viernes, 26 de diciembre de 2014

Se conocieron en un ascensor

Se vieron por primera vez en un ascensor, rodeados de gente desconocida, como lo eran ellos mismos en ese momento. Poco a poco todos fueron bajando en los distintos pisos, hasta que, como si ese fuera el destino, quedaron solos. Intercambiaron una mirada furtiva al unísono que los hizo sonreír, como en una vergüenza compartida. Él era tímido, pero ella sabía desde ese primer instante lo que quería y, aunque fue la primera en bajarse, dejó caer dentro del habitáculo un cartoncito. Él lo recogió enseguida y reconoció en el pequeño rectángulo de papel de imprenta bien diseñado, una tarjeta con un nombre y un email. Lo guardó, diciéndose a sí mismo que no había sido una casualidad, sino un mensaje directo hacía su persona, un claro "escribíme, esa sonrisa no es para cualquiera".
Subió los dos pisos que le quedaban hasta su oficina, en donde hacía las veces de empleado administrativo y cadete, trabajo que le permitía pagar sus estudios universitarios que algún día lo llevarían a un escritorio en una casa frente a un lago, no importaba demasiado cuál, en el que podría por fin escribir a tiempo completo todas esas cosas que brotaban incansablemente de su cabeza. Y ¿por qué no? se animó a soñar, con ella cerca, alcanzándole de tanto en tanto un trago, un sandwich hecho en casa o una palabra de aliento. Es que él era todo un soñador y no había límite para eso.

Al llegar a su escritorio miró la tarjeta como si no la viera, ya pensando en el calor de un improbable hogar y en los hijos que tendrían esos ojos a los cuales había podido llegar a ver sólo durante un efímero momento, pero que ya sentía la necesidad de volver a mirar en profundidad. Sacudió su cabeza y se criticó su falta de concentración, debía terminar el trabajo del día antes de hacer nada más, le debía eso, al menos, a su carrera y sus sueños. Pudo despejarse lo suficiente para dejar el papel a un lado y comenzar a cargar las facturas que venía de pagar en el sistema que se colgaba casi tanto como él mismo. Cargó las compras realizadas para la empresa con una efectividad inusitada, línea a línea iba escribiendo los códigos correspondientes a los insumos varios, el toner para la impresora, los teclados que les habían solicitado los chicos de sistemas y otras cosas que le resultaban banales, innecesarias para la vida. Al terminar comenzó a cerrar la computadora de la oficina, tomó la tarjeta que había quedado a un lado en su escritorio y se dispuso a escribirle a esta desconocida que ya tenía un nombre.

Asunto: "El ascensor"
Hola, mi nombre es Juan, soy el desconocido que te sonrió con algo de vergüenza en el ascensor hace unos minutos. Podría suponer que se te cayó una tarjeta de presentación antes de bajarte, pero la realidad es que prefiero creer que fue con intención, así que te escribo. Me gustaría poder tomar algo juntos, si puede ser esta misma tarde, hay un bar en la esquina de Reconquista y Tres Sargentos, cerca de este edificio. Yo invito la cerveza y si esto fue una casualidad, te devuelvo la tarjeta y sigo mi camino.

Saludos,

Juan.

La respuesta no tardó en llegar.

Asunto: "RE: El ascensor"
Las casualidades no existen. Asumo que ya sabés mi nombre. A las 19:30 estaré en el bar que decís, lo conozco y estaré a gusto con que pagues por mi cerveza.

Un beso,

Lu.

El éxtasis que sintió al recibir tal respuesta rápidamente se extendió por todo su cuerpo. El tono del mail era imposible de pasar desapercibido, así que no había sido casualidad. Y no se despidió con un frío "saludos", sino con un beso, eso hacía toda la diferencia, pensaba, ni hablar de la confianza que le había regalado utilizando un apodo familiar en lugar de Lucila, su nombre completo. No había dudas en su cabeza, la chica misteriosa ahora no sólo tenía nombre sino que también tenía deseo. No contestó, seguro de que ya estaba todo arreglado.

A las 19hs se dispuso a salir de la oficina con una aparente tranquilidad que estaba muy lejos de su sentir, caminó por el centro de Buenos Aires, haciendo tiempo para que pasen esos minutos que en su organismo se sentían como horas y horas que nunca se acababan. Minutos antes de lo acordado, se acomodó en el bar de la dicha esquina y comenzó a dudar de si la reconocería, al fin y al cabo solo la había visto fugazmente, o peor, si ella lo reconocería a él fuera del ascensor, o si lo veía y decidía que en realidad no era lo que quería.

Así se agolparon los pensamientos negativos, perdido de la situación real, cuando ella se aproximó a la mesa de dos en donde estaba él sentado, y con una sonrisa se sentó mientras practicaba un, hola, Juan, ¿esperaste mucho?.
Charlaron durante unos minutos, midiéndose, gustándose, riendo, hasta que ella, decidida, lo invitó casi con brutalidad a dejar ese lugar e ir a un telo, que queda acá a unos metros, dijo con conocimiento de causa. Accedió un poco desorientado pero con gusto, pidió la cuenta que había prometido pagar y salieron caminando con dirección más que definida.
Se mataron, tuvieron una suerte de química que él no había sentido nunca y para la que ella no parecía estar preparada. Luego de un breve descanso volvieron al ataque y estuvieron así durante las 3 horas que duraba el turno que habían pedido. El timbre que anunciaba los últimos minutos con los que contaban los encontró a ambos agotados por el afortunado encuentro. Mientras se vestía ella le confesó que estaba casada y que, lamentablemente, esto no iba a poder repetirse. Él no podía entenderlo, intentó decirle que eso era un error, que no era parte de lo que él había creído mientras ella le acariciaba la cabeza y le explicaba que la vida era así, que no todo puede salir como se lo sueña, mi amor, esto es todo a lo que podíamos acceder.

Se fueron cada uno para su lado, sin mirar atrás.

El llegó a su casa dispuesto a escribir un cuento que terminara esta historia de otra manera y tomó una botella de whisky que tenía siempre a mano. Se terminó lo que quedaba antes de llegar a escribir la segunda página y decidió que ya era demasiado tarde, debía dormir para al otro día volver a la rutina que alguna vez, algún día, le permitiría cumplir con sus más anhelados deseos. Tomó tal vez demasiados somníferos y estaba conciliando el sueño necesario, cuando sonó la notificación del teléfono móvil que anunciaba la llegada de un nuevo correo electrónico. Estiró la mano casi al borde del abismo de la vigilia y sólo pudo lograr que el celular cayera de la mesita de luz. Una parte de su mente llegó a lamentarse al punto que se escurría de la realidad. Desde el piso, la luz de notificación del aparato parpadeaba impávida.

La mañana siguiente.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Noches como esta.

Una noche así, donde la tortuosa realidad se mete en tu cabeza, destapa tu alma y te alcanza el insomnio de a litros, en forma de un sinfín de preguntas que se repiten una y otra vez, hasta convertirse en un salmo ininteligible pero no por eso en respuestas.

Una noche así, como tantas otras.


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domingo, 7 de diciembre de 2014

Un vagón de recuerdos.

La vi en el tren y todos los sentimientos del pasado se agolparon en mi cabeza. Creía saber dónde se bajaba y todavía faltaban varias estaciones, así que me escondí como pude detrás del libro que venía leyendo y me dispuse a recordar nuestra relación, revivirla en mi mente, desandar el camino que otrora hubiéramos recorrido juntos, hasta el instante trágico en el que tuvimos que separarnos.
Nos habíamos conocido recién terminado el colegio secundario y nos enamoramos rápido y muy fuerte. Pronto, pasábamos nuestros largos días libres de verano juntos, de acá para allá, perdidos de todo y de todos. Incluso hacíamos escapadas que nos tomaban cuatro o cinco días en donde nadie sabía de nuestro paradero o de cuando volveríamos a la civilización. Discutíamos, a veces con furia, sobre cualquier cosita menor, pero pronto nos abrazábamos y besábamos perdiéndonos en nuestros deseos más bajos pero siempre compartidos. Me disponía a darle la vida, la regalaba con todo lo que tenía a la mano y con algunas cosas que me costaban horrores conseguir, dedicaba horas a pensar, planear y ejecutar cuestiones que, pensaba, la llenarían de alegría. Ella recibía mi amor con alguna sonrisa, pero nunca hacía algo de más, nunca salía de su estar, simplemente, conmigo, cosa que me generaba la sensación irreal de que cuando estábamos separados, simplemente yo dejaba de existir en su cabeza. En cambio, ella ocupaba en la mía cada segundo de insomnio. Alguna vez, un fin de semana en el que no teníamos nada planificado, de hecho nunca podíamos planificar nada, solo vivíamos el día a día, era su estilo y a mi me gustaba, partimos de un café directo a Retiro y de ahí, habíamos pensando, el colectivo que primero saliera con lugar para dos, nos llevaría hasta el último destino al que llegara. Así llegamos a La Paz, un pueblo en el norte de Entre Ríos, donde unas termas hacían las delicias de los turistas, muchas veces en familia o en grupos de gente mayor, aunque con una noche sorprendentemente despierta, luego de un viaje donde habíamos logrado escandalizar a más de uno de nuestros compañeros casuales de viaje. Ya en La Paz, conseguimos alquilar una cabaña de mala muerte con el poco dinero con el que contábamos, donde pasamos la primera noche encerrados, intentando saciar nuestras naturalezas. Al siguiente día, luego de hacer un desayuno tardío, fuimos al río, donde pasamos un rato tomando sol. Ella decidió que iría a caminar y yo me quedé sentado allí, luego de haberme provisto con sendas cervezas y papas fritas para picar lo que creía que iría a durar solo un rato, pero su naturaleza era escapista y ese momento se alargó hasta lo que parecía el infinito. Cené solo en el pueblo y volvía nuestra cabaña a dormir para despertar con sus golpes a la puerta en una madrugada oscura. Le abrí y cuando no me quiso responder dónde había estado, peleamos y decidí volver solo, preparando al instante mis petates. Mientras esperaba para salir, en la terminal de ómnibus, apareció con algo que pensé, era un aire de arrepentimiento. Volvimos juntos, otra vez escandalizando al resto del pasaje. Al volver, la normalidad de lo que era nuestra relación volvió, aunque en mi cabeza nunca dejó de retumbar la ausencia inexplicable de ese día, incluso cuando ella juraba un amor eterno y del más puro. Corrieron así un par de meses, yo no entendía la vida sin ella, cuando repitió su escapismo, esta vez todo un fin de semana, sin llamados ni explicaciones, y con un regreso cargado de acá no ha pasado nada, todo sigue igual, que no pude aceptar. Peleamos de nuevo, conmigo exigiendo explicaciones y con ella que no tenía ganas de darlas, su libertad era suya, decía a los gritos. Estas desapariciones se hicieron cada vez más comunes, se incorporaron a la vida, en una danza donde los reencuentros se tornaban cada vez más violentos y mi corazón se sentía estallar en sus ausencias, hasta que ya no pudimos aguantar más y decidimos no volver a vernos. El dolor me obligó a buscarla en todos los rincones por donde solía concurrir, siempre sin suerte, intentando tolerar su falta, el desprecio que había sentido hacia mi persona, hacia todo el amor que tenía y que estaba dispuesto a darle, hacía la vida que estaba dispuesto a dedicarle.
En algunos momentos lograba olvidarla, pero con cada nueva pareja casual revivía sus sonrisas, intentaba encontrar su cara en las caras de los demás, suplir su ausencia en las presencias irrelevantes de otras mujeres que fueron pasando por mi vida y que nunca pudieron cubrir su lugar de dolor eterno que había quedado clavado en mí.
Creo que llegué a enterrar su recuerdo, aunque nunca volví a amar con esa intensidad. Creo, también, que nunca volví a amar y algún lugar de mí estaba convencido que ella tenía la culpa de eso, pero nunca la recordé con odio, sino más bien con melancolía.
Hasta que la vi en el mismo vagón del tren en el que viajaba con tranquilidad a mi casa desde el trabajo, como casi todos los días y todo ese dolor profundo que no sabía que todavía sentía por su persona y por todo lo que me había causado, afloró como una aplanadora que destrozaba mi razón. De pronto me sentí recordando con un rencor que no podía sostener. La esperé mientras el odio me inundaba el alma. Casi podía oler el sentimiento abrumándome, apoderándose de todo mi ser, quitándome todo dejo de voluntad propia y dejé manejarme por él, apreciando su sinceridad, sintiendo que era eso lo que necesitaba y que había ocultado tanto tiempo debajo de la alfombra. Eso era lo que se sentía por ella, un odio fuerte, claro y sin fisuras, igual de profundo y real que el amor que había sentido en otro tiempo, en otra vida, cuando la felicidad era una opción.
En cuanto se levantó y se acomodó en la puerta del tren para bajarse, mucho antes de llegar a la estación, haciendo caso de esa ansiedad que yo reconocía en su persona, me paré para acercarme, me puse justo detrás de ella y le susurré su propio nombre al oído, seguido de un soy yo, con el apodo de amor que ella había sabido usar para conmigo. Ella giró su cabeza y pude ver una media sonrisa de reconocimiento tardío dibujándose en su cara mientras caía para atrás, con dirección a las vías del tren. Sentí el placer de sus gritos desesperados y los golpes amortiguados por el ruido de los vagones y los gritos de los pasajeros que veían impávidos lo que sucedía.
Me dejé arrastrar hasta la cárcel, el juicio y toda una sarta de pavadas burocráticas que me dejaron aquí, escribiendo esto, para aclarar que la vida había dejado de tener sentido para mí hace ya muchos años y que me voy en paz, sabiendo que hice lo que sentí, siempre.