Despierta, se despabila sin dificultad, hay mañanas que cuestan menos que las otras. Y esta debe costar mucho menos que las demás, que fueron demasiadas. Piensa, quien sabe, en cómo funciona el tiempo y sonríe.
Quizás ponga el agua para hacerse unos mates o un te y vaya al baño, que después de todo las necesidades son las que comandan nuestros actos. Y vuelve a sonreír, esa alegría que brota con aires de justicia tardía pero, eso sí, con la absoluta certeza de que después de casi cuarenta años de buscar, levantar piedras y revisar recovecos, esta vez, por primera vez, no debe salir a reconstruir su familia. De alguna forma está completa.
Y tal vez también llora, entre sonrisas y recuerdos, porque la alegría es así, absurda.
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