martes, 30 de septiembre de 2014

Reencuentro.

La vi correr, alejándose, como una sombra recortada contra la luz del sol, frente a una ventana que no existía. Era pequeña y llevaba el pelo suelto, balanceándose por el ritmo medio desajustado del paso apurado e inexperto de alguien que todavía tiene mucho por aprender. Y por vivir. No pude ver la camioneta aunque sí escuché el chirrido de las cubiertas intentando aferrarse desesperadas contra el asfalto, como toda premonición de la desgracia en forma de golpe seco y grito desgarrador. El padre salió corriendo de la vieja casa en la esquina de de la plaza donde vivían ellos dos, a la vez solos y en mutua compañía. Había sido así desde siempre, se habían mudado cuando ella era tan solo un bebé de pañales sucios, que el padre todavía pugnaba por aprender a cambiar. No había conocido a su madre, que ni siquiera pasó las primeras semanas con su pequeña niña, a quien dejó en otras manos, sin ponerse a pensar qué tan buenas era, simplemente se fue. Desde aquel día, él dedicó sus energías al nuevo oficio adquirido y ella a crecer, tal la tarea a tiempo completo de los niños pequeños. Pronto dejaron atrás las desgracias del pasado y formaron un gran equipo en todo lo que respecta a la vida, él proveedor y educador, ella la mejor alumna imaginable, atenta y sonriente, siempre alegre y musical, toda la luz que un hombre puede necesitar para alimentar el alma y prepararla para el arduo trabajo.
Se dedicaba a instalar estufas y cocinas o cualquier otra cosa que pudieran solicitar los vecinos clientes. No era bueno en lo que hacía pero era el mejor en lo demás, un buen tipo completo, puntual y hacendoso, tal es así que el barrio terminó por adoptarlo como aquel que solucionaba casi cualquier problema del hogar y con eso les alcanzaba para vivir con lo justo, cosa que era lo más normal del mundo en la zona. Ella resultó ser una niña muy despierta y ya en los primeros grados del colegio era más lo que se sentaba con su padre a compartir momentos de estudio de lo que necesitaba su ayuda. Creo que fueron felices durante todo ese tiempo y eso es mucho más de lo que le toca a la mayoría de los conocidos de la cuadra, o de la siguiente.
El día en que yo miraba por esa ventana, él llegó al lugar a una velocidad que no se podía explicar, incluso antes de lo que el conductor de la camioneta tardó en bajarse para ver lo que había hecho. "No la ví", atinó a gritar al hombre que solo tenía sentidos para su hija de ojos muy abiertos, muy despiertos, muy sorprendidos. No se animó a preguntarse qué estaba pasando, pese a que la niña, con esa lucidez que solo produce la cercanía del final, le decía que no te preocupes papá, ya nos vamos a volver a ver, mientras llegaba la ambulancia con paramédicos que no tenían demasiado para hacer, aunque uno de ellos, luego de unos años contó que ella le agradeció por esos años de amor completo en lo que a la distancia pareciera un intento infructuoso de aliviarlo.

En el barrio nunca más se lo vió sonreir y a medida que pasaron los años incluso se dejó de mostrar, siquiera por el almacén. Se fue encerrando en su casa. Un vecino lo cruzó mucho después y casi no lo reconoció en su delgadez de espanto, en su demacrado cuerpo, sin la razón necesaria para poder seguir, pero que aguantaba en una vida de espera a ese reencuentro prometido que estaba cada vez más cerca.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Hasta que un día se encontraron.

Y se amaron torpemente, con besos que chocan dientes y caricias que a veces duelen y otras veces hacen cosquillas. Pero se tuvieron paciencia el uno al otro, después de todo sentían una atracción física sin precedentes porque en sus sueños se habían tocado hasta el más recóndito de los rincones de sus cuerpos desconocidos.
Se habían leído por primera vez una noche de calor, hacía ya unos años, cuando el aburrimiento y la casualidad los llevó a esas ya olvidadas salas de chat, donde la desesperanza juntaba almas de distintos puntos del país, e incluso del continente.Al principio fueron despacio, se caían bien y se reían el uno con otro. Empezaron a cruzarse más seguido, tal vez sin darse cuenta de que se medían, se contaban los minutos y se buscaban a la misma hora, en el mismo lugar. Dejaron de leer a otras personas, se necesitaban y se alcanzaban entre ellos, se escondían en los privados y reían y deseaban en silencio, pero más tarde todo se puso más vulgar, menos poético y las palabras rodaron por los kilómetros de cables, aire, espacio y luz para llegar desde un rincón a otro, entrar por los ojos y ejecutar una serie de reacciones químicas que terminaban llevando sangre a secretos rincones de sus cuerpos deseosos. Se sonrojaron con vergüenza, se dejaron de escribir pero se siguieron deseando. Se veían pasar y seguían los mismos horarios, como una danza virtual en la que uno avanza mientras el otro retrocede, uno envía un indirecta y el otro la esquiva, para después de un tiempo esperarlas dejando que se claven bien fuerte en el pecho de uno, lanzar directo al pecho del otro y volver a esconderse de los demás hasta volver a bastarse con ellos mismos. Es que nunca nadie les había dicho que se podían enamorar de alguien sin conocerlo y llegar a necesitar tanto ese contacto sin piel como al aire mismo. ¡Qué ridículo! Dirían las tías entre masitas de té, que el amor es lo que era antes, la modernidad destruye todo. Los tiempos cambian, dijo algún amigo sabio, mandate, no seas gil.
Así que pasados unos años, juntadas las monedas que le permitiría hacer ese viaje, él dejó todo y partió, sintiendo las risas a su espalda por ese soñador tonto que corría detrás de un amor que no existía, eso es lo que ellos creían, que para él no había nada más real que esto.Diez mil kilómetros deseó ese encuentro, cruzó fronteras, esperó valijas y al fin la vio, tal y como la había soñado. Contuvo la respiración con un nerviosismo que no le permitía entender que a ella se le dibujaba una sonrisa. Respiró aliviado y se abrazaron con unas ganas que no se pueden explicar con meras palabras.Fueron a la casa de ella que estaba lista para recibirlo. Te soñé tanto que temía que no existieras, se dijeron sin palabras y se amaron como se ama a alguien que no se conoce, muy a pesar de que cada uno sabía exactamente lo que el otro estaba esperando.Él se había mudado, decidido a pasar la vida en otro país, con ella. Pero ya sabemos que para siempre es demasiado tiempo y la rutina, con crueldad, fue carcomiendo al amor. Los defectos que a miles de kilómetros eran simpáticos se convirtieron en barreras imposibles de traspasar. Aguantaron bastante, contarían después. Desdichas, peleas, disconformidades, la pérdida total de la pasión que los había juntado. Incluso alguna que otra infidelidad menor, en búsqueda de respuestas a preguntas que no conocían. Así fue que después de un tiempo él volvió cabizbajo a sus orígenes pero sin renegar del amor que había sentido. Ni de ella.

Cada uno vive su vida, lejos del otro. Ella formó una familia y él no. De vez en cuando se escriben, con afecto y novedades, y quizás esto sea lo más cercano a sus felices por siempre.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El último boulevard.

Viajaban sin un rumbo determinado, girando por las calles del barrio desconocido, hablando de lo difícil que era la vida y de cuánta falta les hacía esa pequeña porción de libertad que se habían tomado esa tarde. Los dos entendían que nada de lo que soñaran era posible o tan siquiera probable en las matemáticas de esa vida de conflicto que sin saber se habían elegido para cada uno, por caminos separados y sin conocerse. Se habían encontrado hacía unos años y al instante todos los errores del pasado se hicieron presentes en esa imposibilidad de pasar más tiempo juntos, aunque esos pequeños momentos les permitían sobrellevar las responsabilidades diarias.


Doblaron en un boulevard de calles tan estrechas que las ruedas del auto casi chocaban con las veredas y él, que manejaba, tenía que modificar el rumbo del vehículo de manera ligera pero con mucha frecuencia. En algún punto fue claro que esa cuadra era de una longitud imposible, mientras seguían avanzando por lo que parecían horas y horas en esa misma dirección mientras las paredes de las casas se achicaban hacia el auto, aplastando el paisaje a su alrededor y haciendo desaparecer las veredas primero, el boulevard un poco más adelante y luego los cordones de la calle. Se miraron con incertidumbre y el miedo les hizo acelerar un poco, y otro poco más hasta que iban tan rápido con esas paredes cubriéndolo todo hasta que no era posible seguir adelante, el auto encerrado.

Atascados, muertos de miedo, imposible salir de allí, se abrazaron primero con angustia, un poco más tarde con deseo y con alguna sonrisa cómplice, decidiendo sin necesidad de decirlo que allí, sería donde pasarían el resto de sus vidas. Y no estaba tan mal.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sueños.

Se despierta sobresaltado, nervioso, con un hilo de sudor, generando escalofríos y pequeños temblores involuntarios. Está solo porque siempre lo está, nunca duerme acompañado porque sus pesadillas son tan ruidosas como imposibles de recordar más allá del desayuno.

Alguna vez, aconsejado por un amigo, intentó escribir lo que había soñado mientras se calentaba el café matutino, pero las palabras se torcían y los recuerdos se borraban antes de llegar al papel, mientras el café se quemaba en la hornalla. Desistió rápido, en todo caso no había importancia en esos sueños sin sentido, todo aclaraba a media mañana y la noche era un oscuro recuerdo.

Aunque para decir la verdad el día se tornaba fácilmente en un oscuro presente, y luego una noche más de sueños que despiertan, de atrocidades innombrables y de insomnios en defensa propia.

Los días iban sucediéndose en una vida de dolor sin sentido, de cansancio que parecía heredado de algún ancestro demasiado lejano como para siquiera poder colocarlo en alguna rama de su árbol genealógico. La realidad se confundía con los sueños al punto en el que no podía diferenciar uno de otro, las pesadillas no tenían fin y todo lo que importaba era poder dormir, aunque sea un rato, y la vida era una pesadilla de la que había que despertarse de alguna manera.

Después del desayuno, rota de nuevo la memoria, caminó hasta su garage para darle comienzo a otro día de rutina asesina que, como era costumbre, terminaría con él de vuelta en ese mismo lugar, con ese mismo auto, camino de esos mismos sueños, pero ya no lo pudo soportar. Se subió al auto decidido, lo encendió y esperó a que el sueño le gane la última pulseada.

Al día siguiente lo encontraron sentado donde por primera vez en años, parecía descansar en paz.

*Gracias Julieta Milaragna por tu desinteresada colaboración.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Incongruencia.

El tipo de negro estaba parado en la puerta de la cocina que daba al patio trasero, en donde el frío aquejaba cuando salíamos a fumar un pucho, y el vicio tenía como consecuencia eso de dejar la puerta sin llave, a pesar de las advertencias que fluían a toda hora desde los canales de noticias.
En la cocina estábamos con Lucía, concubinos desde hacía diez años y más allá, en el comedor, estaba nuestra hija Valentina, quién era el bello motivo de nuestra decisión para la convivencia. En el piso de arriba reinaba el silencio de una casa vacía, salvo por los ecos de nuestras conversaciones tranquilas.
El sólo hecho de ver alguien desconocido dentro de la casa me asustó sobremanera, la falta de normalidad en la situación fue indescriptible, había algo ahí que no pertenecía a la rutina diaria y atiné a preguntar que quién sos, por qué estás acá, para recibir un enigmático silencio que acrecentó mis dudas y temores. Vi como Lucía buscaba algo en un cajón de los cubiertos que tenía detrás, con movimientos desesperados pero que no querían sobresalir, mientras el tipo de negro avanzaba hacia Valentina mirando con ojos curiosos. Resulta increíble como los niños son capaces de entender la desesperación en los demás y ella pudo ver a través de nuestros silencios que debía moverse, hacer algo, y corrió escaleras arriba al borde del sollozo, mientras yo intentaba atravesarme en el camino del tipo que parecía tener ojos solo para la niña y que estiraba su brazo con lo que parecía demasiada pasividad, en un gesto inútil para recortar esos varios metros que los separaban. En la desesperación, que la violencia no es algo que esté en mis genes, pude tomar fuerzas para frenarlo y a la vez voltearlo al piso, mientras Lucía con una sincronización que nunca hubiera podido imaginar, me lanzaba un cuchillo que al caer en mi mano no parecía de mucha utilidad para la situación en la que nos encontrábamos enredados. Quién sos y por qué estás acá, seguido de una suerte de bufido de desesperación como toda respuesta, y el llanto ya casi incontenible de Lucía que solo podía ver sin mirar, otra pregunta más o menos igual de incongruente, otro bufido, más llantos, y una última pregunta seguida de un puntazo en la cabeza, que solo logró mellar el filo del cuchillo y despertar de lo que parecía un ensueño al tipo de negro, que seguía mirando y estirando la mano por dónde había subido nuestra hija, quién inmediatamente dejó de forcejear y comenzó a gemir con desesperación. Lo dejé levantarse, mientras me interponía entre él y la escalera cuando él cruzó una mirada con Lucía, que aflojó las mandíbulas en un gesto de incredulidad y reconocimiento. Entonces el tipo de negro corrió hacia la puerta llorando cada vez más fuerte, con desesperación y no sé qué raro instinto me hizo correr detrás de él, mientras Lucía gritaba algo que tenía que ver con el manicomio El Progreso, cercano a nuestro barrio.
Cuando salí a la calle el tipo corría por la vereda a una velocidad que me pareció imposible así que solo atiné a gritarle que no se vaya, que todavía tenía preguntas para hacerle mientras él desaparecía en la esquina para no volver nunca más. Cansado más de lo que hubiera merecido el episodio, confundido y aterrado, tengo que confesar, volví a entrar a mi casa cerrando con llave la puerta tras de mí, para abrazar a mi mujer, decirle que finalmente había que poner rejas, esta ciudad puede ser peligrosa. Le pregunté qué podría cocinar para la cena, era tarde y había que ultimar el día.