domingo, 14 de septiembre de 2014

El último boulevard.

Viajaban sin un rumbo determinado, girando por las calles del barrio desconocido, hablando de lo difícil que era la vida y de cuánta falta les hacía esa pequeña porción de libertad que se habían tomado esa tarde. Los dos entendían que nada de lo que soñaran era posible o tan siquiera probable en las matemáticas de esa vida de conflicto que sin saber se habían elegido para cada uno, por caminos separados y sin conocerse. Se habían encontrado hacía unos años y al instante todos los errores del pasado se hicieron presentes en esa imposibilidad de pasar más tiempo juntos, aunque esos pequeños momentos les permitían sobrellevar las responsabilidades diarias.


Doblaron en un boulevard de calles tan estrechas que las ruedas del auto casi chocaban con las veredas y él, que manejaba, tenía que modificar el rumbo del vehículo de manera ligera pero con mucha frecuencia. En algún punto fue claro que esa cuadra era de una longitud imposible, mientras seguían avanzando por lo que parecían horas y horas en esa misma dirección mientras las paredes de las casas se achicaban hacia el auto, aplastando el paisaje a su alrededor y haciendo desaparecer las veredas primero, el boulevard un poco más adelante y luego los cordones de la calle. Se miraron con incertidumbre y el miedo les hizo acelerar un poco, y otro poco más hasta que iban tan rápido con esas paredes cubriéndolo todo hasta que no era posible seguir adelante, el auto encerrado.

Atascados, muertos de miedo, imposible salir de allí, se abrazaron primero con angustia, un poco más tarde con deseo y con alguna sonrisa cómplice, decidiendo sin necesidad de decirlo que allí, sería donde pasarían el resto de sus vidas. Y no estaba tan mal.

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