El tipo de negro estaba parado en la puerta de la cocina que daba al patio trasero, en donde el frío aquejaba cuando salíamos a fumar un pucho, y el vicio tenía como consecuencia eso de dejar la puerta sin llave, a pesar de las advertencias que fluían a toda hora desde los canales de noticias.
En la cocina estábamos con Lucía, concubinos desde hacía diez años y más allá, en el comedor, estaba nuestra hija Valentina, quién era el bello motivo de nuestra decisión para la convivencia. En el piso de arriba reinaba el silencio de una casa vacía, salvo por los ecos de nuestras conversaciones tranquilas.
El sólo hecho de ver alguien desconocido dentro de la casa me asustó sobremanera, la falta de normalidad en la situación fue indescriptible, había algo ahí que no pertenecía a la rutina diaria y atiné a preguntar que quién sos, por qué estás acá, para recibir un enigmático silencio que acrecentó mis dudas y temores. Vi como Lucía buscaba algo en un cajón de los cubiertos que tenía detrás, con movimientos desesperados pero que no querían sobresalir, mientras el tipo de negro avanzaba hacia Valentina mirando con ojos curiosos. Resulta increíble como los niños son capaces de entender la desesperación en los demás y ella pudo ver a través de nuestros silencios que debía moverse, hacer algo, y corrió escaleras arriba al borde del sollozo, mientras yo intentaba atravesarme en el camino del tipo que parecía tener ojos solo para la niña y que estiraba su brazo con lo que parecía demasiada pasividad, en un gesto inútil para recortar esos varios metros que los separaban. En la desesperación, que la violencia no es algo que esté en mis genes, pude tomar fuerzas para frenarlo y a la vez voltearlo al piso, mientras Lucía con una sincronización que nunca hubiera podido imaginar, me lanzaba un cuchillo que al caer en mi mano no parecía de mucha utilidad para la situación en la que nos encontrábamos enredados. Quién sos y por qué estás acá, seguido de una suerte de bufido de desesperación como toda respuesta, y el llanto ya casi incontenible de Lucía que solo podía ver sin mirar, otra pregunta más o menos igual de incongruente, otro bufido, más llantos, y una última pregunta seguida de un puntazo en la cabeza, que solo logró mellar el filo del cuchillo y despertar de lo que parecía un ensueño al tipo de negro, que seguía mirando y estirando la mano por dónde había subido nuestra hija, quién inmediatamente dejó de forcejear y comenzó a gemir con desesperación. Lo dejé levantarse, mientras me interponía entre él y la escalera cuando él cruzó una mirada con Lucía, que aflojó las mandíbulas en un gesto de incredulidad y reconocimiento. Entonces el tipo de negro corrió hacia la puerta llorando cada vez más fuerte, con desesperación y no sé qué raro instinto me hizo correr detrás de él, mientras Lucía gritaba algo que tenía que ver con el manicomio El Progreso, cercano a nuestro barrio.
Cuando salí a la calle el tipo corría por la vereda a una velocidad que me pareció imposible así que solo atiné a gritarle que no se vaya, que todavía tenía preguntas para hacerle mientras él desaparecía en la esquina para no volver nunca más. Cansado más de lo que hubiera merecido el episodio, confundido y aterrado, tengo que confesar, volví a entrar a mi casa cerrando con llave la puerta tras de mí, para abrazar a mi mujer, decirle que finalmente había que poner rejas, esta ciudad puede ser peligrosa. Le pregunté qué podría cocinar para la cena, era tarde y había que ultimar el día.
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