La vi correr, alejándose, como una sombra recortada contra la luz del sol, frente a una ventana que no existía. Era pequeña y llevaba el pelo suelto, balanceándose por el ritmo medio desajustado del paso apurado e inexperto de alguien que todavía tiene mucho por aprender. Y por vivir. No pude ver la camioneta aunque sí escuché el chirrido de las cubiertas intentando aferrarse desesperadas contra el asfalto, como toda premonición de la desgracia en forma de golpe seco y grito desgarrador. El padre salió corriendo de la vieja casa en la esquina de de la plaza donde vivían ellos dos, a la vez solos y en mutua compañía. Había sido así desde siempre, se habían mudado cuando ella era tan solo un bebé de pañales sucios, que el padre todavía pugnaba por aprender a cambiar. No había conocido a su madre, que ni siquiera pasó las primeras semanas con su pequeña niña, a quien dejó en otras manos, sin ponerse a pensar qué tan buenas era, simplemente se fue.
Desde aquel día, él dedicó sus energías al nuevo oficio adquirido y ella a crecer, tal la tarea a tiempo completo de los niños pequeños. Pronto dejaron atrás las desgracias del pasado y formaron un gran equipo en todo lo que respecta a la vida, él proveedor y educador, ella la mejor alumna imaginable, atenta y sonriente, siempre alegre y musical, toda la luz que un hombre puede necesitar para alimentar el alma y prepararla para el arduo trabajo.
Se dedicaba a instalar estufas y cocinas o cualquier otra cosa que pudieran solicitar los vecinos clientes. No era bueno en lo que hacía pero era el mejor en lo demás, un buen tipo completo, puntual y hacendoso, tal es así que el barrio terminó por adoptarlo como aquel que solucionaba casi cualquier problema del hogar y con eso les alcanzaba para vivir con lo justo, cosa que era lo más normal del mundo en la zona. Ella resultó ser una niña muy despierta y ya en los primeros grados del colegio era más lo que se sentaba con su padre a compartir momentos de estudio de lo que necesitaba su ayuda. Creo que fueron felices durante todo ese tiempo y eso es mucho más de lo que le toca a la mayoría de los conocidos de la cuadra, o de la siguiente.
El día en que yo miraba por esa ventana, él llegó al lugar a una velocidad que no se podía explicar, incluso antes de lo que el conductor de la camioneta tardó en bajarse para ver lo que había hecho. "No la ví", atinó a gritar al hombre que solo tenía sentidos para su hija de ojos muy abiertos, muy despiertos, muy sorprendidos. No se animó a preguntarse qué estaba pasando, pese a que la niña, con esa lucidez que solo produce la cercanía del final, le decía que no te preocupes papá, ya nos vamos a volver a ver, mientras llegaba la ambulancia con paramédicos que no tenían demasiado para hacer, aunque uno de ellos, luego de unos años contó que ella le agradeció por esos años de amor completo en lo que a la distancia pareciera un intento infructuoso de aliviarlo.
En el barrio nunca más se lo vió sonreir y a medida que pasaron los años incluso se dejó de mostrar, siquiera por el almacén. Se fue encerrando en su casa.
Un vecino lo cruzó mucho después y casi no lo reconoció en su delgadez de espanto, en su demacrado cuerpo, sin la razón necesaria para poder seguir, pero que aguantaba en una vida de espera a ese reencuentro prometido que estaba cada vez más cerca.
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