lunes, 1 de agosto de 2016

Víctima de mis prejuicios

No soy de esa gente que compra todo lo que se vende en la vía pública, en el tren, en el bondi o incluso en la tele. Eso de "culo veo, culo quiero" me vino fallado, por suerte. No me gusta consumir y acepto que lo hago a regañadientes.

Pero esta mañana me sucedió algo extraordinario, en cuanto de vendedores ambulantes se trata.
Iba yo en el subte, como casi todas las mañanas de mi vida, igual a muchas de las mañanas de las vidas de las muchísimas personas que trabajamos en esta tanto como en cualquier otra gran urbe, decía, que iba viajando en el subte y pensando en lo que una persona como yo piensa durante el viaje matutino hacia la oficina, esto es, ¿qué fue lo que hice tan mal que no puedo estar durmiendo a esta hora, carajo?, cuando de repente y cómo quien no quiere la cosa, fui víctima de mis propios prejuicios.

Voy a aclarar esto antes de seguir con la historia: todos tenemos prejuicios, pero algunos de nosotros (no quiero apuntar el dedo a ninguno acá, no se sientan tocados, o sí, hagan lo que puedan) intentamos concientizarlos, sigo hablando de los prejuicios, para que no afecten nuestras decisiones diarias de manera negativa.

Aclarado aquello, sigamos con esto otro, la historia.

Decíamos que iba sentado, aclaro ahora, en el subte, cuando subió el primer vendedor ambulante, o al menos el primero del que fui consciente en este viaje particular, vendiendo a voz en cuello una lupa de algún material no del todo confiable para, oigan esto, “poder leer contratos, la letra chica esa que se nos escapa”, de verdad que el mundo no puede terminar bien si seguimos utilizando estas estratagemas poco alegres para embaucar a nuestros clientes, el contrato con texto ambiguo, inentendible o letra pequeñísima, en fin. Volvamos al griterío de este humilde señor con sus lupas que era tremendo, también quiero aclarar que esa voz no va a durar mucho más, lo digo sin ser un especialista de la otorrinolaringología, que gritar en el subte no puede ser bueno para nadie, pero para colmo entre medio de estos sus gritos desesperados de venta, pasó otro vendedor, este sin ganas de desgañitarse la garganta, repartiendo pañuelitos para la nariz, no iban a ser para los códigos que este último no los tiene, en mi época, señores, los vendedores ambulantes esperaban pacientemente en el final del vagón a que su compañero termine la ronda, para bien o para mal, con el producto que tenga, que entre fantasmas no se andaban pisando las sábanas, dirían también en aquellas épocas en donde hasta los chistes parecían inocentes, la internet rompió todo, lo digo sin creerlo, por el bien de la analogía. Mi primera sorpresa había sido esa, la del vendedor que pisaba con sus ventas al anterior. Se ve que no suelo prestar mucha atención en los viajes, pero me quedé atento esperando el insulto del uno para con el otro por el mal tino de entrometerse en los negocios ajenos, cosa que no sucedió, el mundo cambia y no siempre es para donde uno esperaría. La cuestión es que para mi segunda sorpresa, no por eso menos sorprendente, el destino me tenía preparado lo siguiente, y es que estando todavía los dos primeros vendedores, apareció un tercero también gritando, este, por caso, vendía cartas. "Cincuentas cartas españolas" [sic] eran las que vendía, para todo tipo de juegos. ¿Quién no necesita un mazo de cartas? A mí, que tampoco soy un experto en gramática, me hizo ruido el "cincuentas cartas" y me dije a mí mismo que eso no iba a determinar el curso de mi decisión de comprar las mismas, no me iba a dejar llevar por ese rechazo que me generaba el mal sonido de aquel plural inventado, así que me acerqué al muchacho y en poco tiempo logré el intercambio esperado en estos casos, dinero por producto.

Bajé del subte, que justamente era aquella próxima siguiente mi estación, digo “mi estación” con una suerte de reconocimiento mutuo, el de la estación y mi persona, que ya nos conocemos, chamiga, casi todos los días nos andamos. Salí del túnel subterráneo orgulloso con mis cartas y con mi resolución de que esa palabra que tanto me afectaba "cincuentas" no haya alterado un ápice mi vida, cuando me puse a pensar, seriamente, ¿por qué habré comprado estas cartas?

Empecé mi relato diciendo que casi nunca (y eso es todo un dato) compro cosas que se venden en la calle o en el transporte o en la televisión, porque no está en mi naturaleza, pero acababa de pisar la calle con un mazo nuevo de cartas que no necesitaba. La cuestión es que en mi cabeza se cruzó un leve prejuicio que tenía que ver con el vendedor diciendo "cincuentas cartas" una y otra vez y yo, sin quererlo, decidí que eso no me iba a impedir comprar su producto. Faltaría aclarar si el señor este tenía esa rebuscadísima estrategia, pero lo dudo bastante. Tan solo fui víctima de mi propio prejuicio y compré las cartas porque no haberlas comprado hubiera parecido ser víctima de mi propio prejuicio.

Válgame.

A veces uno siente que solo es la cara, pero no.

Pensar que mi vieja se preguntaba si podría ser más idiota de haber tenido tiempo para practicar, ¿ves, mamá? no hacía falta tanta práctica para mejorar.

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