Eran dos extraños, pero en el fondo se conocían mas de lo que hubiesen imaginado. Hubo un tiempo de simpática confusión, el creía en el amor de a dos y ella mentía bastante bien. En algún punto pudieron disfrutar de ellos mismos, y a medida que pasaban las semanas de coincidencias, él se iba convenciendo de que ella podría ocupar todos los lugares de su vida, así que se fue amoldando a sus tiempos, a sus realidades. Sin decir nada, empezó a vivir por ella, para ella. Dejó una novia que había sido importante en un pasado que parecía demasiado remoto, cambió de oficio y giró todo lo que pudo girar en torno a su nueva obsesión, esa que empezó a ocupar su cabeza. Y se puso a leer lo que ella leía, a escuchar lo que escuchaba y a vivir una vida en la que en todo estaba presente.
Ella, en cambio, era pragmática. Estaba casada desde hacía años con un tipo al que quería bastante, tenía una hija en primer grado y había vivido lo suficiente para entender que los momentos hay que disfrutarlos y las ilusiones hay que guardarlas bien lejos, en esas comedias malas que todos van a mirar al cine. Había aprendido a buscar satisfacción en donde se pudiera encontrar, en los momentos que hubiese a mano.
Era clara la disparidad de opinión al respecto de una relación que se fue modelando de una manera inequívoca en la cabeza de uno y de forma completamente distinta, en la del otro. Funcionaron un tiempo, crearon lindos recuerdos, pero ella finalmente comenzó a aburrirse de sus demandas constantes, de su pedidos desesperados de separate, por favor, empecemos una vida juntos, que al principio le daban un poco de risa y más tarde algo de pena para terminar en una indiferencia que se tornaba incómoda.
Ella siguió su vida de matrimonio sin demasiado valor y de encuentros vacíos con su enamorado, sin siquiera pensar en lo aburrida que estaba ya de eso, de lo poco que le importaba, de que lo hacía solo debido a su insistencia y a la costumbre. Él, obsesionado, la persiguió por todos los rincones, con cuidado de no molestarla, de que ella no se diera cuenta.
Bailaron así durante unos días, pero como no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, ella encontró alguien nuevo, que le renovó esa vitalidad que ya se había vuelto a perder. Y él no lo pudo soportar, porque el matrimonio estaba aceptado y su sueño irreal era que ella lo terminara, pero esto era nuevo, era un reemplazo para él mismo. A los pocos días fue claro que ella ya no lo recordaba, nunca se veían a la cara, aunque él la seguía por todos lados, la buscaba, provocaba encuentros casuales de los que ella se desembarazaba con la experiencia de la mina linda que sabe sacarse pesados de encima. Y así se empezó a sentir él, pesado, rechazado, olvidado.
Tuvo una idea, lo que necesitaba era un aliado. Llamó al marido y con voz impostada, anónima, le contó que su mujer estaba con alguien, pero recibió como toda respuesta un ya lo sé, no te metas en donde no te importa, es nuestra familia y la manejamos nosotros. Desencajado, pensando en que él no había sido ni el primero ni el último ni siquiera especial, decidió esperarla, de noche, a que volviera de los brazos de su nuevo amante, para poder decirle todo lo que tenía para decirle, me vas a escuchar, hija de puta, ya vas a ver. Pero ella no quería reclamos, no estaba para estas cosas de chicos, le dijo, y en cuanto él empezó a gritar, siguiendo sus pasos, ella aceleró y tomó el celular para llamar a alguien que la ayude, el odio y el miedo treparon por su cabeza, las manos no respondían y los botones no se marcaban, mientras él ya la tomaba violentamente del brazo para frenar su corrida. Trastabillaron juntos, él intentó seguir explicando incoherencias mientras ella gritaba e intentaba huir. Él no entendía demasiado lo que estaba pasando, ella entendía menos. Se trenzaron en una pelea que asemejaba demasiado a esos primeros encuentros casuales, en una confusión de cuerpos excitados, pero esta vez los motivos eran muy diferentes.
Cuando salió el primer vecino para ver quienes hacían ese escándalo, ella ya no se movía y él lloraba balanceando su cabeza inerte entre sus brazos. Se lo llevaron y no opuso resistencia; solo atinó a decir que la amaba y que ya no podría vivir sin ella.
Excelente tu estilo de escribir!
ResponderEliminarMuchas gracias por el comentario y por leer, Emanuel.
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