sigue el embole, pero ahora por lo menos podés tomar y comer algo. Sabemos que todo es mejor si hay comida y bebida. Y sabemos que es mucho mejor cuando estas fueron abonadas previamente por un tercero. Hermoso.
Ya nos empezamos a conformar. Y después del primer trago la anécdota de cómo fue que el hijo mayor de un compañero de trabajo del que no sabés ni el nombre, se cagó en la cama hasta los seis años, ya no es tan grave. Hasta quizás te rías justo un segundo antes de darte cuenta de que el tipo lo sigue viviendo con angustia, y pensás con algo de sorna que ya se va a acostumbrar cuando él mismo se cague en la cama, a juzgar por tu cara no falta demasiado. Y agradecés que, por suerte, todavía no tomaste lo suficiente como para decirlo.

Así van pasando unos minutos, va llegando alguna que otra persona más, se sigue tomando y se sigue comiendo, la fiesta se va "poniendo", como dicen ahora.

La cuestión es que, como no salís mucho, terminás intentando hacer todo lo que no hiciste en las salidas que no tuviste. Y eso incluye fumar (de más), comer (de más) y tomar (sí, de más, pero mucho más porque es gratis) y entre las consecuencias de tomar de más está la de hacer papelones, de más, como bailar cuál condenado, transpirando de manera desagradable, demasiado cerca de otras personas que deberían tener más respeto por su espacio personal. 
Un punto interesante de esto es la percepción, claramente afectada por el consumo excesivo de alcohol, que te hace sentir que estás bailando como el mejor Fred Astaire y el resto, que no tomó tanto o quizás tenga más resistencia o simplemente algún que otro sentido de la estética, te percibe como a un personaje digno solamente de Peter Capusotto.



La cuestión es que en algún momento dejás de tomar y la dignidad te vuelve a crecer de a poquito, salís a tomar un poco de aire y con un arranque de total aceptación hacia uno mismo y la posición que ocupa en la sociedad, cosa que muchos de los demás no tienen, porque podés apreciar a señores de más de 50 años gateando pendejas como desaforados, tomás la inapelable determinación de volver a casa. Como corresponde, viejo.
Así que salís, demasiado temprano para enganchar a alguien que te tire cerca, y caminás mientras le rezás al Dios del 3g que te permita visitar alguna página de esas que te indican dónde carajo es que para el bondi que te lleva, pensando por adentro cómo es posible que no hayas buscado esta información vital durante tu estadía en la oficina. Al final, como aprieta pero no ahorca, la compañía de telefonía móvil te cede gentilmente, como si no la pagaras, algo de ancho de banda y encontrás el camino a casa. Largo camino a casa. Y con demasiado movimiento, qué es esto, el colectivo siempre se mueve así, me tomé uno que se mueve demasiado, agarra todos los baches, cómo pasan estas cosas, ah, es el alcohol y otro de sus efectos. Qué mareo, la puta madre.

Luego de lo que parece una eternidad, llegás a la parada en la que te tenés que bajar y tocás el timbre. Todo va bien, el colectivero frena, abre la puerta y vos llegás a reaccionar antes de que el tipo sienta la necesidad imperiosa de seguir viaje. Bajás y caminás las 2 o 3 cuadras que te separan de tu casa. En la esquina, como buen hombre precavido, comenzás a buscar las llaves de tu casa en los bolsillos del pantalón que, si mal no recuerdan, contienen cosas indispensables y específicas: un atado de cigarrillos ahora a medio terminar, un papelito del chicle que tu conciencia ecológica metió hecho un bollito en tu bolsillo, el celular y el encendedor. No, las llaves no estaban incluídas entre los escenciales a las 6 de la tarde y ahora, un tiempo después, parece ser que sí deberían haber estado acá en lugar de seguir descansando en el bolsillo de la mochila que no llevaste. Así que agarrás el teléfono y marcás el número de tu propia casa, rezando porque tu mujer no haya decidido desenchufarlo para tener un plácido sueño nocturno sin sobresaltos. No es el caso, así que lográs sobresaltarla y entre unos gruñidos y algunos "no podés ser tan boludo" baja a abrirte mientras vos liquidás los últimos metros de la noche hasta la puerta de entrada.


"Hola, mi amor, ¿cómo te fue?", se esfuerza ella conteniendo bostezos y disimulando la cara de orto por el sueño interrumpido.
"Muy bien, gracias por abrirme, dejame ir a vomitar y vuelvo", contestás vos, yendo hacia el baño para depositar los fideos que habían servido en ese lugar al que fuiste.

Cuando volvés de vomitar ella ya duerme nuevamente, condición que envidiás sobremanera, y vos te preparás para bañarte bien agarrado de las paredes para que esta noche única, que prometés no volver a repetir en tu vida, no termine en el hospital, con suturas de por medio.

Al otro día te levantás con la convicción de no volver a tomar ni salir nunca más en la vida, pero cuando llegás a la oficina te informan que en 15 días es el último de los afters del trabajo y ya estás comprometiéndote a ir, obvio, que vos querés ser buena onda. Dejame que me anoto la fecha en el calendario y le agrego una notita que diga "no seas boludo, si dejás la mochila, hacete el favor de agarrar las llaves".

jueves, 30 de octubre de 2014

Cuando el amor es suficiente.


Qué boludez, ¿no? ¿Cómo va a ser suficiente de ese algo que nunca parece alcanzar para nadie?

Nunca son suficientes milanesas, sería una locura pensar lo contrario. Así, con el amor.

Pero a veces da la sensación de que sí, ya fue suficiente.
No hablo de que algo, un vaso, se colmó de amor y ya no le entra más, sería raro eso, sino de que es suficiente lo que se hizo por amor y es el momento de bajar los brazos, de pararse, mirarse al espejo y decirse fuerte, con convicción, como si uno lo estuviera practicando para decírselo al otro, una simples palabras: hasta acá llegué.

Es que el viaje es largo y si rema siempre el mismo, los brazos se agotan y la cabeza se empieza a llenar de cositas como que yo te amo más que vos a mí, aunque en frío entendamos que no hay medida para estas cosas (si la hubiera, podríamos llenar el vaso de antes, y habíamos dejado en claro que no era el caso). Entiendo, es una sensación, porque para llegar hasta donde llegaste, seguramente cada uno haya hecho su parte. Cada uno remó lo suyo. Así que no te amo más que vos a mí, sino que te amo distinto y, como en todos los ámbitos de la vida, mi distinto es bueno y el tuyo... el tuyo ya no tanto.
Creo que nos cansamos primero de las cosas que de algún modo antes nos hacían ruido o eran "simpáticas", esos qué gracioso que aprietes el dentífrico por el medio, dejá que yo lo acomodo, hermosa, pasa a ser un furioso me tengo que levantar a la mañana y luchar con este dentífrico de mierda ¿cuándo lo vas a aprender a usar como la gente? Donde "la gente" es claramente uno mismo.


Un toque más tarde se empieza con cosas que simplemente no sabías que estaban ahí o, peor aún, directamente no estaban.

¿De dónde salió eso, mi amor? Jodeme que estás cambiando.

Y más tarde, lo peor de todo, porque analizás cosas o, no sé, empezás terapia y te das cuenta, empíricamente, que vos también estás cambiando. Por suerte, que si no estarías un poco, como decirlo, muerto.

A esto le sigue un proceso de llanto, negación, aceptación, vuelta al llanto (tampoco vengan a hacerse los sorprendidos acá, los hombres también lloran), que puede terminar en cualquier lado pero que nos viene a explicar que muy lejos del cliché joligudense, en algún punto del viaje, ya fue suficiente, amor, aceptémoslo antes de que venga ese que está a un paso, se hace llamar odio, si querés le preguntamos a mi ex de qué se trata.
Es que hay que intentar evitar llegar al odio, si ya se llegó al desencanto. Sobretodo cuando hay hijos de por medio, que con eso no se jode, y cualquier pibe se banca tener padres separados, pero a todos les jode que sus viejos se odien entre sí. No quiero volver al tema de la ex, gracias.
Si no tenés hijos, también está bueno evitar el odio, aunque por cierto es menos grave. A lo sumo te mudás de ciudad o de país cuando la despechada empiece a contar cosas como que la tenés demasiado chica o que se separaron porque "no sabés, toda la zona púbica llagada por una enfermedad irreversible", que aunque poco creíble, seguramente te complique un toque a la hora de querer volver a ponerla. Ni hablar si tenés auto y ella un bate a mano. Lo vi en una película.

La cuestión es que hoy creo que en algún punto ya fue suficiente. Mañana, lo vamos viendo, no prometo no cambiar de pensamiento. Ni de nada.

sábado, 18 de octubre de 2014

Viaje.

Eran cinco, contando al chófer del colectivo. La noche sin luna se cerraba sobre la ruta y por las ventanillas laterales solo se podía apreciar una oscuridad que parecía absoluta. El camino se estiraba, vacío de otros vehículos que podrían haber amenizado el viaje. O al menos hacerlo más interesante. 
Ninguno de los viajeros se conocía, pero a medida que pasaban los primeros kilómetros se fueron acercando, poco a poco, a la cabina del conductor, sentándose detrás de él, dos en cada par de asientos de los que están al frente.
Las luces del bus daban una sensación de realidad que desde más atrás se perdía. Comenzó uno a hablar, tímidamente, para ahuyentar el frío miedo que había comenzado a sentir unos minutos antes. Los demás se le unieron casi al instante, tal era la desolación que sentían. El único que no pronunciaba palabra alguna era el que dirigía, con seguridad y lo que aparentaba ser suma experiencia, el enorme vehículo semi vacío.
El recorrido era suave y sin interrupciones, lo que hacía que todo parezca más extraño, fuera de lugar. Muy pronto los viajeros se conocieron primero los gustos básicos, aquel tomaba café mientras el otro gustaba de las gaseosas, y más tarde comenzaron a salir algunas anécdotas con las exageraciones que exigía el caso, que en este tipo de situaciones consideramos permitidas.
Apenas entrados en el calor de la conversación que fluía ya de manera natural, los cuatro empezaron a preguntarse qué era lo que pasaba con el chofer, que parecía determinado a ignorarlos, con una profesionalidad que no dejaba de poner a todos incómodos. Así y todo, ninguno de ellos se atrevió a formularle una pregunta, por más trivial que sea, de manera directa.
El viaje continuaba incansable, aunque las horas parecían no pasar. El tiempo se perdía y los viajeros comenzaron a mirar sus relojes de manera asidua, con incredulidad. El primero en comentar al respecto fue en que estaba sentado a la derecha, junto a la puerta del micro, quien con voz trémula comentó que su celular no podría estar funcionando bien, solo había pasado un minuto desde la última consulta y eso no podía ser correcto, calculaba mentalmente que al menos debería haber recorrido una hora. Otro, el de la izquierda, mientras asentía con la cabeza y comenzaba a sentir una gota de sudor frío que bajaba por su sien, explicó lo raro que le resultaba el hecho de no haber recibido ni un solo mensaje, ni mail, ni whatsapp, ¿nada de nada?, no era normal. Todos comenzaron a controlar el tiempo y sus celulares para darse cuenta muy rápido de lo extraño de la situación. La preocupación crecía y la desolación se hacía palpable. Uno de ellos, después de juntar mucho coraje, se animó a preguntarle al conductor que cuánto falta para llegar, ¿llegar a dónde? preguntó este, como única respuesta, con una voz que parecía llegar desde un lugar remoto. Así, el viaje siguió, interminable, los viajeros desesperados en un sin fin de preguntas sin respuestas, en un infierno difícil de haber imaginado, el infierno de ellos, conducidos por un tipo que no había vuelto a abrir la boca para contestar siquiera con alguna evasiva las preguntas que más tarde se iban a agolpar en sus gargantas doloridas de gritar.
Alguno habrá pensado en algún momento que esto era lo que en realidad se merecía. Otro, más condescendiente consigo mismo, creía que no había hecho nada del todo malo en la vida como para merecer algo así.
Uno logró levantarse para sacudir al conductor, gritando ¡frená!, ¡hacé algo!, ¡esto no es normal!; pero nunca llegó a acercarse lo suficiente, no se podía, y solo logró ver reflejado en el parabrisas una media sonrisa en el rostro que de otra forma hubiera carecido de toda expresión.
Otro intentó abrir la ventanilla, la puerta, hasta que comenzó a golpearlo todo. Nada se rompía, nada siquiera se rayaba o lastimaba, ni se hundía, ni cedía ante los repetidos puñetazos o patadas, no quedaban marcas, como si los estuviera propinando un ser tan débil como un insecto. Y así se comenzaron a sentir, insectos encerrados en una caja que avanzaba hacia no sabían donde, rebotando contra las paredes y entre ellos, sin lograr lastimarse a ellos mismos o a los demás. Todo allí era inalterable, incluso ellos.

Nunca nadie volvió a saber de los cuatro viajantes. Las vidas de los demás continuaron, pero para ellos solo representaban minutos, tal vez segundos, en esa ruta que nunca tenía final y de la que nadie, jamás, vuelve.

jueves, 9 de octubre de 2014

Tandas.

La ciudad, cubierta de una neblina extraña, espesa, refleja la luz de la madrugada, a esa hora que parece demasiado tarde para acostarse a descansar de un día agitado, y demasiado temprano para darle verdadero comienzo a uno con alguna luz de esperanza, esa puta que hace que nunca escribamos convencidos ese punto final.
A esas horas y en esa ciudad, lo podemos encontrar a él, caminando con paso decidido y cubierto por el clima, que el servicio meteorológico falló en definir como la mañana ideal para la tarea planeada. El plan mismo era estricto, sin fisuras, y que funcionaría incluso si el mismo mundo no estuviese tan a su favor. La tranquila madrugada bastaba para cubrir sus pasos silenciosos, discretos.
Sigue su camino con parsimonia, hasta sabe cuántos pasos debe dar para llegar al destino, todo está perfectamente calculado de antemano. No trae consigo papeles, mapas ni anotaciones escritas, que puedan llegar a caer en manos equivocadas, y por ellas referimos a cualquier mano que no sea suya. Solo confiaba en su memoria, libre de posibles traiciones, encuentros por error o pérdidas.
Tocó la puerta, con el código que él mismo había precisado. Abrió el dueño de casa. Los otros tres están también allí, arrastrados con  engaños urdidos por el recién llegado, todos con algunas copas encima como él había esperado, qué previsible resulta la gente, piensa con una sonrisa que no llega a exteriorizar.
Lo reconocieron al instante como aquel que había sido, a pesar de la delgadez de enfermedad que lo caracteriza ahora, que lo define y que lo empuja. Saluda a los presentes con una cordialidad tan impropia que asusta a los demás, quienes lo miran con asombro; el cambio es increíble y uno llega a pensar fugazmente que fueron ellos mismos  los autores de este personaje que ahora entra y cierra la puerta tras de sí. No da explicaciones porque siente que no hacen falta, ni se merecen, simplemente es lo que hay que hacer, y los ocupantes de la casa también entienden, al instante, que lo que está por ocurrir es lo que corresponde. A diferencia de los primeros dos, el tercero piensa en arrepentirse e intenta una disculpa que se apaga cuando la bala con su nombre despedaza la frente y penetra desactivando casi al instante el habla, junto con los demás sentidos. El cuarto llega a ponerse en guardia, este es más rápido que los demás y él lo sabe, por eso lo deja para el final. Se divierte con su cara deformada por el odio, la sorpresa y el miedo. El tipo entiende todo, pero incluso así se aferra a la patética vida que le queda con uñas y dientes, no se quiere ir y en algún punto cree que todo esto es injusto, de alguna manera. Busca en su cabeza de dónde agarrarse para gritar su inocencia, pero no encuentra ningún asidero; es culpable, como todos los demás, y en lo profundo de su mente lo sabe, lo acepta. El recién llegado esta vez muestra una media sonrisa, justo antes de volver a disparar con idéntica determinación y exactitud.
Mira la escena maravillado ante su propia obra; los cuerpos desparramados casi con gracia, las manchas contenidas, apreciando su mejora en cada ronda, la perfección al alcance de la mano, a la vuelta de la próxima esquina.
Sale de la casa, nadie se despertó siquiera en las casas adyacentes y la niebla comienza a limpiarse, dejando pasar un poco más la luz de los faroles de la vía pública.
Faltan todavía doce, piensa, tachando a los de hoy de su lista mental. Los ardides para juntar a los siguientes cuatro ya están en movimiento. Sonríe, pero su cara solo refleja la oscuridad que pusieron allí estos tipos que van arrepintiéndose de a poco, en tandas estudiadas, a intervalos ajustados, con una precisión de miedo.
Es hora de volver a casa, piensa, el cansancio no le perdona nunca este tipo de situaciones.

sábado, 4 de octubre de 2014

Dispares.

Eran dos extraños, pero en el fondo se conocían mas de lo que hubiesen imaginado. Hubo un tiempo de simpática confusión, el creía en el amor de a dos y ella mentía bastante bien. En algún punto pudieron disfrutar de ellos mismos, y a medida que pasaban las semanas de coincidencias, él se iba convenciendo de que ella podría ocupar todos los lugares de su vida, así que se fue amoldando a sus tiempos, a sus realidades. Sin decir nada, empezó a vivir por ella, para ella. Dejó una novia que había sido importante en un pasado que parecía demasiado remoto, cambió de oficio y giró todo lo que pudo girar en torno a su nueva obsesión, esa que empezó a ocupar su cabeza. Y se puso a leer lo que ella leía, a escuchar lo que escuchaba y a vivir una vida en la que en todo estaba presente.

Ella, en cambio, era pragmática. Estaba casada desde hacía años con un tipo al que quería bastante, tenía una hija en primer grado y había vivido lo suficiente para entender que los momentos hay que disfrutarlos y las ilusiones hay que guardarlas bien lejos, en esas comedias malas que todos van a mirar al cine. Había aprendido a buscar satisfacción en donde se pudiera encontrar, en los momentos que hubiese a mano.

Era clara la disparidad de opinión al respecto de una relación que se fue modelando de una manera inequívoca en la cabeza de uno y de forma completamente distinta, en la del otro. Funcionaron un tiempo, crearon lindos recuerdos, pero ella finalmente comenzó a aburrirse de sus demandas constantes, de su pedidos desesperados de separate, por favor, empecemos una vida juntos, que al principio le daban un poco de risa y más tarde algo de pena para terminar en una indiferencia que se tornaba incómoda.
Ella siguió su vida de matrimonio sin demasiado valor y de encuentros vacíos con su enamorado, sin siquiera pensar en lo aburrida que estaba ya de eso, de lo poco que le importaba, de que lo hacía solo debido a su insistencia y a la costumbre. Él, obsesionado, la persiguió por todos los rincones, con cuidado de no molestarla, de que ella no se diera cuenta.
Bailaron así durante unos días, pero como no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, ella encontró alguien nuevo, que le renovó esa vitalidad que ya se había vuelto a perder. Y él no lo pudo soportar, porque el matrimonio estaba aceptado y su sueño irreal era que ella lo terminara, pero esto era nuevo, era un reemplazo para él mismo. A los pocos días fue claro que ella ya no lo recordaba, nunca se veían a la cara, aunque él la seguía por todos lados, la buscaba, provocaba encuentros casuales de los que ella se desembarazaba con la experiencia de la mina linda que sabe sacarse pesados de encima. Y así se empezó a sentir él, pesado, rechazado, olvidado.

Tuvo una idea, lo que necesitaba era un aliado. Llamó al marido y con voz impostada, anónima, le contó que su mujer estaba con alguien, pero recibió como toda respuesta un ya lo sé, no te metas en donde no te importa, es nuestra familia y la manejamos nosotros. Desencajado, pensando en que él no había sido ni el primero ni el último ni siquiera especial, decidió esperarla, de noche, a que volviera de los brazos de su nuevo amante, para poder decirle todo lo que tenía para decirle, me vas a escuchar, hija de puta, ya vas a ver. Pero ella no quería reclamos, no estaba para estas cosas de chicos, le dijo, y en cuanto él empezó a gritar, siguiendo sus pasos, ella aceleró y tomó el celular para llamar a alguien que la ayude, el odio y el miedo treparon por su cabeza, las manos no respondían y los botones no se marcaban, mientras él ya la tomaba violentamente del brazo para frenar su corrida. Trastabillaron juntos, él intentó seguir explicando incoherencias mientras ella gritaba e intentaba huir. Él no entendía demasiado lo que estaba pasando, ella entendía menos. Se trenzaron en una pelea que asemejaba demasiado a esos primeros encuentros casuales, en una confusión de cuerpos excitados, pero esta vez los motivos eran muy diferentes.

Cuando salió el primer vecino para ver quienes hacían ese escándalo, ella ya no se movía y él lloraba balanceando su cabeza inerte entre sus brazos. Se lo llevaron y no opuso resistencia; solo atinó a decir que la amaba y que ya no podría vivir sin ella.

jueves, 2 de octubre de 2014

Epifanía.

La fascinación con la que observaba el vuelo del pájaro era absoluta. No tenía ojos para otra cosa, ni quería tenerlos tampoco, así estaba bien. De repente soñó con ser el pájaro, no cualquiera sino ese mismo, aquel que llenaba sus ojos y ocupaba toda su mente, que hasta hacía unos minutos había estado atorada con problemas rutinarios, como lo había estado toda su vida de adulto responsable, al punto que ya no recordaba lo que significaba la paz, la tranquilidad.

Como una epifanía, vió muy claro que había hecho todo mal, y pensó en sus sueños de niño, en sus charlas con sus hermanos sobre qué quería ser de grande, cómo quería vivir en esa época donde las cosas eran transparentes y sencillas. Así que no dejó pasar más tiempo y comenzó a caminar en dirección del pájaro, y cuando este desapareció en el horizonte, habiendo marcado solo el inicio del camino, él siguió con la claridad que solo puede venir del sentimiento de completo abandono. Dejó todo atrás y nunca más volvió a pensar en eso, tan solo siguió adelante buscando un incierto destino de libertad, a cada paso más liviano, más suelto, más convencido.

martes, 30 de septiembre de 2014

Reencuentro.

La vi correr, alejándose, como una sombra recortada contra la luz del sol, frente a una ventana que no existía. Era pequeña y llevaba el pelo suelto, balanceándose por el ritmo medio desajustado del paso apurado e inexperto de alguien que todavía tiene mucho por aprender. Y por vivir. No pude ver la camioneta aunque sí escuché el chirrido de las cubiertas intentando aferrarse desesperadas contra el asfalto, como toda premonición de la desgracia en forma de golpe seco y grito desgarrador. El padre salió corriendo de la vieja casa en la esquina de de la plaza donde vivían ellos dos, a la vez solos y en mutua compañía. Había sido así desde siempre, se habían mudado cuando ella era tan solo un bebé de pañales sucios, que el padre todavía pugnaba por aprender a cambiar. No había conocido a su madre, que ni siquiera pasó las primeras semanas con su pequeña niña, a quien dejó en otras manos, sin ponerse a pensar qué tan buenas era, simplemente se fue. Desde aquel día, él dedicó sus energías al nuevo oficio adquirido y ella a crecer, tal la tarea a tiempo completo de los niños pequeños. Pronto dejaron atrás las desgracias del pasado y formaron un gran equipo en todo lo que respecta a la vida, él proveedor y educador, ella la mejor alumna imaginable, atenta y sonriente, siempre alegre y musical, toda la luz que un hombre puede necesitar para alimentar el alma y prepararla para el arduo trabajo.
Se dedicaba a instalar estufas y cocinas o cualquier otra cosa que pudieran solicitar los vecinos clientes. No era bueno en lo que hacía pero era el mejor en lo demás, un buen tipo completo, puntual y hacendoso, tal es así que el barrio terminó por adoptarlo como aquel que solucionaba casi cualquier problema del hogar y con eso les alcanzaba para vivir con lo justo, cosa que era lo más normal del mundo en la zona. Ella resultó ser una niña muy despierta y ya en los primeros grados del colegio era más lo que se sentaba con su padre a compartir momentos de estudio de lo que necesitaba su ayuda. Creo que fueron felices durante todo ese tiempo y eso es mucho más de lo que le toca a la mayoría de los conocidos de la cuadra, o de la siguiente.
El día en que yo miraba por esa ventana, él llegó al lugar a una velocidad que no se podía explicar, incluso antes de lo que el conductor de la camioneta tardó en bajarse para ver lo que había hecho. "No la ví", atinó a gritar al hombre que solo tenía sentidos para su hija de ojos muy abiertos, muy despiertos, muy sorprendidos. No se animó a preguntarse qué estaba pasando, pese a que la niña, con esa lucidez que solo produce la cercanía del final, le decía que no te preocupes papá, ya nos vamos a volver a ver, mientras llegaba la ambulancia con paramédicos que no tenían demasiado para hacer, aunque uno de ellos, luego de unos años contó que ella le agradeció por esos años de amor completo en lo que a la distancia pareciera un intento infructuoso de aliviarlo.

En el barrio nunca más se lo vió sonreir y a medida que pasaron los años incluso se dejó de mostrar, siquiera por el almacén. Se fue encerrando en su casa. Un vecino lo cruzó mucho después y casi no lo reconoció en su delgadez de espanto, en su demacrado cuerpo, sin la razón necesaria para poder seguir, pero que aguantaba en una vida de espera a ese reencuentro prometido que estaba cada vez más cerca.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Hasta que un día se encontraron.

Y se amaron torpemente, con besos que chocan dientes y caricias que a veces duelen y otras veces hacen cosquillas. Pero se tuvieron paciencia el uno al otro, después de todo sentían una atracción física sin precedentes porque en sus sueños se habían tocado hasta el más recóndito de los rincones de sus cuerpos desconocidos.
Se habían leído por primera vez una noche de calor, hacía ya unos años, cuando el aburrimiento y la casualidad los llevó a esas ya olvidadas salas de chat, donde la desesperanza juntaba almas de distintos puntos del país, e incluso del continente.Al principio fueron despacio, se caían bien y se reían el uno con otro. Empezaron a cruzarse más seguido, tal vez sin darse cuenta de que se medían, se contaban los minutos y se buscaban a la misma hora, en el mismo lugar. Dejaron de leer a otras personas, se necesitaban y se alcanzaban entre ellos, se escondían en los privados y reían y deseaban en silencio, pero más tarde todo se puso más vulgar, menos poético y las palabras rodaron por los kilómetros de cables, aire, espacio y luz para llegar desde un rincón a otro, entrar por los ojos y ejecutar una serie de reacciones químicas que terminaban llevando sangre a secretos rincones de sus cuerpos deseosos. Se sonrojaron con vergüenza, se dejaron de escribir pero se siguieron deseando. Se veían pasar y seguían los mismos horarios, como una danza virtual en la que uno avanza mientras el otro retrocede, uno envía un indirecta y el otro la esquiva, para después de un tiempo esperarlas dejando que se claven bien fuerte en el pecho de uno, lanzar directo al pecho del otro y volver a esconderse de los demás hasta volver a bastarse con ellos mismos. Es que nunca nadie les había dicho que se podían enamorar de alguien sin conocerlo y llegar a necesitar tanto ese contacto sin piel como al aire mismo. ¡Qué ridículo! Dirían las tías entre masitas de té, que el amor es lo que era antes, la modernidad destruye todo. Los tiempos cambian, dijo algún amigo sabio, mandate, no seas gil.
Así que pasados unos años, juntadas las monedas que le permitiría hacer ese viaje, él dejó todo y partió, sintiendo las risas a su espalda por ese soñador tonto que corría detrás de un amor que no existía, eso es lo que ellos creían, que para él no había nada más real que esto.Diez mil kilómetros deseó ese encuentro, cruzó fronteras, esperó valijas y al fin la vio, tal y como la había soñado. Contuvo la respiración con un nerviosismo que no le permitía entender que a ella se le dibujaba una sonrisa. Respiró aliviado y se abrazaron con unas ganas que no se pueden explicar con meras palabras.Fueron a la casa de ella que estaba lista para recibirlo. Te soñé tanto que temía que no existieras, se dijeron sin palabras y se amaron como se ama a alguien que no se conoce, muy a pesar de que cada uno sabía exactamente lo que el otro estaba esperando.Él se había mudado, decidido a pasar la vida en otro país, con ella. Pero ya sabemos que para siempre es demasiado tiempo y la rutina, con crueldad, fue carcomiendo al amor. Los defectos que a miles de kilómetros eran simpáticos se convirtieron en barreras imposibles de traspasar. Aguantaron bastante, contarían después. Desdichas, peleas, disconformidades, la pérdida total de la pasión que los había juntado. Incluso alguna que otra infidelidad menor, en búsqueda de respuestas a preguntas que no conocían. Así fue que después de un tiempo él volvió cabizbajo a sus orígenes pero sin renegar del amor que había sentido. Ni de ella.

Cada uno vive su vida, lejos del otro. Ella formó una familia y él no. De vez en cuando se escriben, con afecto y novedades, y quizás esto sea lo más cercano a sus felices por siempre.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El último boulevard.

Viajaban sin un rumbo determinado, girando por las calles del barrio desconocido, hablando de lo difícil que era la vida y de cuánta falta les hacía esa pequeña porción de libertad que se habían tomado esa tarde. Los dos entendían que nada de lo que soñaran era posible o tan siquiera probable en las matemáticas de esa vida de conflicto que sin saber se habían elegido para cada uno, por caminos separados y sin conocerse. Se habían encontrado hacía unos años y al instante todos los errores del pasado se hicieron presentes en esa imposibilidad de pasar más tiempo juntos, aunque esos pequeños momentos les permitían sobrellevar las responsabilidades diarias.


Doblaron en un boulevard de calles tan estrechas que las ruedas del auto casi chocaban con las veredas y él, que manejaba, tenía que modificar el rumbo del vehículo de manera ligera pero con mucha frecuencia. En algún punto fue claro que esa cuadra era de una longitud imposible, mientras seguían avanzando por lo que parecían horas y horas en esa misma dirección mientras las paredes de las casas se achicaban hacia el auto, aplastando el paisaje a su alrededor y haciendo desaparecer las veredas primero, el boulevard un poco más adelante y luego los cordones de la calle. Se miraron con incertidumbre y el miedo les hizo acelerar un poco, y otro poco más hasta que iban tan rápido con esas paredes cubriéndolo todo hasta que no era posible seguir adelante, el auto encerrado.

Atascados, muertos de miedo, imposible salir de allí, se abrazaron primero con angustia, un poco más tarde con deseo y con alguna sonrisa cómplice, decidiendo sin necesidad de decirlo que allí, sería donde pasarían el resto de sus vidas. Y no estaba tan mal.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sueños.

Se despierta sobresaltado, nervioso, con un hilo de sudor, generando escalofríos y pequeños temblores involuntarios. Está solo porque siempre lo está, nunca duerme acompañado porque sus pesadillas son tan ruidosas como imposibles de recordar más allá del desayuno.

Alguna vez, aconsejado por un amigo, intentó escribir lo que había soñado mientras se calentaba el café matutino, pero las palabras se torcían y los recuerdos se borraban antes de llegar al papel, mientras el café se quemaba en la hornalla. Desistió rápido, en todo caso no había importancia en esos sueños sin sentido, todo aclaraba a media mañana y la noche era un oscuro recuerdo.

Aunque para decir la verdad el día se tornaba fácilmente en un oscuro presente, y luego una noche más de sueños que despiertan, de atrocidades innombrables y de insomnios en defensa propia.

Los días iban sucediéndose en una vida de dolor sin sentido, de cansancio que parecía heredado de algún ancestro demasiado lejano como para siquiera poder colocarlo en alguna rama de su árbol genealógico. La realidad se confundía con los sueños al punto en el que no podía diferenciar uno de otro, las pesadillas no tenían fin y todo lo que importaba era poder dormir, aunque sea un rato, y la vida era una pesadilla de la que había que despertarse de alguna manera.

Después del desayuno, rota de nuevo la memoria, caminó hasta su garage para darle comienzo a otro día de rutina asesina que, como era costumbre, terminaría con él de vuelta en ese mismo lugar, con ese mismo auto, camino de esos mismos sueños, pero ya no lo pudo soportar. Se subió al auto decidido, lo encendió y esperó a que el sueño le gane la última pulseada.

Al día siguiente lo encontraron sentado donde por primera vez en años, parecía descansar en paz.

*Gracias Julieta Milaragna por tu desinteresada colaboración.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Incongruencia.

El tipo de negro estaba parado en la puerta de la cocina que daba al patio trasero, en donde el frío aquejaba cuando salíamos a fumar un pucho, y el vicio tenía como consecuencia eso de dejar la puerta sin llave, a pesar de las advertencias que fluían a toda hora desde los canales de noticias.
En la cocina estábamos con Lucía, concubinos desde hacía diez años y más allá, en el comedor, estaba nuestra hija Valentina, quién era el bello motivo de nuestra decisión para la convivencia. En el piso de arriba reinaba el silencio de una casa vacía, salvo por los ecos de nuestras conversaciones tranquilas.
El sólo hecho de ver alguien desconocido dentro de la casa me asustó sobremanera, la falta de normalidad en la situación fue indescriptible, había algo ahí que no pertenecía a la rutina diaria y atiné a preguntar que quién sos, por qué estás acá, para recibir un enigmático silencio que acrecentó mis dudas y temores. Vi como Lucía buscaba algo en un cajón de los cubiertos que tenía detrás, con movimientos desesperados pero que no querían sobresalir, mientras el tipo de negro avanzaba hacia Valentina mirando con ojos curiosos. Resulta increíble como los niños son capaces de entender la desesperación en los demás y ella pudo ver a través de nuestros silencios que debía moverse, hacer algo, y corrió escaleras arriba al borde del sollozo, mientras yo intentaba atravesarme en el camino del tipo que parecía tener ojos solo para la niña y que estiraba su brazo con lo que parecía demasiada pasividad, en un gesto inútil para recortar esos varios metros que los separaban. En la desesperación, que la violencia no es algo que esté en mis genes, pude tomar fuerzas para frenarlo y a la vez voltearlo al piso, mientras Lucía con una sincronización que nunca hubiera podido imaginar, me lanzaba un cuchillo que al caer en mi mano no parecía de mucha utilidad para la situación en la que nos encontrábamos enredados. Quién sos y por qué estás acá, seguido de una suerte de bufido de desesperación como toda respuesta, y el llanto ya casi incontenible de Lucía que solo podía ver sin mirar, otra pregunta más o menos igual de incongruente, otro bufido, más llantos, y una última pregunta seguida de un puntazo en la cabeza, que solo logró mellar el filo del cuchillo y despertar de lo que parecía un ensueño al tipo de negro, que seguía mirando y estirando la mano por dónde había subido nuestra hija, quién inmediatamente dejó de forcejear y comenzó a gemir con desesperación. Lo dejé levantarse, mientras me interponía entre él y la escalera cuando él cruzó una mirada con Lucía, que aflojó las mandíbulas en un gesto de incredulidad y reconocimiento. Entonces el tipo de negro corrió hacia la puerta llorando cada vez más fuerte, con desesperación y no sé qué raro instinto me hizo correr detrás de él, mientras Lucía gritaba algo que tenía que ver con el manicomio El Progreso, cercano a nuestro barrio.
Cuando salí a la calle el tipo corría por la vereda a una velocidad que me pareció imposible así que solo atiné a gritarle que no se vaya, que todavía tenía preguntas para hacerle mientras él desaparecía en la esquina para no volver nunca más. Cansado más de lo que hubiera merecido el episodio, confundido y aterrado, tengo que confesar, volví a entrar a mi casa cerrando con llave la puerta tras de mí, para abrazar a mi mujer, decirle que finalmente había que poner rejas, esta ciudad puede ser peligrosa. Le pregunté qué podría cocinar para la cena, era tarde y había que ultimar el día.

sábado, 30 de agosto de 2014

De las ganas.

Uno tiene ganas de estar con el otro. El otro tiene ganas de estar con el uno. Y a veces coinciden. En las coincidencias están la felicidad.
Pero es claro que mientras más ganas tenga el uno de estar con el otro y viceversa, más probabilidades hay de que haya coincidencias, es una cuestión meramente estadística. Me gusta pensar en las muchas coincidencias como en el enamoramiento.
Cuando hace mucho que estás con otra persona te das cuenta de que esos momentos de enamoramiento van y vienen, no son constantes, duran un tiempo, que no habría cuerpo que los aguante, los individuos estamos hechos para poder estar solos de vez en cuando.
Ahora bien, esos enamoramientos a veces se distancian más y más hasta que no podés recordar cuando fue el último y en ese baile, puede pasar, hay uno que tiene más ganas del otro, que busca más, que tiende a la incredulidad de la falta de coincidencia y el otro, que no se lleva la mejor parte, se encuentra en un lugar de rechazo, de alejamiento, de pesar, un poco por la falta de ganas y otro poco porque le rompe los huevos tener a alguien molestándolo. Y en algún momento una nueva coincidencia, ese alivio que solo sirve muchas veces para aplacar las necesidades del uno y del otro y dar un poco de aire a esa espera que a veces se siente interminable, del próximo enamoramiento.
Así, se forma un círculo vicioso en donde uno busca, el otro rechaza hasta que coinciden y vuelven a empezar.

Y duele, mierda que duele.

Porque el uno se siente rechazado, devaluado, como si fuese un billete con la cara de Bartolomé Mitre que en cualquier momento va a ser reemplazado por un caramelo en el chino, mientras el otro se cansa y se llena de culpa, se siente egoísta, pero por otro lado no hay nada que pueda hacer al respecto, porque las ganas son ganas que no vienen y tampoco es cuestión de andar haciendo cosas sin ganas.
A veces se pone peor, porque el que tiene más ganas termina en una posición de deseo constante, de sumisión y de espera hasta que llega la próxima coincidencia, mientras que el que tiene menos ganas se encuentra en una posición de poder, en donde se hace lo que yo digo, porque acá el que tiene la batuta de las coincidencias soy yo, y si me jodés mucho esa coincidencia va a tardar en llegar, así que agarrate fuerte que estoy manejando y voy a la velocidad que se me canta. Ya sabemos que alguien malo con poder puede ser un lindo quilombo, pero incluso cuando uno no es malo, ese lugar llega a ser bastante incómodo, repleto de culpa y otras cosas igual de horribles.

No tengo demasiada conclusión para esto, cuando la encuentre intentaré hacer algo al respecto. Por lo pronto solo pude determinar que muchas parejas pasan por estadíos así y que resuelven de distintos modos, algunos lo viven como una tragedia que está ahí, siempre latente, pero con la que hay que vivir, otros estirando una relación hasta odiarse mutuamente y separarse con abogados y días de visitas para los hijos, muchos, creo yo que cada vez más, eligen separar los caminos para buscar la felicidad, esa cosa tan efímera como indescriptible que a veces parece ser, a falta de males, inalcanzable, en otro lado. Quizás haya alguna forma de que esas ganas vuelvan a coincidir con más frecuencia, espero, quiero creer, que sin fe no hay salida posible.


miércoles, 27 de agosto de 2014

Tantos años.

Despierta, se despabila sin dificultad, hay mañanas que cuestan menos que las otras. Y esta debe costar mucho menos que las demás, que fueron demasiadas. Piensa, quien sabe, en cómo funciona el tiempo y sonríe.
Quizás ponga el agua para hacerse unos mates o un te y vaya al baño, que después de todo las necesidades son las que comandan nuestros actos. Y vuelve a sonreír, esa alegría que brota con aires de justicia tardía pero, eso sí, con la absoluta certeza de que después de casi cuarenta años de buscar, levantar piedras y revisar recovecos, esta vez, por primera vez, no debe salir a reconstruir su familia. De alguna forma está completa.

Y tal vez también llora, entre sonrisas y recuerdos, porque la alegría es así, absurda.

martes, 26 de agosto de 2014

Cosas que pasan fuera de la ley.

— Che, le quise sacar una foto al escote de una mina en el tren, se escuchó el "clic" de la cámara del celular y me dió un sopapo.
— Si, por ley se tiene que escuchar.
— ¿eh?
— Lo dice la ley, flaco.
— ¿De qué ley estás hablando?
— La ley número treinta mil y pico. 
— No tenés idea, ¿no?
— Si, lo leí el otro día. 
— ¿Dónde?
— En un blog.
— Los blogs son una mierda, dicen puras boludeces.
— Pero esto era posta.
— ¿Cómo sabés? 
— ...
— Ah, sos un boludo.
— No es en serio.
— Si le apagás el sonido a mi celular no se escucha el "clic" la cámara. 
— Debe ser viejo tu celular. Anterior a la ley.
— ¿DE QUÉ LEY HABLÁS? No existe ninguna ley. Además, mi celular es el *piiiiip*[espacio reservado para publicitar su producto; promocione aquí; tratar por comentario]
— Ah, es el mejor de todos y el más moderno.
— Bueno, lo que digas. Si le apago el sonido no se escucha.
— Mirá vos. Pensé que había una ley para eso.
— ¿?
 Che, ¿y entonces por qué se escuchó el "clic"?
— Me olvidé de apagar el sonido.

*Clic*

lunes, 25 de agosto de 2014

De la muerte del diario en papel. O no.

Hace unos años trabajaba yo para una empresa que ahora prefiero no nombrar, pero de la que diré que formaba parte de un grupo monopólico de medios de comunicación (guiño, guiño). Estaba en esa empresa conversando de bueyes perdidos con un muchacho de gráfica cuando, con el poco tacto que me ha caracterizado durante casi toda la vida y del que hasta a veces me siento orgulloso, le comenté que creía que la gráfica, su fuente de trabajo, eventualmente iba a desaparecer dejándole lugar a otros medios, como por ejemplo internet, casualmente, mi fuente de trabajo. El muchacho de gráfica, lejos de sentirse agraviado me trató de gil, se rió y me dijo muy seguro de sí mismo que la gráfica nunca iba a desaparecer, que en su opinión, siempre iba a existir el diario (y supongo que se refería al diario en general y a ese en particular, guiño, guiño) porque siempre iba a haber gente, entre las cuales contaba los periodistas, estudiantes de periodismo y mucha otra gente que ahora no recuerdo, pero que según él necesitaba el diario en papel, todas cosas por demás improbables, sabemos que nada es para siempre y mucho menos un medio de comunicación tan difícil de distribuir en la era digital.

Muchos años después y con algo más de experiencia (?) me dispongo a decirles que el tipo este tenía razón, aunque no por las razones que él creía. Hoy quiero atreverme a contarles que el diario en papel va a existir para siempre, al menos donde para siempre es el límite de mi vida, simple, lisa y llanamente porque no se puede hacer el truco de la botella para prender el fuego del asado con un IPad.




Relativo.

Bajé 200 gramos.

Usted quizás se diga a sí mismo, mientras lee esto, que 200 gramos es poco, tal vez nada. Pero seguramente lo haga porque los bajé yo y esa baja no se aplicó a otra cosa.
Supongamos ahora que yo tengo una verdulería y usted es mi fiel cliente, muy improbable fiel cliente, entra muy contento a mi negocio, tal vez haya tenido un buen día y esté contento por eso o tal vez la sola perspectiva de comprar mis productos le produzca esta felicidad aparente y momentánea, que tenderá a desaparecer en el momento menos esperado, así es la felicidad.



Estábamos suponiendo que usted entra a mi local y pide medio kilo, 500 gramos, se lo recuerdo aunque no dudo de su filosa mente, de tomates, un kilo y medio de bananas, no volveré a traspasar esto a gramos, si tiene alguna duda puede rebuscárselas aquí, y en eso me pide la promoción de la semana que consta de 200 gramos de jamón crudo, 200 de salame y 200 de queso, ideal para una sangucheada de último momento de una familia tipo argentina que vive, probablemente, en el conurbano bonaerense. Hecho el pedido, como dependiente de la verdulería y para su no tan grata sorpresa, procedo a entregarle en mano medio kilo de tomates, un kilo y medio de bananas, 100 gramos de jamón crudo, 100 de salame y 200 de queso, la diferencia con lo que pidió son sólo 200 gramos, me excuso, casi la nada misma, pero usted es de cuentas rápidas y ya estará pensando ¿qué hago? ¡que con esto no comen estos pendejos que tengo por hijos! y se dará cuenta de varias cosas, entre ellas que 200 gramos no son iguales a nada y si es tan despierto como yo lo considero pensará que uno no va a la verdulería, por mejor cliente que sea y se vuelve con fiambre. ¿Pero sabe qué? Es mi negocio y yo vendo allí lo que quiero.