Las vacaciones de los Rodríguez comenzaron como lo hacían todos los años, desde hacía ya bastante tiempo.
Tenían un lindo ritual, en el que preparaban todo en grupo y cada uno tenía una tarea específica asignada. Los chicos, René y Violeta, preparaban cada uno su bolso teniendo en cuenta una lista exhaustiva que cada año papá se encargaba de actualizar y mejorar. Mamá se encargaba de las compras para el viaje y los adminículos comunes, entre los que se incluían los de higiene personal, entre otros. Papá, con una obsesión que lo había ayudado a escalar rápidamente en su trabajo de administrativo, llevándolo a ser uno de los mejores y más jóvenes gerentes de la firma internacional para la que trabajaba, preparaba el auto, revisando cada centímetro del mismo, poniendo la presión precisa en cada rueda, sin olvidar ni un solo detalle que hiciera al confort y a la seguridad de los suyos. También estimaba los costos del viaje, las paradas que deberían hacer, dónde y cuánto tiempo deberían durar. Todo estaba bien pensado y bajo un estricto control.
Es que las vacaciones empiezan un par de días antes, con los preparativos, decían siempre.
Durante el año, cada uno se ocupaba de lo suyo, los chicos hacían bien sus tareas en el colegio y, cada uno en su división, eran los mejores promedios, los más populares entre sus amigos y destacados deportistas. René jugaba al fútbol y era un gran ocho con marca y distribución. Violeta, por su parte, era una excelsa nadadora que ya a sus 17 años había levantado más de una vez medallas en torneos regionales y nacionales. Mamá y papá trabajaban y se los podría considerar exitosos, nunca tenían problemas graves y los pequeños los resolvían entre todos, unidos. Y sus vacaciones eran ese momento hermoso en el que compartían varios días juntos, en una armonía deliciosa y todos las esperaban con ansias.
Los Rodriguez eran, en definitiva, una familia feliz.
Se creía que Violeta iría a la costa con sus amigas, que las contaba a montones, pero ella no quería perder ese momento con aquellos que verdaderamente disfrutaba, ni loca, decía cuando le preguntaban. Ellos, iban juntos de viaje. Eran sus tres semanas de descanso, disfrute y ninguno de los integrantes pensaba ni un segundo en perdérselo.
Así que luego de tener todo en perfecto orden, se fueron dormir para, al día siguiente, partir de viaje.
Se despertaron temprano, antes del amanecer, el viaje era largo pero jamás tedioso, concluyeron con los últimos preparativos, calentaron agua y café que colocaron en sendos termos, subieron al auto, pusieron música y tomaron la autopista del oeste, para encarar la ruta nacional número 5 hacia el primer destino, que solo incluía cargar nafta y algún que otro minuto de relax bajo el sol de una Buenos Aires húmeda y deliciosa ya en las primeras horas de la mañana.
Continuaron el viaje, ahora todos bien despiertos, que la madrugada había quedado atrás, cantando y contándose anécdotas e historias los unos a los otros.
La siguiente parada era de las más esperadas por todos, solían hacerlo siempre, sin importar el destino: elegían uno de esos descansos que existen en las rutas, con mesas y parrilla, donde asarían unas tiernas carnes que mamá había seleccionado con especial ahínco y el buen ojo que la caracterizaba. Una vez allí, los preparativos rápidos y eficaces no se hicieron esperar. René buscaba algunas ramitas, Violeta organizaba la mesa con dedicación, mamá se comprometía con las ensaladas y las bebidas mientras papá ya estaba ocupado con el salado de la carne y el fuego.
En el descanso había otra familia, lo cual no gustó demasiado a Los Rodriguez, que estaban acostumbrados a no cruzarse a nadie en estos lugares, pero tampoco era algo grave y el sitio había sido elegido de antemano. En el parador también había un santuario grande del Gauchito Gil, con una casilla que parecía demasiado grande para el objeto con el que creían que debía cumplir. Al frente, un campo de girasoles que miraban con curiosidad al astro alto en el cielo, adornaba el paisaje con sus amarillos y verdes típicos de la zona pampeana.
El señor Fausto, padre de “los otros”, estaba rindiendo culto al Gauchito, dejando una botella de agua y una cinta roja en el santuario. Esto causó gracia a los Rodriguez, que no hicieron más que mirarse con complicidad.
Tres niños pequeños, de la misma altura y mal vestidos corrían por el descanso, molestándose y pegándose entre ellos, mientras una señora que contaría con unos ochenta años mal llevados, los pelos grises, enredados en la cabeza y la ropa raída le conferían un aire de bruja de otra época, los observaba como sin ni siquiera los viera, balbuceando ininteligiblemente para sí misma, sentada en una de las dos mesas de concreto que había en el descanso. Esto hizo que mamá, mientras seguía absorta con la ensaladera, agradeciera por lo bien que se comportaban sus propios hijos, fieles compañeros y amigos entre sí.
Cuando el fuego estuvo casi listo para recibir el asado, el señor Fausto se acercó a papá y le comentó que ellos mismos estaban a punto de cocinar y si podían compartir la parrilla. Él aceptó sin muchas ganas, pero con la humildad y consideración por los demás que lo definía y por las que había ganado el respeto y la admiración de todos quienes lo conocían.
Fausto, de un grito que les pareció espantoso, instó a su hija adolescente a que trajera los utensilios para la comida. La chica, de manera algo torpe aunque voluptuosa, pasó cerca de la parrilla y con sensualidad saludó al papá de los Rodriguez, que se quedó mirándola más de lo que correspondía y luego agachó la cabeza con algo de vergüenza en los ojos, ante la risa de Fausto quien con un guiño, le dijo, no se preocupe, buen hombre, nos pasa a todos.
Mamá se acercó y abrazó a su marido, entendiendo la debilidad del momento y tranquilizándolo en susurros.
La chica siguió su camino hasta el mismo santuario del Gauchito, no sin antes mirar de reojo a Violeta que le devolvía la mirada con algo parecido a la desaprobación. Cuando volvió, lo hizo con una heladerita repleta de cervezas. Fausto agarró dos y le ofreció una a cada uno de los padres, que las rechazaron con amabilidad; ellos no podían beber, explicaron, siendo como era que les tocaba seguir conduciendo luego de esta parada.
Los Rodriguez comenzaron a sospechar de estas gentes que nunca habían traído nada para comer y así se lo hizo saber la madre a su esposo. La camioneta que, pensaron, sería de Fausto era blanca, se encontraba semi destruída con un agujero extraño en uno de los laterales y descansaba cerca del santuario, con demasiada vegetación alrededor, tanta que hacía sentir que no se había movido de allí en mucho tiempo. Se miraron entre sí extrañados y acordaron en voz baja que esta vez, el almuerzo sería más corto de lo estipulado.
La chica volvió al santuario pero esta vez llamó a los trillizos que fueron corriendo tras ella. Fausto tomaba de su cerveza a grandes tragos, mientras hablaba con el ya muy incómodo señor Rodriguez, que estaba rodeado por su familia de manera protectora aunque inconsciente.
Los trillizos y su hermana volvieron de manera sigilosa por detrás de ellos y se quedaron quietos, silenciosos, muy cerca de los Rodriguez, que nunca se percataron del movimiento.
La vieja, como comandada por una señal que nadie había percibido, comenzó a gritar con un estruendo que no podría salir de su garganta vieja y oxidada, pero sin embargo ahí estaba, haciendo doler los tímpanos de los Rodriguez que miraron como Fausto sonreía, indiferente al sonido de la vieja. Los cuatro quedaron duros, imposible moverse, absorbidos por completo por el ruido incomprensible que salía desde esa boca que no podían dejar de mirar. El hechizo duró lo que parecía una eternidad y fue roto cuando sintieron, al unísono, el frío azul de las cuchillas bien afiladas que se enterraban en la carne de sus espaldas, empuñadas por los cuatro hermanos.
Ahora el fuego ya estaba listo. La faena había comenzado a la luz del sol del mediodía y con un campo de girasoles como testigo.
* Con la inestimable ayuda de #promogénito.

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