Viajaban
sin un rumbo determinado, girando por las calles del barrio desconocido,
hablando de lo difícil que era la vida y de cuánta falta les hacía esa pequeña
porción de libertad que se habían tomado esa tarde. Los dos entendían que nada
de lo que soñaran era posible o tan siquiera probable en las matemáticas de esa
vida de conflicto que sin saber se habían elegido para cada uno, por caminos
separados y sin conocerse. Se habían encontrado hacía unos años y al instante
todos los errores del pasado se hicieron presentes en esa imposibilidad de
pasar más tiempo juntos, aunque esos pequeños momentos les permitían
sobrellevar las responsabilidades diarias.
Doblaron en
un boulevard de calles tan estrechas que las ruedas del auto casi chocaban con
las veredas y él, que manejaba, tenía que modificar el rumbo del vehículo de
manera ligera pero con mucha frecuencia. En algún punto fue claro que esa
cuadra era de una longitud imposible, mientras seguían avanzando por lo que
parecían horas y horas en esa misma dirección mientras las paredes de las casas
se achicaban hacia el auto, aplastando el paisaje a su alrededor y haciendo
desaparecer las veredas primero, el boulevard un poco más adelante y luego los
cordones de la calle. Se miraron con incertidumbre y el miedo les hizo acelerar
un poco, y otro poco más hasta que iban tan rápido con esas paredes cubriéndolo
todo hasta que no era posible seguir adelante, el auto encerrado.
Atascados,
muertos de miedo, imposible salir de allí, se abrazaron primero con angustia,
un poco más tarde con deseo y con alguna sonrisa cómplice, decidiendo sin necesidad de decirlo que allí, sería donde pasarían el resto de sus vidas. Y no estaba tan mal.
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