viernes, 3 de abril de 2015

Algo real.

La mañana siguiente

No fue un invento tuyo ni tampoco mío, para nada, esto que pasó fue demasiado especial como para pasar desapercibido, pensó para sí mismo.

Juan no era un tipo de los que se puede decir que tuvo demasiadas experiencias sexuales en la vida, pero tampoco era un neófito en el asunto y entendía muy bien la diferencia, aunque no hubiera podido explicarlo en ese momento, entre todas los encuentros que había vivido con anterioridad, incluyendo un pseudo noviazgo fallido que duró unos seis meses, y esto que había sucedido tan solo hacía unas horas, ni tan siquiera un día entero, pero que ya le sonaba remoto.
Una suerte de necesidad imperiosa lo tomó por sorpresa y un deseo de lo más primario, animal, lo paralizó. Nunca había sentido algo así, una urgencia tal que, de no utilizar toda su fuerza de voluntad, lo habría hecho salir disparado en busca de ese alguien tan deseado al que ni siquiera podría ubicar en un mapa.

Él siempre fue un tipo soñador, aunque nunca perdió de vista la practicidad de las cosas. Con sus objetivos claros, vivía la vida de manera correcta, tranquila y sin demasiados sobresaltos. Sólo se daba rienda suelta al escribir, era su lugar de vuelo, por decirlo de alguna manera. Así y todo había conocido el amor, o al menos lo que creyó reconocer como tal, en varias oportunidades, que el amor no es como lo pintan, para siempre y atado a una sola persona, sino que se va modificando, incluso cambia el portador, casi con sonido de enfermedad, aunque tal vez haya algo de una misma persona en varias distintas, esa con la que nos animamos a abrirnos de pleno y entregar sin condiciones nuestra soledad. Después de un tiempo, casi con tristeza, empiezan a aparecer las condiciones y los términos de esa entrega, y todo se hace cuesta arriba. Así le pasó a Juan cada una de las veces. Tanto, que se había convencido de que todos los amores tenían al menos eso en común: una fecha de caducidad. En las batallas internas de su mente se encontraban esas ganas irresistibles de estar acompañado, bien cerca de aquellas otras, que adoraban la independencia y el manejo completo de sus tiempos, de sus decisiones.

Por eso, y sin saberlo todavía, le llamaba la atención Lucila. Ella tenía su vida armada, no necesitaba de él, pero lo deseaba. Era perfecto, podría estar acompañado de alguien, con vacíos que podría utilizar para estar consigo mismo.

Lucila se sentía abrumada. Pensó mil veces antes de enviar aquel mail en dónde asumía su error y a la vez su debilidad. No le llevó mucho tiempo, que si se lo tomaba, no lo hubiera hecho, pero todo había sido tan perfecto, la piel de los dos rozándose se sintió como nunca antes, cada movimiento era perfecto, cada penetración había sido la justa. Como si encajaran de una manera que sólo podía imaginarse en sus sueños más descabellados.
Se había acostumbrado a una suerte de disfrute que intuía bueno, que adoraba sin saberlo y ese rato con él lo había borrado de un plumazo, todo quedaba relegado a un plano secundario que consideró desde una nueva óptica, mediocre, sinsabor. Y ella no era mediocre, no quería eso, no podía aceptarlo. Así que escribió y apretó el botón de "enviar" que, en lugar de la culpa que creyó propicia para ese momento, le generó un sentimiento de libertad. La pelota, de su lado, como mandan los manuales.

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