jueves, 25 de septiembre de 2014

Hasta que un día se encontraron.

Y se amaron torpemente, con besos que chocan dientes y caricias que a veces duelen y otras veces hacen cosquillas. Pero se tuvieron paciencia el uno al otro, después de todo sentían una atracción física sin precedentes porque en sus sueños se habían tocado hasta el más recóndito de los rincones de sus cuerpos desconocidos.
Se habían leído por primera vez una noche de calor, hacía ya unos años, cuando el aburrimiento y la casualidad los llevó a esas ya olvidadas salas de chat, donde la desesperanza juntaba almas de distintos puntos del país, e incluso del continente.Al principio fueron despacio, se caían bien y se reían el uno con otro. Empezaron a cruzarse más seguido, tal vez sin darse cuenta de que se medían, se contaban los minutos y se buscaban a la misma hora, en el mismo lugar. Dejaron de leer a otras personas, se necesitaban y se alcanzaban entre ellos, se escondían en los privados y reían y deseaban en silencio, pero más tarde todo se puso más vulgar, menos poético y las palabras rodaron por los kilómetros de cables, aire, espacio y luz para llegar desde un rincón a otro, entrar por los ojos y ejecutar una serie de reacciones químicas que terminaban llevando sangre a secretos rincones de sus cuerpos deseosos. Se sonrojaron con vergüenza, se dejaron de escribir pero se siguieron deseando. Se veían pasar y seguían los mismos horarios, como una danza virtual en la que uno avanza mientras el otro retrocede, uno envía un indirecta y el otro la esquiva, para después de un tiempo esperarlas dejando que se claven bien fuerte en el pecho de uno, lanzar directo al pecho del otro y volver a esconderse de los demás hasta volver a bastarse con ellos mismos. Es que nunca nadie les había dicho que se podían enamorar de alguien sin conocerlo y llegar a necesitar tanto ese contacto sin piel como al aire mismo. ¡Qué ridículo! Dirían las tías entre masitas de té, que el amor es lo que era antes, la modernidad destruye todo. Los tiempos cambian, dijo algún amigo sabio, mandate, no seas gil.
Así que pasados unos años, juntadas las monedas que le permitiría hacer ese viaje, él dejó todo y partió, sintiendo las risas a su espalda por ese soñador tonto que corría detrás de un amor que no existía, eso es lo que ellos creían, que para él no había nada más real que esto.Diez mil kilómetros deseó ese encuentro, cruzó fronteras, esperó valijas y al fin la vio, tal y como la había soñado. Contuvo la respiración con un nerviosismo que no le permitía entender que a ella se le dibujaba una sonrisa. Respiró aliviado y se abrazaron con unas ganas que no se pueden explicar con meras palabras.Fueron a la casa de ella que estaba lista para recibirlo. Te soñé tanto que temía que no existieras, se dijeron sin palabras y se amaron como se ama a alguien que no se conoce, muy a pesar de que cada uno sabía exactamente lo que el otro estaba esperando.Él se había mudado, decidido a pasar la vida en otro país, con ella. Pero ya sabemos que para siempre es demasiado tiempo y la rutina, con crueldad, fue carcomiendo al amor. Los defectos que a miles de kilómetros eran simpáticos se convirtieron en barreras imposibles de traspasar. Aguantaron bastante, contarían después. Desdichas, peleas, disconformidades, la pérdida total de la pasión que los había juntado. Incluso alguna que otra infidelidad menor, en búsqueda de respuestas a preguntas que no conocían. Así fue que después de un tiempo él volvió cabizbajo a sus orígenes pero sin renegar del amor que había sentido. Ni de ella.

Cada uno vive su vida, lejos del otro. Ella formó una familia y él no. De vez en cuando se escriben, con afecto y novedades, y quizás esto sea lo más cercano a sus felices por siempre.

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