sábado, 3 de enero de 2015

La mañana siguiente.

Se conocieron en un ascensor.

Amaneció temprano, con dolor de cabeza y la lengua reseca pegada al paladar. El cuerpo le pasaba factura de los excesos innecesarios de la noche anterior.
Extendió la mano para tomar el celular y verificar la hora, se sorprendió por no encontrarlo en su mesa de luz, el lugar donde siempre lo dejaba, cuando vio la luz que le indicaba que tenía un mensaje sin leer, parpadeando desde el piso. Lo tomó para ver como la batería cedía y el aparato se apagaba, sin otro sabor que la amarga música de la compañía de telefonía móvil. Con algo de ansiedad buscó el cargador por todos lados, recordando al fin que lo tenía en la oficina, donde lo dejaba siempre entre semana; este dolor de cabeza que no me deja pensar. Dejó el celular no sin antes intentar encenderlo nuevamente, aunque sea un minuto, le rogó, pero no hubo caso, la tecnología que funcione a ruegos cambiará para siempre la historia de la humanidad, pensó con media sonrisa y fue al baño para satisfacer las necesidades físicas de la mañana. Abrió el botiquín y revisó con ansias, buscando una de esas pastillas que prometen todo el tiempo por la televisión quitar el dolor de distintos lugares del cuerpo, aunque nunca, ninguna le apunte al alma, que esos dolores no se van con píldoras mágicas.
Desayunó sin prisa y entre las tostadas y el mate demasiado caliente las imágenes de la víspera se agolparon en su cabeza ya afectada de manera positiva por el ibuprofeno. Quiso sonreír con la conquista, pero el lamentable desenlace hizo que le asomara una suerte de bronca que pujaba con la tristeza. Terminó de mordisquear sin ganas el pan con algo de manteca y fue al baño a ducharse, sintiendo, por primera vez, que algo le faltaba en esta vida. Se cambió, verificó que en su mochila estuviera todo lo indispensable para otro día laboral que ya creía largo, e intentó leer sin entusiasmo las líneas que había dedicado a la noche anterior.

Salió de la casa, caminó las dos cuadras que lo separaban de la avenida y espero paciente el colectivo que lo llevaría hasta su puesto de trabajo. Todo era un poco gris y frío, la ciudad se cerraba a su paso con angustia y comenzó a caer una pequeña garúa que en su mente consideró de lo más apropiada. Una vez en el colectivo intentó leer algunas páginas de un libro que había comenzado hacía un tiempo, pero el vaivén del vehículo lo hacía perder el equilibrio y le costaba demasiado sostenerse a la vez que mantenía el montón de hojas encuadernadas con prolijidad al alcance de su vista. Guardó el libro y siguió con sus pensamientos, cada vez más lúgubres.
Llegó a la oficina, se subió al ascensor y midió a cada uno de los casuales acompañantes del día. Todas las caras le resultaron desconocidas y eso lo enojó más de lo que podría haber supuesto. Se criticó por esto, al tiempo que sacudía la cabeza para despejarla, la vida continúa, Juan, no fue más que un buen rato. Aceptalo.

Una vez en el piso correspondiente salió y saludó con lo que creyó una mejor cara y tono apropiado a los compañeros que fue cruzando camino del escritorio. Acomodó algunos papeles, encendió la computadora, aprovechando el tiempo que se tomaba en iniciar para ir a buscar un café, el segundo del día, pensó.

De vuelta a su puesto verificó los emails laborales, abrió el primer cajón que tenía designado, tomó el cargador del celular, lo enchufó debajo del escritorio y al teléfono todavía muerto que sacó del bolsillo izquierdo del pantalón. Al encender, la notificación de un mensaje sin leer sonó con el desinterés que sólo puede venir de una máquina.

Leyó, mientras el café se enfriaba y una sonrisa repleta de esperanza asomaba en su cara.

Asunto: "Arrepentimiento."

Hola Juan,
En mi vida las cosas se fueron dando siempre de manera ordenada. Una vez terminado el colegio secundario, conocí a mi actual pareja con la que salimos sin mayores obligaciones a través de todos mis años en la universidad. Me recibí rápido y con el foco en mi carrera, conseguí un empleo a ese respecto y una vez estabilizados ambos nos casamos con nuestras familias de testigos. Disfrutamos de nuestro matrimonio durante unos años hasta que decidimos que ya era hora de tener un hijo, así fue que compramos un departamento, decoramos una habitación y nació el que luego de unos años sería mi único sostén en este entuerto. Vivimos en un acuerdo implícito de respeto y acompañamiento que siempre nos sirvió. Luego de un tiempo, comencé a tomarme ciertas libertades y asumo que mi marido hizo lo mismo, pero siempre con la prioridad puesta en nuestra familia que para el mundo es color de rosa. Por eso dije lo que dije anoche, es una de las cosas que tengo incorporadas; parte del asunto.
Pero siempre hay un pero, o al menos no tarda en llegar.
Lo que sucedió con vos es algo nuevo, diferente, que nunca antes había experimentado y por lo que, creo, estoy dispuesta a romper algunas de las reglas que me impuse en un tiempo que desconozco.
Voy a tomarme el atrevimiento de pedirte dos cosas, y vos serás libre de hacer ambas, alguna o ninguna, según sea tu consideración.
La primera es que sepas disculpar mi brutalidad, van estas líneas a modo de explicación.
La segunda, que me escribas, si lo que pasó, no fue tan solo un invento mío.

Con deseo,


Lu.


Algo real.

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