domingo, 21 de junio de 2015

Feliz día, padres que se la creen de verdad.

Cuesta.
Claro que cuesta, como cuestan muchas cosas.
Como sólo cuestan las mejores cosas, las que realmente valen la pena.

Cuando cumplí veinte años, lo único que tenía en la cabeza era salir de mi casa (la de mis padres) para poder ser independiente. Un sueño muy lindo que, en el ideal, iba a ser espectacular. Claro, con el diario del lunes puedo decirme "qué boludo" entre risas. Cuestión que mi vieja, conocedora del mundo en el que vivimos, hizo lo imposible para que no lo haga. Al punto de boicotearme los planes, con traiciones incluídas, que parecen actos desesperados que sólo pueden ser concebidos y ejecutados por una madre.

¿O también por un padre?

Con tan solo esos veinte años, después de frustrados los planes para independizarme, vino mi novia a decirme "Nahui viene en camino", porque señores, con menos de veinte años, ya teníamos el nombre del primogénito que, también sabíamos, sería varón. Recibí la noticia con lágrimas, angustia y sobretodo un miedo que me paralizaba y apretaba mis pulmones con garras crueles que me dejaban sin aire. Cada momento que pasamos de esa etapa era una crueldad dónde el pánico cubría las escenas. Contárselo a los abuelos. Una tenía 38 años. Imaginate caerle a una mina de esa edad a decirle "vas a ser abuela". Mierda, yo tengo ahora casi esa edad. Me mato, eh. Mi vieja tenía unos más, pero no tantos. Casi me internan cuando le fui a contar la noticia. Mi hermana no hacía otra cosa que llorar. Pero obvio, cuando nació Nahuel todos estaban contentos y me ayudaron muchísimo. A mí y a la madre, claro, que la madre era la responsable. Supongamos, eso nos decía la sociedad.
A mí lo que más me costó fue reconocer que ese cacho de carne que tenía nombre y pasaba de brazos en brazos por toda la familia no era el juguete que todos pretendían que era, incluso yo mismo. Había una gran responsabilidad ahí, que debía asumir, en algún momento. Antes de poder dar ese paso importante en la paternidad, porque créanme, a la mayoría de los padres nos pasa eso de tardar en reconocer a nuestros cachorros y sólo es que las madres tienen esa ventaja de llevarlos en su propio cuerpo durante algunas cuantas semanas que les otorgan un sentido de pertenencia que la naturaleza nos escatima a los varones y que la sociedad toma para armar frases como "los hijos son de las madres". Entonces, siempre empezamos con esas cosas en la cabeza, gracias mamá, pero también gracias tele, libros, cultura en general. Los hijos son de la madre, y ahí vamos los padres intentando llenar la cuenta de banco que se vacía con una velocidad de no creer y llegando a casa a no saber qué carajo hacer con ese proyecto de ser humano en plena formación que no hace mucho más que llorar y expeler sobras de su importante nutrición.
Hasta que te das cuenta y empezás a generar un vínculo un poco más saludable. Cuando pasó eso con mi primogénito adorado, nació el segundo. Alen. Todo de nuevo, que la sociedad y la cabeza no cambian tan rápido. Casi superada la segunda primera etapa, nació la tercera. Malen. Hermosa ella que se olvidó el pan abajo del brazo pero vino con un cartel enorme en la frente que decía "papi, te quiero mucho, hacete de abajo, gil".
Por razones y evitando detalles que exceden este descargo sólo diremos que nacida la pequeña Malu este padre se hizo cargo de la organización familiar de punta a punta, con una madre con la que se podía contar de manera esporádica. Al tiempo encontré a una de esas personas que te "salvan" de la debacle total en la que estaba metido, pero eso es tema para todo un libro, así que vamos a dejarlo en un "gracias, sin vos no sé qué habría hecho".
De ahí y un tiempo más tarde, nació la menor, Delfina, otra historia de esas que tienen un tinte mucho más de normalidad, una hermosa del corazón, casi con literalidad.
En definitiva, me tuve que hacer cargo de los pibes. Cosa que les pasa a muchos otros, tantos muchos que todavía no entiendo cómo se siguen sorprendiendo cuando lo contás. Ah, claro, ese temita de "los hijos son de la madre". Lo escuché tanto que casi me lo llegué a creer en algún momento y sentía cómo me perdía entre mis miedos y los prejuicios que indicaban que yo, solo, no podía. La frasecita, se la llegué a escuchar a una jueza de familia. Esto es una historia tan real como aberrante. Volvamos. Tuve que hacer de tripas corazón y poder, porque a los chicos les importaba un huevo quién, había un trabajo para hacer que ellos necesitaban. La verdad es que casi todo el aprendizaje lo recibí de ellos mismos. Y lo sigo recibiendo. Y el premio, la puta que vale cualquier esfuerzo.

¿A qué iba con toda esta historieta que se me cae más de lo que la quiero dejar salir?
Ah, que soy padre. Y hoy es mi día. No entiendo demasiado qué son estos días que inventan, lo único que sé es que hoy, unas todavía pequeñas almas (algunos ya están transitando la adolescencia) se levantaron temprano para hacerme unas ricas tostadas de pan casero y un mate que me trajeron a la cama con sonrisas y abrazos todavía torpes, de esos que hacen saltar a las mismas tostadas. Recibí gustoso esas tostadas, las almas y por supuesto las sonrisas, sabiendo que hubo algunos años en los que no lo creí, se me sale esto para decirle a la sociedad que yo me lo merezco, como hay tantos otros que también lo hacen, digan lo que digan, estos pibes son más del padre que de nadie.
Y por suerte son en realidad suyos mismos.


Así que acá el reconocimiento de los míos a su padre y mi reconocimiento a todos esos padres del mundo que, con todo y a pesar de todo, se paran de manos frente a los prejuicios y exceden el mandato tibio que se nos impone para hacer de la paternidad otra cosa, más cercana, más linda, más merecida. Hoy es el día de ellos. Felicidades.


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Gracias hijos, por hacerme creer esto y por hacerme la tarea más difícil del mundo, tan sencilla.

jueves, 11 de junio de 2015

Sin

Me acuesto en una soledad absoluta,
la madrugada ya se comió todos los sonidos y,
muy a lo lejos,
regurgita un crepitar de vías oscuras
bajo el peso inconmensurable de un tren de cargas que descuartiza el silencio y mi cabeza
mientras recorre un océano de kilómetros de frío metal y el millar de piedras que lo rodean,
recordando una infancia de vías cercanas,
de juegos donde no soñaba con vos y todo lo que provocás,
un tren que viaja liviano,
comparado con mi alma cargada de recuerdos tuyos,
nuestros,
de un amor que no esperaba y que agradezco,
muy a pesar de este dolor que destroza mi corazón en miles de pedazos,
cada uno más chico que el otro y todos con tu nombre.

También te busco en todos los rincones,
pero cuando te encuentro no sé qué hacer.

martes, 9 de junio de 2015

Previsible.

El final era previsible para cualquiera, salvo para ellos a quienes un amor único e irrepetible los bendijo con una ceguera generosa que les dejó vivir cada momento como si fuera eterno.

Él nunca había podido entender a esa gente que llora un mar de lágrimas mientras grita por el amor perdido para siempre. Por un lado creía que nada podía ser tan importante ni doloroso. Por el otro, se decía a sí mismo que, llegado el caso de conocer ese improbable sentimiento, él, de una racionalidad auto agitada, haría todo lo que hubiera que hacer para mantenerlo ahí, firme, cercano. Y en el instante en el que lo reconoció en ella se prometió a sí mismo que esta representación de la felicidad que se reflejaba en sus ojos y en su sonrisa, nunca jamás se alejaría de él, pase lo que pase, cueste lo que cueste.
Pero para siempre es demasiado tiempo y las circunstancias de la vida son siempre adversas, que si es fácil, tampoco es tan divertido.

Al final, no tuvo otro remedio que entender el dichoso mar de lágrimas que no podía contener ni por un solo minuto, ni siquiera ante la vergonzante visión de otros. No había manera, simplemente no se podía frenar ese río insoportable que amenazaba con secarlo por dentro y, seguramente, fuera la última vez que lo sintiera.