Ninguno de los viajeros se conocía, pero a medida que pasaban los primeros kilómetros se fueron acercando, poco a poco, a la cabina del conductor, sentándose detrás de él, dos en cada par de asientos de los que están al frente.
Las luces del bus daban una sensación de realidad que desde más atrás se perdía. Comenzó uno a hablar, tímidamente, para ahuyentar el frío miedo que había comenzado a sentir unos minutos antes. Los demás se le unieron casi al instante, tal era la desolación que sentían. El único que no pronunciaba palabra alguna era el que dirigía, con seguridad y lo que aparentaba ser suma experiencia, el enorme vehículo semi vacío.
El recorrido era suave y sin interrupciones, lo que hacía que todo parezca más extraño, fuera de lugar. Muy pronto los viajeros se conocieron primero los gustos básicos, aquel tomaba café mientras el otro gustaba de las gaseosas, y más tarde comenzaron a salir algunas anécdotas con las exageraciones que exigía el caso, que en este tipo de situaciones consideramos permitidas.
Apenas entrados en el calor de la conversación que fluía ya de manera natural, los cuatro empezaron a preguntarse qué era lo que pasaba con el chofer, que parecía determinado a ignorarlos, con una profesionalidad que no dejaba de poner a todos incómodos. Así y todo, ninguno de ellos se atrevió a formularle una pregunta, por más trivial que sea, de manera directa.
El viaje continuaba incansable, aunque las horas parecían no pasar. El tiempo se perdía y los viajeros comenzaron a mirar sus relojes de manera asidua, con incredulidad. El primero en comentar al respecto fue en que estaba sentado a la derecha, junto a la puerta del micro, quien con voz trémula comentó que su celular no podría estar funcionando bien, solo había pasado un minuto desde la última consulta y eso no podía ser correcto, calculaba mentalmente que al menos debería haber recorrido una hora. Otro, el de la izquierda, mientras asentía con la cabeza y comenzaba a sentir una gota de sudor frío que bajaba por su sien, explicó lo raro que le resultaba el hecho de no haber recibido ni un solo mensaje, ni mail, ni whatsapp, ¿nada de nada?, no era normal. Todos comenzaron a controlar el tiempo y sus celulares para darse cuenta muy rápido de lo extraño de la situación. La preocupación crecía y la desolación se hacía palpable. Uno de ellos, después de juntar mucho coraje, se animó a preguntarle al conductor que cuánto falta para llegar, ¿llegar a dónde? preguntó este, como única respuesta, con una voz que parecía llegar desde un lugar remoto. Así, el viaje siguió, interminable, los viajeros desesperados en un sin fin de preguntas sin respuestas, en un infierno difícil de haber imaginado, el infierno de ellos, conducidos por un tipo que no había vuelto a abrir la boca para contestar siquiera con alguna evasiva las preguntas que más tarde se iban a agolpar en sus gargantas doloridas de gritar.
Alguno habrá pensado en algún momento que esto era lo que en realidad se merecía. Otro, más condescendiente consigo mismo, creía que no había hecho nada del todo malo en la vida como para merecer algo así.
Uno logró levantarse para sacudir al conductor, gritando ¡frená!, ¡hacé algo!, ¡esto no es normal!; pero nunca llegó a acercarse lo suficiente, no se podía, y solo logró ver reflejado en el parabrisas una media sonrisa en el rostro que de otra forma hubiera carecido de toda expresión.
Otro intentó abrir la ventanilla, la puerta, hasta que comenzó a golpearlo todo. Nada se rompía, nada siquiera se rayaba o lastimaba, ni se hundía, ni cedía ante los repetidos puñetazos o patadas, no quedaban marcas, como si los estuviera propinando un ser tan débil como un insecto. Y así se comenzaron a sentir, insectos encerrados en una caja que avanzaba hacia no sabían donde, rebotando contra las paredes y entre ellos, sin lograr lastimarse a ellos mismos o a los demás. Todo allí era inalterable, incluso ellos.
Nunca nadie volvió a saber de los cuatro viajantes. Las vidas de los demás continuaron, pero para ellos solo representaban minutos, tal vez segundos, en esa ruta que nunca tenía final y de la que nadie, jamás, vuelve.
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