El final era previsible para cualquiera, salvo para ellos a quienes un amor único e irrepetible los bendijo con una ceguera generosa que les dejó vivir cada momento como si fuera eterno.
Él nunca había podido entender a esa gente que llora un mar de lágrimas mientras grita por el amor perdido para siempre. Por un lado creía que nada podía ser tan importante ni doloroso. Por el otro, se decía a sí mismo que, llegado el caso de conocer ese improbable sentimiento, él, de una racionalidad auto agitada, haría todo lo que hubiera que hacer para mantenerlo ahí, firme, cercano. Y en el instante en el que lo reconoció en ella se prometió a sí mismo que esta representación de la felicidad que se reflejaba en sus ojos y en su sonrisa, nunca jamás se alejaría de él, pase lo que pase, cueste lo que cueste.
Pero para siempre es demasiado tiempo y las circunstancias de la vida son siempre adversas, que si es fácil, tampoco es tan divertido.
Al final, no tuvo otro remedio que entender el dichoso mar de lágrimas que no podía contener ni por un solo minuto, ni siquiera ante la vergonzante visión de otros. No había manera, simplemente no se podía frenar ese río insoportable que amenazaba con secarlo por dentro y, seguramente, fuera la última vez que lo sintiera.
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