lunes, 13 de julio de 2015

Vieja de mierda.

Creo que tenía unos tres años, no más que eso, ni siquiera había dominado lo suficiente el lenguaje como para hacerme entender por muchos, cuando me enganchó en el pasillo de mi casa, al fondo del de la dueña del PH, gritando yo "qué tiene que decir esa vieca de mielda". Se me acercó a la cara con su figura inmensa, monumental, y muy despacio al oído me dijo "hablá despacio hijito, que no te escuche la 'vieca de mielda'" entre risas cómplices que me enseñaron de una sola vez y para siempre que podía confiar en ella.
Y así lo hice, durante mi infancia en la que me llenó de cariño entre mimos y retos, historias y consejos. Más cerca en el tiempo, compartiendo momentos aislados pero bravos, viajes con anécdotas de épocas remotas e historias de una vida cargada de dificultades que ella supo rodear, pasar y sobrevivir con un alma tan buena como endurecida, tan amable y cariñosa como directa casi hasta la violencia. También recuerdo el día en que le pedí no del todo amablemente que me deje de romper las pelotas, vieja, el asado lo hago yo como quiero, cuando ella lo único que quería era estar ahí, solo acompañando a su manera particular. Se ofendió, como solía hacerlo y se metió en una habitación, enojada. Fui a buscarla varias veces, también fueron otros pero ella no contestó hasta que el grito de "la comida está servida" le ablandó el corazón con un mensaje directo desde la generosidad del estómago y la hizo salir, con una cara de pocos amigos que duró lo que dura un suspiro, que si hay algo que tuvo que aprender a la fuerza fue a perdonar y a perdonarse errores, sabiendo que era la única manera de salir adelante.

Tengo mil anécdotas con ella, pero todavía no estoy como para contarlas.

Si bien su físico pasó a ser estándar a mis ojos adultos, para mí siempre siguió siendo esa gigante que me escondía en su sombra de protección ante los retos justos de mi vieja, engrandecida por el conocimiento de tus peleas contra un mundo que te la puso jodida aunque se rindió a tus pies de mujerona sin igual que nunca se dejó dominar por nada ni nadie.

La última batalla te la morfaste cruda, saliste con marcas que dejás atrás, como de todas las anteriores y cuentan que una vez ganada, ya con la paz de no haberte rendido ni siquiera al final, cerraste los ojos, estoy cansada, dijiste, y te fuiste en la tuya, cuando vos quisiste, que ni eso te dejaste imponer, vieja.

Y acá nosotros te vamos a extrañar como se hace con los que de verdad se lo merecen, un poco con las lágrimas inútiles que se nos caen y otro poco con la alegría de saber que viviste.

domingo, 21 de junio de 2015

Feliz día, padres que se la creen de verdad.

Cuesta.
Claro que cuesta, como cuestan muchas cosas.
Como sólo cuestan las mejores cosas, las que realmente valen la pena.

Cuando cumplí veinte años, lo único que tenía en la cabeza era salir de mi casa (la de mis padres) para poder ser independiente. Un sueño muy lindo que, en el ideal, iba a ser espectacular. Claro, con el diario del lunes puedo decirme "qué boludo" entre risas. Cuestión que mi vieja, conocedora del mundo en el que vivimos, hizo lo imposible para que no lo haga. Al punto de boicotearme los planes, con traiciones incluídas, que parecen actos desesperados que sólo pueden ser concebidos y ejecutados por una madre.

¿O también por un padre?

Con tan solo esos veinte años, después de frustrados los planes para independizarme, vino mi novia a decirme "Nahui viene en camino", porque señores, con menos de veinte años, ya teníamos el nombre del primogénito que, también sabíamos, sería varón. Recibí la noticia con lágrimas, angustia y sobretodo un miedo que me paralizaba y apretaba mis pulmones con garras crueles que me dejaban sin aire. Cada momento que pasamos de esa etapa era una crueldad dónde el pánico cubría las escenas. Contárselo a los abuelos. Una tenía 38 años. Imaginate caerle a una mina de esa edad a decirle "vas a ser abuela". Mierda, yo tengo ahora casi esa edad. Me mato, eh. Mi vieja tenía unos más, pero no tantos. Casi me internan cuando le fui a contar la noticia. Mi hermana no hacía otra cosa que llorar. Pero obvio, cuando nació Nahuel todos estaban contentos y me ayudaron muchísimo. A mí y a la madre, claro, que la madre era la responsable. Supongamos, eso nos decía la sociedad.
A mí lo que más me costó fue reconocer que ese cacho de carne que tenía nombre y pasaba de brazos en brazos por toda la familia no era el juguete que todos pretendían que era, incluso yo mismo. Había una gran responsabilidad ahí, que debía asumir, en algún momento. Antes de poder dar ese paso importante en la paternidad, porque créanme, a la mayoría de los padres nos pasa eso de tardar en reconocer a nuestros cachorros y sólo es que las madres tienen esa ventaja de llevarlos en su propio cuerpo durante algunas cuantas semanas que les otorgan un sentido de pertenencia que la naturaleza nos escatima a los varones y que la sociedad toma para armar frases como "los hijos son de las madres". Entonces, siempre empezamos con esas cosas en la cabeza, gracias mamá, pero también gracias tele, libros, cultura en general. Los hijos son de la madre, y ahí vamos los padres intentando llenar la cuenta de banco que se vacía con una velocidad de no creer y llegando a casa a no saber qué carajo hacer con ese proyecto de ser humano en plena formación que no hace mucho más que llorar y expeler sobras de su importante nutrición.
Hasta que te das cuenta y empezás a generar un vínculo un poco más saludable. Cuando pasó eso con mi primogénito adorado, nació el segundo. Alen. Todo de nuevo, que la sociedad y la cabeza no cambian tan rápido. Casi superada la segunda primera etapa, nació la tercera. Malen. Hermosa ella que se olvidó el pan abajo del brazo pero vino con un cartel enorme en la frente que decía "papi, te quiero mucho, hacete de abajo, gil".
Por razones y evitando detalles que exceden este descargo sólo diremos que nacida la pequeña Malu este padre se hizo cargo de la organización familiar de punta a punta, con una madre con la que se podía contar de manera esporádica. Al tiempo encontré a una de esas personas que te "salvan" de la debacle total en la que estaba metido, pero eso es tema para todo un libro, así que vamos a dejarlo en un "gracias, sin vos no sé qué habría hecho".
De ahí y un tiempo más tarde, nació la menor, Delfina, otra historia de esas que tienen un tinte mucho más de normalidad, una hermosa del corazón, casi con literalidad.
En definitiva, me tuve que hacer cargo de los pibes. Cosa que les pasa a muchos otros, tantos muchos que todavía no entiendo cómo se siguen sorprendiendo cuando lo contás. Ah, claro, ese temita de "los hijos son de la madre". Lo escuché tanto que casi me lo llegué a creer en algún momento y sentía cómo me perdía entre mis miedos y los prejuicios que indicaban que yo, solo, no podía. La frasecita, se la llegué a escuchar a una jueza de familia. Esto es una historia tan real como aberrante. Volvamos. Tuve que hacer de tripas corazón y poder, porque a los chicos les importaba un huevo quién, había un trabajo para hacer que ellos necesitaban. La verdad es que casi todo el aprendizaje lo recibí de ellos mismos. Y lo sigo recibiendo. Y el premio, la puta que vale cualquier esfuerzo.

¿A qué iba con toda esta historieta que se me cae más de lo que la quiero dejar salir?
Ah, que soy padre. Y hoy es mi día. No entiendo demasiado qué son estos días que inventan, lo único que sé es que hoy, unas todavía pequeñas almas (algunos ya están transitando la adolescencia) se levantaron temprano para hacerme unas ricas tostadas de pan casero y un mate que me trajeron a la cama con sonrisas y abrazos todavía torpes, de esos que hacen saltar a las mismas tostadas. Recibí gustoso esas tostadas, las almas y por supuesto las sonrisas, sabiendo que hubo algunos años en los que no lo creí, se me sale esto para decirle a la sociedad que yo me lo merezco, como hay tantos otros que también lo hacen, digan lo que digan, estos pibes son más del padre que de nadie.
Y por suerte son en realidad suyos mismos.


Así que acá el reconocimiento de los míos a su padre y mi reconocimiento a todos esos padres del mundo que, con todo y a pesar de todo, se paran de manos frente a los prejuicios y exceden el mandato tibio que se nos impone para hacer de la paternidad otra cosa, más cercana, más linda, más merecida. Hoy es el día de ellos. Felicidades.


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Gracias hijos, por hacerme creer esto y por hacerme la tarea más difícil del mundo, tan sencilla.

jueves, 11 de junio de 2015

Sin

Me acuesto en una soledad absoluta,
la madrugada ya se comió todos los sonidos y,
muy a lo lejos,
regurgita un crepitar de vías oscuras
bajo el peso inconmensurable de un tren de cargas que descuartiza el silencio y mi cabeza
mientras recorre un océano de kilómetros de frío metal y el millar de piedras que lo rodean,
recordando una infancia de vías cercanas,
de juegos donde no soñaba con vos y todo lo que provocás,
un tren que viaja liviano,
comparado con mi alma cargada de recuerdos tuyos,
nuestros,
de un amor que no esperaba y que agradezco,
muy a pesar de este dolor que destroza mi corazón en miles de pedazos,
cada uno más chico que el otro y todos con tu nombre.

También te busco en todos los rincones,
pero cuando te encuentro no sé qué hacer.

martes, 9 de junio de 2015

Previsible.

El final era previsible para cualquiera, salvo para ellos a quienes un amor único e irrepetible los bendijo con una ceguera generosa que les dejó vivir cada momento como si fuera eterno.

Él nunca había podido entender a esa gente que llora un mar de lágrimas mientras grita por el amor perdido para siempre. Por un lado creía que nada podía ser tan importante ni doloroso. Por el otro, se decía a sí mismo que, llegado el caso de conocer ese improbable sentimiento, él, de una racionalidad auto agitada, haría todo lo que hubiera que hacer para mantenerlo ahí, firme, cercano. Y en el instante en el que lo reconoció en ella se prometió a sí mismo que esta representación de la felicidad que se reflejaba en sus ojos y en su sonrisa, nunca jamás se alejaría de él, pase lo que pase, cueste lo que cueste.
Pero para siempre es demasiado tiempo y las circunstancias de la vida son siempre adversas, que si es fácil, tampoco es tan divertido.

Al final, no tuvo otro remedio que entender el dichoso mar de lágrimas que no podía contener ni por un solo minuto, ni siquiera ante la vergonzante visión de otros. No había manera, simplemente no se podía frenar ese río insoportable que amenazaba con secarlo por dentro y, seguramente, fuera la última vez que lo sintiera.

domingo, 12 de abril de 2015

Duelo.

No tenía tiempo para llorar y hacer el duelo de ese amor mal terminado. Sus días pasaban en una rutina insoportable de tareas que ocupaban cada segundo de su cabeza, mientras con toda la voluntad de su ser, iba enterrando la angustia cada vez más al fondo, reconociéndola, pero como si fuese de otro él, de una vida que nunca quiso y que había decidido dejar atrás.

La oscuridad, desde lo más profundo de su alma, se hizo coraza y fue tan dura e inevitable que nunca más pudo abrirse a otro corazón.


sábado, 11 de abril de 2015

Llave en cruz.

Como todas las noches de sus 34 años, verificaba en un ritual consistente, la única puerta de su casa que daba a la calle, asegurándose al menos dos veces de haber pasado una vuelta y media a cada una de las tres llaves que la separaban de los indeseados habitantes del mundo exterior.
Escondía en su obsesión un miedo heredado de su madre y se parecía, tal vez sin conciencia, más a ella que a sí misma, y se justificaba diciendo que era una maña mal observada que la cuidaba de todos los males habidos y por haber en la gran ciudad a la que se había mudado después de una infancia traumatizada y una peor adolescencia en el interior del país.

Había llegado con unos tiernos dieciocho años y la idea de una carrera profesional impecable, sin sobresaltos. Nunca pensó que sería para ella todo lo que derivaba de la noche, a la cuál también le temía y le rehuía, siempre con la excusa de sus estudios de dama prolija y responsable. Así fue que se forjó un alto promedio en una universidad de renombre y rápidamente comenzó a escalar en la sociedad, sin proponérselo, que tampoco le interesaba demasiado la buena vida, ni sabía para qué usarla, aunque se encontró acostumbrada a una comodidad que le impedía volver a su pueblo natal para estar con los suyos.

Pero aquella noche, cansada por demás luego de un arduo día de trabajo en la oficina que cada día le pesaba más y más, olvidó validar su ritual y cayó rendida por el agotamiento luego de una cena frugal y sin demasiado gusto. Entre sueños, escuchó unos ruidos que su mente cansada discriminó de los que solían escucharse en aquella zona en la que residía y se sentó en la cama despejando la cabeza casi de inmediato. Se restregó los ojos para despabilarlos y se dijo a sí misma que levantarse era la única posibilidad, así que caminó con una fuerza que surgió más del miedo que la abarcaba que de otra cosa. Bajó las escaleras internas que llegaban hasta el living donde estaba su querido sillón en el paso hacia la puerta, desde donde provenían los sonidos. En el último escalón se quedó dura, congelada, en la observación de que las llaves se movían inquietas al unísono, con un tintinéo que le rebotaba en la cabeza ya libre de todo sueño y cansancio, atenta solamente a ese sonido y ese movimiento que le paralizaba los miembros cual si fuera una trampa mortal de la psiquis. No pudo hacer nada. No atinó a salvar los dos metros que la separaban del teléfono que tenía grabado en la memoria el número de emergencias, ni tan siquiera a subir hasta su cuarto y taparse con el acolchado, como haría cualquier niña en un susto como el que llevaba. Ella, solo logró quedarse ahí, fría, asustada y con los ojos muy abiertos observando el movimiento inequívoco de aquellas llaves.

Todo sucedió en escasos segundos, pero para ella fue toda la eternidad que necesitó para recordar los momentos que la habían marcado en su vida. Volvió a tener cuatro años, en su primer día de jardín de infantes cuando conoció a Juan, al que consideraba su único verdadero amor y a quien nunca había realmente olvidado. Luego a los ocho, cuando con una piedra que iba dirigida a uno de sus amigos del barrio reventó el vidrio de doña Soledad, la vecina que luego había ido a recriminarle la falta de criterio para el juego, en el comedor de su casa, bajo la mirada de reproche implacable de su madre. También pasó por sus trece años, cuando el terror de ingresar a un colegio secundario desconocido hizo que deba volverse a casa con la bombacha empapada, las mejillas moradas de la vergüenza y sin haber podido atravesar la puerta del que sería su lugar de estudio por los siguientes cinco años. O a los dieciséis, que soñando con haber encontrado a su antiguo Juan en el cuerpo de otro, se llevó una decepción que acarrearía por toda su vida adulta y asexuada. Y por fin a sus veintitrés años, donde a la salida con su diploma en mano y una sonrisa se le iba borrando en la falta de amigos o incluso familiares con quien compartir un logro que en definitiva y para ella, no valía nada. Recorrió todas sus frustraciones y su vida repleta de sabores amargos que no pudieron tranquilizarla ni un solo segundo, petrificada por la seguridad de que su vida no era lo que debería haber soñado, arrepentida por todo y decepcionada de todos, incluso de ella misma.

Ahí mismo, parada en el primer escalón de su casa vacía y en el último de su vida vacía, la encontró el final, de cuerpo muy quieto pero con un grito desgarrador que le brotaba desde la garganta y que fue el que empujó con miedo el dedo que descansaba en el gatillo del arma de aquel tipo que había creído que esa noche era entrar, sacar lo que encontrara y salir, sin pensar que iba a dejar el barrio corriendo con la espalda cargada de esa vida que desconocía por completo, pero cuyo final imprevisto lo perseguiría para siempre.

* En completo agradecimiento a los malos sueños de Julieta.

viernes, 3 de abril de 2015

Algo real.

La mañana siguiente

No fue un invento tuyo ni tampoco mío, para nada, esto que pasó fue demasiado especial como para pasar desapercibido, pensó para sí mismo.

Juan no era un tipo de los que se puede decir que tuvo demasiadas experiencias sexuales en la vida, pero tampoco era un neófito en el asunto y entendía muy bien la diferencia, aunque no hubiera podido explicarlo en ese momento, entre todas los encuentros que había vivido con anterioridad, incluyendo un pseudo noviazgo fallido que duró unos seis meses, y esto que había sucedido tan solo hacía unas horas, ni tan siquiera un día entero, pero que ya le sonaba remoto.
Una suerte de necesidad imperiosa lo tomó por sorpresa y un deseo de lo más primario, animal, lo paralizó. Nunca había sentido algo así, una urgencia tal que, de no utilizar toda su fuerza de voluntad, lo habría hecho salir disparado en busca de ese alguien tan deseado al que ni siquiera podría ubicar en un mapa.

Él siempre fue un tipo soñador, aunque nunca perdió de vista la practicidad de las cosas. Con sus objetivos claros, vivía la vida de manera correcta, tranquila y sin demasiados sobresaltos. Sólo se daba rienda suelta al escribir, era su lugar de vuelo, por decirlo de alguna manera. Así y todo había conocido el amor, o al menos lo que creyó reconocer como tal, en varias oportunidades, que el amor no es como lo pintan, para siempre y atado a una sola persona, sino que se va modificando, incluso cambia el portador, casi con sonido de enfermedad, aunque tal vez haya algo de una misma persona en varias distintas, esa con la que nos animamos a abrirnos de pleno y entregar sin condiciones nuestra soledad. Después de un tiempo, casi con tristeza, empiezan a aparecer las condiciones y los términos de esa entrega, y todo se hace cuesta arriba. Así le pasó a Juan cada una de las veces. Tanto, que se había convencido de que todos los amores tenían al menos eso en común: una fecha de caducidad. En las batallas internas de su mente se encontraban esas ganas irresistibles de estar acompañado, bien cerca de aquellas otras, que adoraban la independencia y el manejo completo de sus tiempos, de sus decisiones.

Por eso, y sin saberlo todavía, le llamaba la atención Lucila. Ella tenía su vida armada, no necesitaba de él, pero lo deseaba. Era perfecto, podría estar acompañado de alguien, con vacíos que podría utilizar para estar consigo mismo.

Lucila se sentía abrumada. Pensó mil veces antes de enviar aquel mail en dónde asumía su error y a la vez su debilidad. No le llevó mucho tiempo, que si se lo tomaba, no lo hubiera hecho, pero todo había sido tan perfecto, la piel de los dos rozándose se sintió como nunca antes, cada movimiento era perfecto, cada penetración había sido la justa. Como si encajaran de una manera que sólo podía imaginarse en sus sueños más descabellados.
Se había acostumbrado a una suerte de disfrute que intuía bueno, que adoraba sin saberlo y ese rato con él lo había borrado de un plumazo, todo quedaba relegado a un plano secundario que consideró desde una nueva óptica, mediocre, sinsabor. Y ella no era mediocre, no quería eso, no podía aceptarlo. Así que escribió y apretó el botón de "enviar" que, en lugar de la culpa que creyó propicia para ese momento, le generó un sentimiento de libertad. La pelota, de su lado, como mandan los manuales.

martes, 17 de marzo de 2015

Carta para mis hijos. Y para mí.

De chico siempre escuchaba que lo importante era ahorrar. Dinero, mayormente, pero en mi cabeza lo imaginé como si debiéramos ir por la vida guardándonos cosas, gestos, momentos.

Esto no intenta ser un consejo sino más bien un descargo de lo aprendido, que estas cosas, creo yo, no hay que guardarlas.

Para empezar quiero aclarar que no voy a hablar en términos económicos, ya que nunca fui bueno en la materia y no lo pienso empezar a ser ahora, de cara a vos que estás leyendo esto.
Hay algo de regocijo infantil, idealista, en esta ignorancia, lo confieso, me gusta sentirme desapegado de lo material, aunque a veces desee algunas cosas con un fervor que me critico a mí mismo e intento controlar. Entiendo a estos impulsos como tales y por suerte, en materia económica, siempre tengo otras prioridades. Mis hijos, entre las que ranquean bien arriba.

Volviendo al tema del presente, no voy a hablar de cuestiones del dinero, creo que eso quedó aclarado.

Dicho eso, va esta frase.

No ahorres. Nunca. Lastima a uno mismo y a los demás. Haceme caso, no ahorres.

No ahorres en canciones, levantate todas las mañanas y cantá, bailá, así sea en soledad o en compañía, que la música es el mayor alimento del alma y tiene el don desde siempre de llegar al fondo del corazón y darle lo que necesita para arrancar un día que siempre puede ser glorioso. O terminar uno que fue malo y hay que dejarse llevar por esa música al reino de los sueños.

No ahorres en ridículos, en caer en gracia propia o ajena, en hacerlo cerca de alguien querido, que no hay mejor forma de acercarse a los demás que metiéndose en sus sonrisas para siempre. Sé anécdota y recordá la de los demás.

No ahorres, por nada del mundo, en esperanzas, de esas que te ayudan a erguir un poco más la cabeza, levantar la frente al sol y caminar, no con orgullo, sino con dignidad, sabiendo (siempre sabé) que todo mejora, que hasta el dolor más profundo tiende a disiparse en el tiempo y si bien hay cosas que no sanan nunca, sí tenemos la oportunidad de hacerlo a un lado y seguir nuestro camino. Y cada tanto recordar, por qué no, para saber cómo fue que lo recorrimos y qué tuvimos que superar para llegar a donde estamos, que sin los dolores no seríamos nosotros mismos.

No ahorres en zapatos. Gastalos siempre, todos, como más te guste. Gastalos bailando, caminando, corriendo o viajando pero siempre hasta que las plantas de los pies sientan el suelo, la tierra. Descree de la quietud y movete, para donde te lleve el corazón y hasta donde te den las piernas. Y si hay que dejar de mirar atrás por un tiempo, hacelo sin culpa, que habrá algún día un momento para volver sobre tus pasos con el corazón más sano, fuerte y poder revivir con otra mirada lo que tuvimos que sortear. Y si ese momento no llega, que así sea, vos seguí tu camino, la senda de lo que quieras hacer, que para eso viniste.

No ahorres en sonrisas ni siquiera cuando sientas que el mundo se cae encima y todo se sostiene sobre tus hombros, cuando sientas que no das más, cuando creas que nada puede ser peor, ahí es donde más tenés que sonreír, que es la llave de la mayor cantidad de puertas que pude alguna vez conocer, pero sobretodo la llave de muchos corazones, incluyendo el propio. Aprendé a reír de las desgracias, de las tragedias y de los males, que la risa te va a sacar de esos y de peores lugares.

No ahorres en sueños, aunque se frustren, no esquives las fantasías aunque parezcan imposibles. Soñá vos, soñá con otros. Viví el presente, pero siempre tenete un sueño a mano, que son el helio de algunos globos hechos de momentos que nunca dejan de subir. La locura es no soñar, no creer que se puede eso que deseas con locura. Porque así se desea, con locura. Como también así se ama. Es muy probable que te cruces con mucha gente, toda una sociedad repleta de prejuicios, moral y otras yerbas, que te digan que no se puede una cosa, que no se debe, que no es para vos. Seguramente sea alguien cercano el que lo haga. Quizás hasta sea yo mismo o incluso vos y tus propios miedos. No escuches a nadie, que cuando se trata de vos, sos el único que decide.

No ahorres en abrazos, por favor, nunca lo hagas, que no se sabe cuando quieras abrazar a aquel que ya no esté y no haya otra opción que cerrar los brazos entorno sólo del aire con olor a melancolía.

En definitiva, no ahorres en vivir, que nada nos asegura que esta no sea la única oportunidad que se nos da para poder, de alguna forma, vivirla.

viernes, 13 de marzo de 2015

De la eficiencia.

Suelo perder mucho tiempo. O eso, al menos, se cansaba de decir mi viejo quien, tal vez, perdía el tiempo con sus palabras.

En una de mis tantas pérdidas de tiempo, leí un post sobre el tema en cuestión, asociado al saludo del que nos vanagloriamos quienes creemos de manera profunda en las ventajas de saber convivir en una sociedad donde el reconocimiento de los pares es de las cosas que más importan, vaya uno a saber si no es la que más. Carlos, el muchacho que escribió lo anterior, decía muy suelto, que el saludo es, literal, "ineficiente y retrasa la velocidad de las cosas". Lo loco de dicha nota era que iniciaba como una crítica a una entrada anterior, de algún otro forista que se quejaba del no saludo y lo veía como una falta de respeto.

Aquí, pueden leer el post del que hablo (no temas, es corto, no vas a perder demasiado tiempo, algo es algo).

Todo esto me hizo ruido, por el bagaje anterior, esto suele ser así, y me puse a pensar en ello, digamos, le dediqué tiempo.

Viví toda mi existencia en una sociedad capitalista, liberal, en donde nos dicen que el tiempo habría que, es obligación, utilizarlo de manera eficiente. El tiempo, señores, es oro. No entiendo el concepto siquiera, que ese metal para mí no vale nada en absoluto, creo no tenerlo en ninguna forma posible, descuiden, seguro vaya y confirme esto en los cajones de mi casa o hasta lea algún blog en donde me diga que sí, existen proporciones pequeñas de ese mineral en mi teléfono celular o en la computadora desde donde escribo.

Oro, Carlos. Te dediqué oro.

Dejemos la literalidad de lado.

No llegué a ninguna conclusión, me pasa seguido.

Decía, entonces, que me criaron diciendo que el tiempo es algo muy valioso, primero mi viejo que me hacía apagar la computadora (hola pá, las putas estas me dan de comer desde hace más de 16 años), después mis maestras del colegio, que pretendían que estudie y luego Robin Williams, que en paz descanse, con su sociedad de poetas y su "Carpe Diem" tan tatuado en las pieles de muchos a los que no vamos a juzgar, al menos desde este espacio.

Pero, ¿qué carajo es aprovechar el tiempo?

Para los capitalistas es producir y generar beneficios para uno mismo, que derivan en beneficios para la sociedad. Para los comunistas, producir para todos y generar beneficios para la sociedad, que derivan en beneficios para uno mismo. En el ideal, claro, hablan casi de lo mismo. El tiempo hay que utilizarlo para "generar beneficios", donde beneficios son productos y servicios. Esto quiere decir, sin demasiadas vueltas y en una simplificación que hasta me da un poco de pudor, que si no estás haciendo algo productivo, estás perdiendo el tiempo. Y perder el tiempo, lo dijimos de otra forma, es un pecado mortal.

Habiendo definido el tiempo en términos económicos, ponele, creo que hay que salvar a todos de la posibilidad de definirlo en lo personal, que a mí me importa bastante poco, si lo comparo con otras cosas, la economía en general. Y desde acá es más difícil responder a la pregunta de antes.

¿Qué carajo es aprovechar el tiempo?

Desde mi óptica, no suelo perder tanto tiempo (¡ja!, te confundí, ¿no?), sino que lo aprovecho de una manera en que mi viejo y mis seños de la primaria no compartirían. Quizás sea saludando a otros y dándoles de alguna manera vaga mi reconocimiento a su mera existencia. Quizás sea respondiendo a los comentarios que me hacen, sin juzgarlos. Tal vez sea solo estando para los que crean necesitarme en algún momento. Porque si no producir fuera perder el tiempo, digamos, tirarlo a la basura, Carlos no habría escrito lo que escribió porque está lejos de ser una producción de valor, vos, lector improbable, no estarías acá y yo, con más razón, no estaría escribiendo.


Aclaración: que el post que dió origen a esto lo haya escrito alguien con el mismo nombre que mi viejo, es pura coincidencia.

viernes, 20 de febrero de 2015

El pozo.

La oscuridad era completa y el miedo, lo abarcaba todo.

Se habían mudado a una casona en lo más profundo del conurbano con su madre y su hermano, que contaba con ocho recién cumplidos, dos años mayor que ella, escapando de un padre que en las noches de los fines de semana desaparecía solo para volver en estados calamitosos y cada vez peores. Los reproches de la madre lo único que lograban era generar un estado de violencia imposible que hacían de los domingos el peor de los días de la semana. Los lunes, ambos hermanos agradecidos por la ausencia a causa del trabajo que lo hacía madrugar, preparaban el desayuno y se lo llevaban a la madre junto con algunos hielos mal envueltos para que bajara la hinchazón de los moretones del día anterior y luego, iban unidos al colegio que los recibía con los brazos abiertos y que hacía las veces de refugio en donde podían descansar de las desdichas del hogar.

La mañana del domingo anterior había pasado casi sin pena ni gloria, los chicos jugaban en una tranquilidad desconocida y la madre ya estaba preparando el almuerzo con una enorme sonrisa que ellos desconocían. Cuando se sentaron a comer, la madre les informó que ese día su padre no volvería, y sin explicar la seguridad que sentía, había planeado la mudanza apurada. Los pasaría a buscar Marisa, una amiga, que los llevaría a un casa que tenía algunos años abandonada lejos, muy lejos de ahí. Y esa palabra, "lejos", le cambió el semblante a los niños, que sabían que eso era lo que había que hacer.

En el camino fueron reconociendo los lugares que siempre habían sido el paisaje diario, ese mismo que se ignora a fuerza de la monotonía de la rutina, aunque esta vez le prestaron una atención fuera de lo común. La verdulería de la esquina parecía nueva y las cajas de frutas alineadas tenían un brillo de melancolía alegre. Pasaron por la plaza, que hacía las veces de refugio en las tardes bochornosas de verano en que escapaban del calvario a la hora de la siesta, solos, sin compañía de los adultos que sufrían las consecuencias de las mañanas trastornadas. Saludaron con la mirada a los juegos donde tantas lágrimas habían vertido en horas de hamacas apagadas y toboganes sin gracia. Pasaron por el kiosco de Hernán, ese tipo dulce que, sospechando que esos niños de caras tristes y mirada perdida no estaban del todo bien, les regalaba un pedacito de amor en forma de golosinas que solían recibir con ansiedad y alguna sonrisa poco creíble. Así, fueron despidiéndose de a poco de ese barrio que los había visto crecer más de lo que les correspondía para la edad y que nunca, se decían, iban a poder extrañar de verdad.

Al llegar a la casa, la luz que entraba desde el jardín los colmó de alegría, la esperanza de una vida nueva, representada en esa luminosidad, hacía que las lágrimas de gozo rodaran por sus mejillas. Salieron juntos, Se abrazaron, y se quedaron ahí sintiendo los sonidos del nuevo hogar, que parecía exultante con su llegada, como si los hubiera estado esperando.

Pasaron dos días de una vida nueva, distinta, que los dejaba soñar. El lunes por la mañana fueron a un colegio nuevo, que recibieron con afecto, a pesar de saber perdidos a los amigos de otrora. El martes, ya conocedores del camino, marcharon a pie firme y alegre al estudio y las nuevas promesas de amistades.

Al volver del colegio, mientras la madre trabajaba lejos de allí, continuaron con lo que el día anterior habían llamado El Descubrimiento; una suerte de expedición en donde conocerían cada rincón de esa casa que los cobijó y que les quitaba el miedo. Ya habían pasado por un altillo que al principio les dio miedo, muy sucio al que la madre, ocupada con el resto de los rincones todavía no había podido llegar con su nueva forma de limpieza, que incluía canciones alegres y movimientos que asemejaban a unas danzas torpes de quien no estaba acostumbrada a ellas. Esta vez, fueron al patio. Él la desafió a ella a pasar detrás de unos árboles que se distinguían más allá de los yuyos todavía indómitos del lugar, donde juró, seguramente habría bestias salvajes que acechaban de noche. Ella, que se sentía exultante por la aventura, decidió que podría ser un buen momento para demostrarle a ese gigante que era su hermano mayor, que ella podía ser todo lo valiente que se puede e incursionó entre las plantas que veía demasiado grandes con la cabeza repleta de fantasmas pero a sabiendas que detrás venía aquél que la ayudaría en cualquier circunstancia posible. Así fue como encontraron el pozo, tapado por un pedazo de madera podrido que cedió casi sin ruido ante el peso de la pequeña que cayó de manera interminable según su propia percepción, mientras escuchaba su nombre repetido una y otra vez por la voz tan familiar que se alejaba, desesperante.
La angustia fue tan grande como la oscuridad que cubría todos los pensamientos y rincones. Intentó mirar para arriba, pero no logró ver nada, solo escuchaba el llanto del hermano que parecía venir desde otro planeta.

La desesperación fue total. El tiempo, interminable.

domingo, 18 de enero de 2015

Una familia feliz.

Las vacaciones de los Rodríguez comenzaron como lo hacían todos los años, desde hacía ya bastante tiempo.
Tenían un lindo ritual, en el que preparaban todo en grupo y cada uno tenía una tarea específica asignada. Los chicos, René y Violeta, preparaban cada uno su bolso teniendo en cuenta una lista exhaustiva que cada año papá se encargaba de actualizar y mejorar. Mamá se encargaba de las compras para el viaje y los adminículos comunes, entre los que se incluían los de higiene personal, entre otros. Papá, con una obsesión que lo había ayudado a escalar rápidamente en su trabajo de administrativo, llevándolo a ser uno de los mejores y más jóvenes gerentes de la firma internacional para la que trabajaba, preparaba el auto, revisando cada centímetro del mismo, poniendo la presión precisa en cada rueda, sin olvidar ni un solo detalle que hiciera al confort y a la seguridad de los suyos. También estimaba los costos del viaje, las paradas que deberían hacer, dónde y cuánto tiempo deberían durar. Todo estaba bien pensado y bajo un estricto control.
Es que las vacaciones empiezan un par de días antes, con los preparativos, decían siempre.
Durante el año, cada uno se ocupaba de lo suyo, los chicos hacían bien sus tareas en el colegio y, cada uno en su división, eran los mejores promedios, los más populares entre sus amigos y destacados deportistas. René jugaba al fútbol y era un gran ocho con marca y distribución. Violeta, por su parte, era una excelsa nadadora que ya a sus 17 años había levantado más de una vez medallas en torneos regionales y nacionales. Mamá y papá trabajaban y se los podría considerar exitosos, nunca tenían problemas graves y los pequeños los resolvían entre todos, unidos. Y sus vacaciones eran ese momento hermoso en el que compartían varios días juntos, en una armonía deliciosa y todos las esperaban con ansias.
Los Rodriguez eran, en definitiva, una familia feliz.
Se creía que Violeta iría a la costa con sus amigas, que las contaba a montones, pero ella no quería perder ese momento con aquellos que verdaderamente disfrutaba, ni loca, decía cuando le preguntaban. Ellos, iban juntos de viaje. Eran sus tres semanas de descanso, disfrute y ninguno de los integrantes pensaba ni un segundo en perdérselo.
Así que luego de tener todo en perfecto orden, se fueron dormir para, al día siguiente, partir de viaje.
Se despertaron temprano, antes del amanecer, el viaje era largo pero jamás tedioso, concluyeron con los últimos preparativos, calentaron agua y café que colocaron en sendos termos, subieron al auto, pusieron música y tomaron la autopista del oeste, para encarar la ruta nacional número 5 hacia el primer destino, que solo incluía cargar nafta y algún que otro minuto de relax bajo el sol de una Buenos Aires húmeda y deliciosa ya en las primeras horas de la mañana.

Continuaron el viaje, ahora todos bien despiertos, que la madrugada había quedado atrás, cantando y contándose anécdotas e historias los unos a los otros.

La siguiente parada era de las más esperadas por todos, solían hacerlo siempre, sin importar el destino: elegían uno de esos descansos que existen en las rutas, con mesas y parrilla, donde asarían unas tiernas carnes que mamá había seleccionado con especial ahínco y el buen ojo que la caracterizaba. Una vez allí, los preparativos rápidos y eficaces no se hicieron esperar. René buscaba algunas ramitas, Violeta organizaba la mesa con dedicación, mamá se comprometía con las ensaladas y las bebidas mientras papá ya estaba ocupado con el salado de la carne y el fuego.

En el descanso había otra familia, lo cual no gustó demasiado a Los Rodriguez, que estaban acostumbrados a no cruzarse a nadie en estos lugares, pero tampoco era algo grave y el sitio había sido elegido de antemano. En el parador también había un santuario grande del Gauchito Gil, con una casilla que parecía demasiado grande para el objeto con el que creían que debía cumplir. Al frente, un campo de girasoles que miraban con curiosidad al astro alto en el cielo, adornaba el paisaje con sus amarillos y verdes típicos de la zona pampeana.


El señor Fausto, padre de “los otros”, estaba rindiendo culto al Gauchito, dejando una botella de agua y una cinta roja en el santuario. Esto causó gracia a los Rodriguez, que no hicieron más que mirarse con complicidad.
Tres niños pequeños, de la misma altura y mal vestidos corrían por el descanso, molestándose y pegándose entre ellos, mientras una señora que contaría con unos ochenta años mal llevados, los pelos grises, enredados en la cabeza y la ropa raída le conferían un aire de bruja de otra época, los observaba como sin ni siquiera los viera, balbuceando ininteligiblemente para sí misma, sentada en una de las dos mesas de concreto que había en el descanso. Esto hizo que mamá, mientras seguía absorta con la ensaladera, agradeciera por lo bien que se comportaban sus propios hijos, fieles compañeros y amigos entre sí.

Cuando el fuego estuvo casi listo para recibir el asado, el señor Fausto se acercó a papá y le comentó que ellos mismos estaban a punto de cocinar y si podían compartir la parrilla. Él aceptó sin muchas ganas, pero con la humildad y consideración por los demás que lo definía y por las que había ganado el respeto y la admiración de todos quienes lo conocían.
Fausto, de un grito que les pareció espantoso, instó a su hija adolescente a que trajera los utensilios para la comida. La chica, de manera algo torpe aunque voluptuosa, pasó cerca de la parrilla y con sensualidad saludó al papá de los Rodriguez, que se quedó mirándola más de lo que correspondía y luego agachó la cabeza con algo de vergüenza en los ojos, ante la risa de Fausto quien con un guiño, le dijo, no se preocupe, buen hombre, nos pasa a todos.
Mamá se acercó y abrazó a su marido, entendiendo la debilidad del momento y tranquilizándolo en susurros.
La chica siguió su camino hasta el mismo santuario del Gauchito, no sin antes mirar de reojo a Violeta que le devolvía la mirada con algo parecido a la desaprobación. Cuando volvió, lo hizo con una heladerita repleta de cervezas. Fausto agarró dos y le ofreció una a cada uno de los padres, que las rechazaron con amabilidad; ellos no podían beber, explicaron, siendo como era que les tocaba seguir conduciendo luego de esta parada.
Los Rodriguez comenzaron a sospechar de estas gentes que nunca habían traído nada para comer y así se lo hizo saber la madre a su esposo. La camioneta que, pensaron, sería de Fausto era blanca, se encontraba semi destruída con un agujero extraño en uno de los laterales y descansaba cerca del santuario, con demasiada vegetación alrededor, tanta que hacía sentir que no se había movido de allí en mucho tiempo. Se miraron entre sí extrañados y acordaron en voz baja que esta vez, el almuerzo sería más corto de lo estipulado.
La chica volvió al santuario pero esta vez llamó a los trillizos que fueron corriendo tras ella. Fausto tomaba de su cerveza a grandes tragos, mientras hablaba con el ya muy incómodo señor Rodriguez, que estaba rodeado por su familia de manera protectora aunque inconsciente.
Los trillizos y su hermana volvieron de manera sigilosa por detrás de ellos y se quedaron quietos, silenciosos, muy cerca de los Rodriguez, que nunca se percataron del movimiento.

La vieja, como comandada por una señal que nadie había percibido, comenzó a gritar con un estruendo que no podría salir de su garganta vieja y oxidada, pero sin embargo ahí estaba, haciendo doler los tímpanos de los Rodriguez que miraron como Fausto sonreía, indiferente al sonido de la vieja. Los cuatro quedaron duros, imposible moverse, absorbidos por completo por el ruido incomprensible que salía desde esa boca que no podían dejar de mirar. El hechizo duró lo que parecía una eternidad y fue roto cuando sintieron, al unísono, el frío azul de las cuchillas bien afiladas que se enterraban en la carne de sus espaldas, empuñadas por los cuatro hermanos.


Ahora el fuego ya estaba listo. La faena había comenzado a la luz del sol del mediodía y con un campo de girasoles como testigo.


* Con la inestimable ayuda de #promogénito.

sábado, 3 de enero de 2015

La mañana siguiente.

Se conocieron en un ascensor.

Amaneció temprano, con dolor de cabeza y la lengua reseca pegada al paladar. El cuerpo le pasaba factura de los excesos innecesarios de la noche anterior.
Extendió la mano para tomar el celular y verificar la hora, se sorprendió por no encontrarlo en su mesa de luz, el lugar donde siempre lo dejaba, cuando vio la luz que le indicaba que tenía un mensaje sin leer, parpadeando desde el piso. Lo tomó para ver como la batería cedía y el aparato se apagaba, sin otro sabor que la amarga música de la compañía de telefonía móvil. Con algo de ansiedad buscó el cargador por todos lados, recordando al fin que lo tenía en la oficina, donde lo dejaba siempre entre semana; este dolor de cabeza que no me deja pensar. Dejó el celular no sin antes intentar encenderlo nuevamente, aunque sea un minuto, le rogó, pero no hubo caso, la tecnología que funcione a ruegos cambiará para siempre la historia de la humanidad, pensó con media sonrisa y fue al baño para satisfacer las necesidades físicas de la mañana. Abrió el botiquín y revisó con ansias, buscando una de esas pastillas que prometen todo el tiempo por la televisión quitar el dolor de distintos lugares del cuerpo, aunque nunca, ninguna le apunte al alma, que esos dolores no se van con píldoras mágicas.
Desayunó sin prisa y entre las tostadas y el mate demasiado caliente las imágenes de la víspera se agolparon en su cabeza ya afectada de manera positiva por el ibuprofeno. Quiso sonreír con la conquista, pero el lamentable desenlace hizo que le asomara una suerte de bronca que pujaba con la tristeza. Terminó de mordisquear sin ganas el pan con algo de manteca y fue al baño a ducharse, sintiendo, por primera vez, que algo le faltaba en esta vida. Se cambió, verificó que en su mochila estuviera todo lo indispensable para otro día laboral que ya creía largo, e intentó leer sin entusiasmo las líneas que había dedicado a la noche anterior.

Salió de la casa, caminó las dos cuadras que lo separaban de la avenida y espero paciente el colectivo que lo llevaría hasta su puesto de trabajo. Todo era un poco gris y frío, la ciudad se cerraba a su paso con angustia y comenzó a caer una pequeña garúa que en su mente consideró de lo más apropiada. Una vez en el colectivo intentó leer algunas páginas de un libro que había comenzado hacía un tiempo, pero el vaivén del vehículo lo hacía perder el equilibrio y le costaba demasiado sostenerse a la vez que mantenía el montón de hojas encuadernadas con prolijidad al alcance de su vista. Guardó el libro y siguió con sus pensamientos, cada vez más lúgubres.
Llegó a la oficina, se subió al ascensor y midió a cada uno de los casuales acompañantes del día. Todas las caras le resultaron desconocidas y eso lo enojó más de lo que podría haber supuesto. Se criticó por esto, al tiempo que sacudía la cabeza para despejarla, la vida continúa, Juan, no fue más que un buen rato. Aceptalo.

Una vez en el piso correspondiente salió y saludó con lo que creyó una mejor cara y tono apropiado a los compañeros que fue cruzando camino del escritorio. Acomodó algunos papeles, encendió la computadora, aprovechando el tiempo que se tomaba en iniciar para ir a buscar un café, el segundo del día, pensó.

De vuelta a su puesto verificó los emails laborales, abrió el primer cajón que tenía designado, tomó el cargador del celular, lo enchufó debajo del escritorio y al teléfono todavía muerto que sacó del bolsillo izquierdo del pantalón. Al encender, la notificación de un mensaje sin leer sonó con el desinterés que sólo puede venir de una máquina.

Leyó, mientras el café se enfriaba y una sonrisa repleta de esperanza asomaba en su cara.

Asunto: "Arrepentimiento."

Hola Juan,
En mi vida las cosas se fueron dando siempre de manera ordenada. Una vez terminado el colegio secundario, conocí a mi actual pareja con la que salimos sin mayores obligaciones a través de todos mis años en la universidad. Me recibí rápido y con el foco en mi carrera, conseguí un empleo a ese respecto y una vez estabilizados ambos nos casamos con nuestras familias de testigos. Disfrutamos de nuestro matrimonio durante unos años hasta que decidimos que ya era hora de tener un hijo, así fue que compramos un departamento, decoramos una habitación y nació el que luego de unos años sería mi único sostén en este entuerto. Vivimos en un acuerdo implícito de respeto y acompañamiento que siempre nos sirvió. Luego de un tiempo, comencé a tomarme ciertas libertades y asumo que mi marido hizo lo mismo, pero siempre con la prioridad puesta en nuestra familia que para el mundo es color de rosa. Por eso dije lo que dije anoche, es una de las cosas que tengo incorporadas; parte del asunto.
Pero siempre hay un pero, o al menos no tarda en llegar.
Lo que sucedió con vos es algo nuevo, diferente, que nunca antes había experimentado y por lo que, creo, estoy dispuesta a romper algunas de las reglas que me impuse en un tiempo que desconozco.
Voy a tomarme el atrevimiento de pedirte dos cosas, y vos serás libre de hacer ambas, alguna o ninguna, según sea tu consideración.
La primera es que sepas disculpar mi brutalidad, van estas líneas a modo de explicación.
La segunda, que me escribas, si lo que pasó, no fue tan solo un invento mío.

Con deseo,


Lu.


Algo real.