miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sueños.

Se despierta sobresaltado, nervioso, con un hilo de sudor, generando escalofríos y pequeños temblores involuntarios. Está solo porque siempre lo está, nunca duerme acompañado porque sus pesadillas son tan ruidosas como imposibles de recordar más allá del desayuno.

Alguna vez, aconsejado por un amigo, intentó escribir lo que había soñado mientras se calentaba el café matutino, pero las palabras se torcían y los recuerdos se borraban antes de llegar al papel, mientras el café se quemaba en la hornalla. Desistió rápido, en todo caso no había importancia en esos sueños sin sentido, todo aclaraba a media mañana y la noche era un oscuro recuerdo.

Aunque para decir la verdad el día se tornaba fácilmente en un oscuro presente, y luego una noche más de sueños que despiertan, de atrocidades innombrables y de insomnios en defensa propia.

Los días iban sucediéndose en una vida de dolor sin sentido, de cansancio que parecía heredado de algún ancestro demasiado lejano como para siquiera poder colocarlo en alguna rama de su árbol genealógico. La realidad se confundía con los sueños al punto en el que no podía diferenciar uno de otro, las pesadillas no tenían fin y todo lo que importaba era poder dormir, aunque sea un rato, y la vida era una pesadilla de la que había que despertarse de alguna manera.

Después del desayuno, rota de nuevo la memoria, caminó hasta su garage para darle comienzo a otro día de rutina asesina que, como era costumbre, terminaría con él de vuelta en ese mismo lugar, con ese mismo auto, camino de esos mismos sueños, pero ya no lo pudo soportar. Se subió al auto decidido, lo encendió y esperó a que el sueño le gane la última pulseada.

Al día siguiente lo encontraron sentado donde por primera vez en años, parecía descansar en paz.

*Gracias Julieta Milaragna por tu desinteresada colaboración.

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