sábado, 11 de abril de 2015

Llave en cruz.

Como todas las noches de sus 34 años, verificaba en un ritual consistente, la única puerta de su casa que daba a la calle, asegurándose al menos dos veces de haber pasado una vuelta y media a cada una de las tres llaves que la separaban de los indeseados habitantes del mundo exterior.
Escondía en su obsesión un miedo heredado de su madre y se parecía, tal vez sin conciencia, más a ella que a sí misma, y se justificaba diciendo que era una maña mal observada que la cuidaba de todos los males habidos y por haber en la gran ciudad a la que se había mudado después de una infancia traumatizada y una peor adolescencia en el interior del país.

Había llegado con unos tiernos dieciocho años y la idea de una carrera profesional impecable, sin sobresaltos. Nunca pensó que sería para ella todo lo que derivaba de la noche, a la cuál también le temía y le rehuía, siempre con la excusa de sus estudios de dama prolija y responsable. Así fue que se forjó un alto promedio en una universidad de renombre y rápidamente comenzó a escalar en la sociedad, sin proponérselo, que tampoco le interesaba demasiado la buena vida, ni sabía para qué usarla, aunque se encontró acostumbrada a una comodidad que le impedía volver a su pueblo natal para estar con los suyos.

Pero aquella noche, cansada por demás luego de un arduo día de trabajo en la oficina que cada día le pesaba más y más, olvidó validar su ritual y cayó rendida por el agotamiento luego de una cena frugal y sin demasiado gusto. Entre sueños, escuchó unos ruidos que su mente cansada discriminó de los que solían escucharse en aquella zona en la que residía y se sentó en la cama despejando la cabeza casi de inmediato. Se restregó los ojos para despabilarlos y se dijo a sí misma que levantarse era la única posibilidad, así que caminó con una fuerza que surgió más del miedo que la abarcaba que de otra cosa. Bajó las escaleras internas que llegaban hasta el living donde estaba su querido sillón en el paso hacia la puerta, desde donde provenían los sonidos. En el último escalón se quedó dura, congelada, en la observación de que las llaves se movían inquietas al unísono, con un tintinéo que le rebotaba en la cabeza ya libre de todo sueño y cansancio, atenta solamente a ese sonido y ese movimiento que le paralizaba los miembros cual si fuera una trampa mortal de la psiquis. No pudo hacer nada. No atinó a salvar los dos metros que la separaban del teléfono que tenía grabado en la memoria el número de emergencias, ni tan siquiera a subir hasta su cuarto y taparse con el acolchado, como haría cualquier niña en un susto como el que llevaba. Ella, solo logró quedarse ahí, fría, asustada y con los ojos muy abiertos observando el movimiento inequívoco de aquellas llaves.

Todo sucedió en escasos segundos, pero para ella fue toda la eternidad que necesitó para recordar los momentos que la habían marcado en su vida. Volvió a tener cuatro años, en su primer día de jardín de infantes cuando conoció a Juan, al que consideraba su único verdadero amor y a quien nunca había realmente olvidado. Luego a los ocho, cuando con una piedra que iba dirigida a uno de sus amigos del barrio reventó el vidrio de doña Soledad, la vecina que luego había ido a recriminarle la falta de criterio para el juego, en el comedor de su casa, bajo la mirada de reproche implacable de su madre. También pasó por sus trece años, cuando el terror de ingresar a un colegio secundario desconocido hizo que deba volverse a casa con la bombacha empapada, las mejillas moradas de la vergüenza y sin haber podido atravesar la puerta del que sería su lugar de estudio por los siguientes cinco años. O a los dieciséis, que soñando con haber encontrado a su antiguo Juan en el cuerpo de otro, se llevó una decepción que acarrearía por toda su vida adulta y asexuada. Y por fin a sus veintitrés años, donde a la salida con su diploma en mano y una sonrisa se le iba borrando en la falta de amigos o incluso familiares con quien compartir un logro que en definitiva y para ella, no valía nada. Recorrió todas sus frustraciones y su vida repleta de sabores amargos que no pudieron tranquilizarla ni un solo segundo, petrificada por la seguridad de que su vida no era lo que debería haber soñado, arrepentida por todo y decepcionada de todos, incluso de ella misma.

Ahí mismo, parada en el primer escalón de su casa vacía y en el último de su vida vacía, la encontró el final, de cuerpo muy quieto pero con un grito desgarrador que le brotaba desde la garganta y que fue el que empujó con miedo el dedo que descansaba en el gatillo del arma de aquel tipo que había creído que esa noche era entrar, sacar lo que encontrara y salir, sin pensar que iba a dejar el barrio corriendo con la espalda cargada de esa vida que desconocía por completo, pero cuyo final imprevisto lo perseguiría para siempre.

* En completo agradecimiento a los malos sueños de Julieta.

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