El cuerpo de espaldas al objetivo. Vacía la mirada, como perdida. Poseída el alma por alguien o algo de inconmensurable poder, vertiendo cada gota de voluntad sobre esa persona, pequeña, un grano de arena en la historia del universo.
Entonces se genera el movimiento, voluntad de esa energía que todo lo abarca y todo lo hace moverse. Mira para un lado, luego gira para el otro. Vuelve a girar, pasa entre dos y sigue.
Amaga, la gambeta es divina, de otro mundo. Sigue, no saca la mirada de la pelota, como si no la viera, como si no tuviese que verla. Vuelve a amagar, ya está cerca, se mueve para un costado, después para el otro y, cayéndose, con la pierna hábil, simplemente la empuja al arco, casi descreído de lo que sucede, casi como si fuera irreal o tal vez inevitable.
Es gol, por supuesto, como debía de ser. Como lo fue siempre desde el día en que lo imaginó en su potrero de barrio. Pero esa persona vuelve inmediatamente a ser eso, pequeña, un grano de arena en la historia del universo. Aunque a nosotros nos siga pareciendo un Dios supremo, de otra galaxia.
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