Se vieron por primera vez en un ascensor, rodeados de gente desconocida, como lo eran ellos mismos en ese momento. Poco a poco todos fueron bajando en los distintos pisos, hasta que, como si ese fuera el destino, quedaron solos. Intercambiaron una mirada furtiva al unísono que los hizo sonreír, como en una vergüenza compartida. Él era tímido, pero ella sabía desde ese primer instante lo que quería y, aunque fue la primera en bajarse, dejó caer dentro del habitáculo un cartoncito. Él lo recogió enseguida y reconoció en el pequeño rectángulo de papel de imprenta bien diseñado, una tarjeta con un nombre y un email. Lo guardó, diciéndose a sí mismo que no había sido una casualidad, sino un mensaje directo hacía su persona, un claro "escribíme, esa sonrisa no es para cualquiera".
Subió los dos pisos que le quedaban hasta su oficina, en donde hacía las veces de empleado administrativo y cadete, trabajo que le permitía pagar sus estudios universitarios que algún día lo llevarían a un escritorio en una casa frente a un lago, no importaba demasiado cuál, en el que podría por fin escribir a tiempo completo todas esas cosas que brotaban incansablemente de su cabeza. Y ¿por qué no? se animó a soñar, con ella cerca, alcanzándole de tanto en tanto un trago, un sandwich hecho en casa o una palabra de aliento. Es que él era todo un soñador y no había límite para eso.
Al llegar a su escritorio miró la tarjeta como si no la viera, ya pensando en el calor de un improbable hogar y en los hijos que tendrían esos ojos a los cuales había podido llegar a ver sólo durante un efímero momento, pero que ya sentía la necesidad de volver a mirar en profundidad. Sacudió su cabeza y se criticó su falta de concentración, debía terminar el trabajo del día antes de hacer nada más, le debía eso, al menos, a su carrera y sus sueños. Pudo despejarse lo suficiente para dejar el papel a un lado y comenzar a cargar las facturas que venía de pagar en el sistema que se colgaba casi tanto como él mismo. Cargó las compras realizadas para la empresa con una efectividad inusitada, línea a línea iba escribiendo los códigos correspondientes a los insumos varios, el toner para la impresora, los teclados que les habían solicitado los chicos de sistemas y otras cosas que le resultaban banales, innecesarias para la vida. Al terminar comenzó a cerrar la computadora de la oficina, tomó la tarjeta que había quedado a un lado en su escritorio y se dispuso a escribirle a esta desconocida que ya tenía un nombre.
Asunto: "El ascensor"
Hola, mi nombre es Juan, soy el desconocido que te sonrió con algo de vergüenza en el ascensor hace unos minutos. Podría suponer que se te cayó una tarjeta de presentación antes de bajarte, pero la realidad es que prefiero creer que fue con intención, así que te escribo. Me gustaría poder tomar algo juntos, si puede ser esta misma tarde, hay un bar en la esquina de Reconquista y Tres Sargentos, cerca de este edificio. Yo invito la cerveza y si esto fue una casualidad, te devuelvo la tarjeta y sigo mi camino.
Saludos,
Juan.
La respuesta no tardó en llegar.
Asunto: "RE: El ascensor"
Las casualidades no existen. Asumo que ya sabés mi nombre. A las 19:30 estaré en el bar que decís, lo conozco y estaré a gusto con que pagues por mi cerveza.
Un beso,
Lu.
El éxtasis que sintió al recibir tal respuesta rápidamente se extendió por todo su cuerpo. El tono del mail era imposible de pasar desapercibido, así que no había sido casualidad. Y no se despidió con un frío "saludos", sino con un beso, eso hacía toda la diferencia, pensaba, ni hablar de la confianza que le había regalado utilizando un apodo familiar en lugar de Lucila, su nombre completo. No había dudas en su cabeza, la chica misteriosa ahora no sólo tenía nombre sino que también tenía deseo. No contestó, seguro de que ya estaba todo arreglado.
A las 19hs se dispuso a salir de la oficina con una aparente tranquilidad que estaba muy lejos de su sentir, caminó por el centro de Buenos Aires, haciendo tiempo para que pasen esos minutos que en su organismo se sentían como horas y horas que nunca se acababan. Minutos antes de lo acordado, se acomodó en el bar de la dicha esquina y comenzó a dudar de si la reconocería, al fin y al cabo solo la había visto fugazmente, o peor, si ella lo reconocería a él fuera del ascensor, o si lo veía y decidía que en realidad no era lo que quería.
Así se agolparon los pensamientos negativos, perdido de la situación real, cuando ella se aproximó a la mesa de dos en donde estaba él sentado, y con una sonrisa se sentó mientras practicaba un, hola, Juan, ¿esperaste mucho?.
Charlaron durante unos minutos, midiéndose, gustándose, riendo, hasta que ella, decidida, lo invitó casi con brutalidad a dejar ese lugar e ir a un telo, que queda acá a unos metros, dijo con conocimiento de causa. Accedió un poco desorientado pero con gusto, pidió la cuenta que había prometido pagar y salieron caminando con dirección más que definida.
Se mataron, tuvieron una suerte de química que él no había sentido nunca y para la que ella no parecía estar preparada. Luego de un breve descanso volvieron al ataque y estuvieron así durante las 3 horas que duraba el turno que habían pedido. El timbre que anunciaba los últimos minutos con los que contaban los encontró a ambos agotados por el afortunado encuentro. Mientras se vestía ella le confesó que estaba casada y que, lamentablemente, esto no iba a poder repetirse. Él no podía entenderlo, intentó decirle que eso era un error, que no era parte de lo que él había creído mientras ella le acariciaba la cabeza y le explicaba que la vida era así, que no todo puede salir como se lo sueña, mi amor, esto es todo a lo que podíamos acceder.
Se fueron cada uno para su lado, sin mirar atrás.
El llegó a su casa dispuesto a escribir un cuento que terminara esta historia de otra manera y tomó una botella de whisky que tenía siempre a mano. Se terminó lo que quedaba antes de llegar a escribir la segunda página y decidió que ya era demasiado tarde, debía dormir para al otro día volver a la rutina que alguna vez, algún día, le permitiría cumplir con sus más anhelados deseos. Tomó tal vez demasiados somníferos y estaba conciliando el sueño necesario, cuando sonó la notificación del teléfono móvil que anunciaba la llegada de un nuevo correo electrónico. Estiró la mano casi al borde del abismo de la vigilia y sólo pudo lograr que el celular cayera de la mesita de luz. Una parte de su mente llegó a lamentarse al punto que se escurría de la realidad. Desde el piso, la luz de notificación del aparato parpadeaba impávida.
La mañana siguiente.
Ningún pibe : me gustó tu cuento on demand. Pocas cosas terminan bien, aun las que deberían haberlo hecho.
ResponderEliminarMe atrevo a invitarte a mi casi anónimo : http://laexactituddeldolor.blogspot.com.ar/ quien te dice, quizás te gusta algo, lo comentas y....