A esas horas y en esa ciudad, lo podemos encontrar a él, caminando con paso decidido y cubierto por el clima, que el servicio meteorológico falló en definir como la mañana ideal para la tarea planeada. El plan mismo era estricto, sin fisuras, y que funcionaría incluso si el mismo mundo no estuviese tan a su favor. La tranquila madrugada bastaba para cubrir sus pasos silenciosos, discretos.
Sigue su camino con parsimonia, hasta sabe cuántos pasos debe dar para llegar al destino, todo está perfectamente calculado de antemano. No trae consigo papeles, mapas ni anotaciones escritas, que puedan llegar a caer en manos equivocadas, y por ellas referimos a cualquier mano que no sea suya. Solo confiaba en su memoria, libre de posibles traiciones, encuentros por error o pérdidas.
Tocó la puerta, con el código que él mismo había precisado. Abrió el dueño de casa. Los otros tres están también allí, arrastrados con engaños urdidos por el recién llegado, todos con algunas copas encima como él había esperado, qué previsible resulta la gente, piensa con una sonrisa que no llega a exteriorizar.
Lo reconocieron al instante como aquel que había sido, a pesar de la delgadez de enfermedad que lo caracteriza ahora, que lo define y que lo empuja. Saluda a los presentes con una cordialidad tan impropia que asusta a los demás, quienes lo miran con asombro; el cambio es increíble y uno llega a pensar fugazmente que fueron ellos mismos los autores de este personaje que ahora entra y cierra la puerta tras de sí. No da explicaciones porque siente que no hacen falta, ni se merecen, simplemente es lo que hay que hacer, y los ocupantes de la casa también entienden, al instante, que lo que está por ocurrir es lo que corresponde. A diferencia de los primeros dos, el tercero piensa en arrepentirse e intenta una disculpa que se apaga cuando la bala con su nombre despedaza la frente y penetra desactivando casi al instante el habla, junto con los demás sentidos. El cuarto llega a ponerse en guardia, este es más rápido que los demás y él lo sabe, por eso lo deja para el final. Se divierte con su cara deformada por el odio, la sorpresa y el miedo. El tipo entiende todo, pero incluso así se aferra a la patética vida que le queda con uñas y dientes, no se quiere ir y en algún punto cree que todo esto es injusto, de alguna manera. Busca en su cabeza de dónde agarrarse para gritar su inocencia, pero no encuentra ningún asidero; es culpable, como todos los demás, y en lo profundo de su mente lo sabe, lo acepta. El recién llegado esta vez muestra una media sonrisa, justo antes de volver a disparar con idéntica determinación y exactitud.
Mira la escena maravillado ante su propia obra; los cuerpos desparramados casi con gracia, las manchas contenidas, apreciando su mejora en cada ronda, la perfección al alcance de la mano, a la vuelta de la próxima esquina.
Sale de la casa, nadie se despertó siquiera en las casas adyacentes y la niebla comienza a limpiarse, dejando pasar un poco más la luz de los faroles de la vía pública.
Faltan todavía doce, piensa, tachando a los de hoy de su lista mental. Los ardides para juntar a los siguientes cuatro ya están en movimiento. Sonríe, pero su cara solo refleja la oscuridad que pusieron allí estos tipos que van arrepintiéndose de a poco, en tandas estudiadas, a intervalos ajustados, con una precisión de miedo.
Es hora de volver a casa, piensa, el cansancio no le perdona nunca este tipo de situaciones.
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