jueves, 2 de octubre de 2014

Epifanía.

La fascinación con la que observaba el vuelo del pájaro era absoluta. No tenía ojos para otra cosa, ni quería tenerlos tampoco, así estaba bien. De repente soñó con ser el pájaro, no cualquiera sino ese mismo, aquel que llenaba sus ojos y ocupaba toda su mente, que hasta hacía unos minutos había estado atorada con problemas rutinarios, como lo había estado toda su vida de adulto responsable, al punto que ya no recordaba lo que significaba la paz, la tranquilidad.

Como una epifanía, vió muy claro que había hecho todo mal, y pensó en sus sueños de niño, en sus charlas con sus hermanos sobre qué quería ser de grande, cómo quería vivir en esa época donde las cosas eran transparentes y sencillas. Así que no dejó pasar más tiempo y comenzó a caminar en dirección del pájaro, y cuando este desapareció en el horizonte, habiendo marcado solo el inicio del camino, él siguió con la claridad que solo puede venir del sentimiento de completo abandono. Dejó todo atrás y nunca más volvió a pensar en eso, tan solo siguió adelante buscando un incierto destino de libertad, a cada paso más liviano, más suelto, más convencido.

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