martes, 17 de marzo de 2015

Carta para mis hijos. Y para mí.

De chico siempre escuchaba que lo importante era ahorrar. Dinero, mayormente, pero en mi cabeza lo imaginé como si debiéramos ir por la vida guardándonos cosas, gestos, momentos.

Esto no intenta ser un consejo sino más bien un descargo de lo aprendido, que estas cosas, creo yo, no hay que guardarlas.

Para empezar quiero aclarar que no voy a hablar en términos económicos, ya que nunca fui bueno en la materia y no lo pienso empezar a ser ahora, de cara a vos que estás leyendo esto.
Hay algo de regocijo infantil, idealista, en esta ignorancia, lo confieso, me gusta sentirme desapegado de lo material, aunque a veces desee algunas cosas con un fervor que me critico a mí mismo e intento controlar. Entiendo a estos impulsos como tales y por suerte, en materia económica, siempre tengo otras prioridades. Mis hijos, entre las que ranquean bien arriba.

Volviendo al tema del presente, no voy a hablar de cuestiones del dinero, creo que eso quedó aclarado.

Dicho eso, va esta frase.

No ahorres. Nunca. Lastima a uno mismo y a los demás. Haceme caso, no ahorres.

No ahorres en canciones, levantate todas las mañanas y cantá, bailá, así sea en soledad o en compañía, que la música es el mayor alimento del alma y tiene el don desde siempre de llegar al fondo del corazón y darle lo que necesita para arrancar un día que siempre puede ser glorioso. O terminar uno que fue malo y hay que dejarse llevar por esa música al reino de los sueños.

No ahorres en ridículos, en caer en gracia propia o ajena, en hacerlo cerca de alguien querido, que no hay mejor forma de acercarse a los demás que metiéndose en sus sonrisas para siempre. Sé anécdota y recordá la de los demás.

No ahorres, por nada del mundo, en esperanzas, de esas que te ayudan a erguir un poco más la cabeza, levantar la frente al sol y caminar, no con orgullo, sino con dignidad, sabiendo (siempre sabé) que todo mejora, que hasta el dolor más profundo tiende a disiparse en el tiempo y si bien hay cosas que no sanan nunca, sí tenemos la oportunidad de hacerlo a un lado y seguir nuestro camino. Y cada tanto recordar, por qué no, para saber cómo fue que lo recorrimos y qué tuvimos que superar para llegar a donde estamos, que sin los dolores no seríamos nosotros mismos.

No ahorres en zapatos. Gastalos siempre, todos, como más te guste. Gastalos bailando, caminando, corriendo o viajando pero siempre hasta que las plantas de los pies sientan el suelo, la tierra. Descree de la quietud y movete, para donde te lleve el corazón y hasta donde te den las piernas. Y si hay que dejar de mirar atrás por un tiempo, hacelo sin culpa, que habrá algún día un momento para volver sobre tus pasos con el corazón más sano, fuerte y poder revivir con otra mirada lo que tuvimos que sortear. Y si ese momento no llega, que así sea, vos seguí tu camino, la senda de lo que quieras hacer, que para eso viniste.

No ahorres en sonrisas ni siquiera cuando sientas que el mundo se cae encima y todo se sostiene sobre tus hombros, cuando sientas que no das más, cuando creas que nada puede ser peor, ahí es donde más tenés que sonreír, que es la llave de la mayor cantidad de puertas que pude alguna vez conocer, pero sobretodo la llave de muchos corazones, incluyendo el propio. Aprendé a reír de las desgracias, de las tragedias y de los males, que la risa te va a sacar de esos y de peores lugares.

No ahorres en sueños, aunque se frustren, no esquives las fantasías aunque parezcan imposibles. Soñá vos, soñá con otros. Viví el presente, pero siempre tenete un sueño a mano, que son el helio de algunos globos hechos de momentos que nunca dejan de subir. La locura es no soñar, no creer que se puede eso que deseas con locura. Porque así se desea, con locura. Como también así se ama. Es muy probable que te cruces con mucha gente, toda una sociedad repleta de prejuicios, moral y otras yerbas, que te digan que no se puede una cosa, que no se debe, que no es para vos. Seguramente sea alguien cercano el que lo haga. Quizás hasta sea yo mismo o incluso vos y tus propios miedos. No escuches a nadie, que cuando se trata de vos, sos el único que decide.

No ahorres en abrazos, por favor, nunca lo hagas, que no se sabe cuando quieras abrazar a aquel que ya no esté y no haya otra opción que cerrar los brazos entorno sólo del aire con olor a melancolía.

En definitiva, no ahorres en vivir, que nada nos asegura que esta no sea la única oportunidad que se nos da para poder, de alguna forma, vivirla.

5 comentarios:

  1. Ahorrar es quedarse quieto. Y a veces se confunde estar quieto con estar seguro, con estar protegido de algo que puede o no llegar algún día. Puede ser que por eso el consejo del ahorro sea tan popular, jugarle a lo seguro.

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    1. Me gusta tu visión, batipachi. Y agrego que, para mí, quedarse quieto es morirse de a poco.

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  3. Hermosas letras Ninguno, traspasa!!!
    💛

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  4. Hermosas letras Ninguno, traspasa!!!
    💛

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