Pero es claro que mientras más ganas tenga el uno de estar con el otro y viceversa, más probabilidades hay de que haya coincidencias, es una cuestión meramente estadística. Me gusta pensar en las muchas coincidencias como en el enamoramiento.
Cuando hace mucho que estás con otra persona te das cuenta de que esos momentos de enamoramiento van y vienen, no son constantes, duran un tiempo, que no habría cuerpo que los aguante, los individuos estamos hechos para poder estar solos de vez en cuando.
Ahora bien, esos enamoramientos a veces se distancian más y más hasta que no podés recordar cuando fue el último y en ese baile, puede pasar, hay uno que tiene más ganas del otro, que busca más, que tiende a la incredulidad de la falta de coincidencia y el otro, que no se lleva la mejor parte, se encuentra en un lugar de rechazo, de alejamiento, de pesar, un poco por la falta de ganas y otro poco porque le rompe los huevos tener a alguien molestándolo. Y en algún momento una nueva coincidencia, ese alivio que solo sirve muchas veces para aplacar las necesidades del uno y del otro y dar un poco de aire a esa espera que a veces se siente interminable, del próximo enamoramiento.
Así, se forma un círculo vicioso en donde uno busca, el otro rechaza hasta que coinciden y vuelven a empezar.
Y duele, mierda que duele.
Porque el uno se siente rechazado, devaluado, como si fuese un billete con la cara de Bartolomé Mitre que en cualquier momento va a ser reemplazado por un caramelo en el chino, mientras el otro se cansa y se llena de culpa, se siente egoísta, pero por otro lado no hay nada que pueda hacer al respecto, porque las ganas son ganas que no vienen y tampoco es cuestión de andar haciendo cosas sin ganas.
A veces se pone peor, porque el que tiene más ganas termina en una posición de deseo constante, de sumisión y de espera hasta que llega la próxima coincidencia, mientras que el que tiene menos ganas se encuentra en una posición de poder, en donde se hace lo que yo digo, porque acá el que tiene la batuta de las coincidencias soy yo, y si me jodés mucho esa coincidencia va a tardar en llegar, así que agarrate fuerte que estoy manejando y voy a la velocidad que se me canta. Ya sabemos que alguien malo con poder puede ser un lindo quilombo, pero incluso cuando uno no es malo, ese lugar llega a ser bastante incómodo, repleto de culpa y otras cosas igual de horribles.
No tengo demasiada conclusión para esto, cuando la encuentre intentaré hacer algo al respecto. Por lo pronto solo pude determinar que muchas parejas pasan por estadíos así y que resuelven de distintos modos, algunos lo viven como una tragedia que está ahí, siempre latente, pero con la que hay que vivir, otros estirando una relación hasta odiarse mutuamente y separarse con abogados y días de visitas para los hijos, muchos, creo yo que cada vez más, eligen separar los caminos para buscar la felicidad, esa cosa tan efímera como indescriptible que a veces parece ser, a falta de males, inalcanzable, en otro lado. Quizás haya alguna forma de que esas ganas vuelvan a coincidir con más frecuencia, espero, quiero creer, que sin fe no hay salida posible.
- Vuelvan, hijas de puta.
- ¿A quién le hablás, amor?
- A las ganas.
— Ninguno (@ningunpibe) August 30, 2014
tenés una cámara en mi vida?
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