lunes, 25 de agosto de 2014

Relativo.

Bajé 200 gramos.

Usted quizás se diga a sí mismo, mientras lee esto, que 200 gramos es poco, tal vez nada. Pero seguramente lo haga porque los bajé yo y esa baja no se aplicó a otra cosa.
Supongamos ahora que yo tengo una verdulería y usted es mi fiel cliente, muy improbable fiel cliente, entra muy contento a mi negocio, tal vez haya tenido un buen día y esté contento por eso o tal vez la sola perspectiva de comprar mis productos le produzca esta felicidad aparente y momentánea, que tenderá a desaparecer en el momento menos esperado, así es la felicidad.



Estábamos suponiendo que usted entra a mi local y pide medio kilo, 500 gramos, se lo recuerdo aunque no dudo de su filosa mente, de tomates, un kilo y medio de bananas, no volveré a traspasar esto a gramos, si tiene alguna duda puede rebuscárselas aquí, y en eso me pide la promoción de la semana que consta de 200 gramos de jamón crudo, 200 de salame y 200 de queso, ideal para una sangucheada de último momento de una familia tipo argentina que vive, probablemente, en el conurbano bonaerense. Hecho el pedido, como dependiente de la verdulería y para su no tan grata sorpresa, procedo a entregarle en mano medio kilo de tomates, un kilo y medio de bananas, 100 gramos de jamón crudo, 100 de salame y 200 de queso, la diferencia con lo que pidió son sólo 200 gramos, me excuso, casi la nada misma, pero usted es de cuentas rápidas y ya estará pensando ¿qué hago? ¡que con esto no comen estos pendejos que tengo por hijos! y se dará cuenta de varias cosas, entre ellas que 200 gramos no son iguales a nada y si es tan despierto como yo lo considero pensará que uno no va a la verdulería, por mejor cliente que sea y se vuelve con fiambre. ¿Pero sabe qué? Es mi negocio y yo vendo allí lo que quiero.

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